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Vértice
Adrián Segura
odo comenzó el día en que decidí escribir un me alarmó. Alguien hurgaba el refrigerador, porque se
cuento. Por lo pronto, tras horas tortuosas, oían los murmullos de las botellas de vidrio chocar entre
Testablecí el argumento. ¡Por fin le gané al pla- sí, además del chillido que produce el papel aluminio al
cer desagradable de ver la hoja desnuda! No tardó en comprimirse. Sin más preámbulos, aunque dubitativo,
oscurecer y poco después de comer algunas nueces y entorné la puerta de la recámara, lanzando un medroso:
almendras en mi soledad, puesto que nadie, más que
yo, habita la casa, se me ocurrió que el nombre Marcelo —¿Quién anda allí?
sería ideal para el personaje. Virtuoso y osado en sus Tardó unos segundos en responder.
determinaciones, restablecería el orden de la narración. —No te alarmes, soy yo, Marcelo.
Agotado, decidí irme a mi alcoba. En la cama,
meditaba lo que medita un hombre cansado, cuando,
al fondo del pasillo, justo en la cocina, un ruido extraño
Adrián. Como no le da letras lo que él quiere escribir, piensa que «la realidad es la única
manera de enfrentarse al lenguaje».
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PALABRIJES 14 • JULIO-DICIEMBRE 2015

