Cartografiando lo cotidiano: posibles técnicas sin manual


Ana Valeria de Ormaechea Otalora*

Resumen. Frente a la emergencia creciente de nuevos enfoques metodológicos en el campo de ciencias sociales que tensionan el paradigma científico hegemónico, me propongo presentar en este artículo algunas claves analítico-metodológicas surgidas de un trabajo de investigación militante. En este caso la práctica cartográfica abrió paso a la implementación de formas narrativas como los relatos situados y las entrevistas narradas. El texto se propone como contribución al desarrollo de estas formas a partir del análisis de una experiencia cooperativa en el contexto catalán.

Palabras clave. Investigación militante, entrevistas narradas, relatos situados, cartografías, investigación en lo cotidiano.

Cartographing the everyday: possible techniques without a manual

Abstract. Faced with the increasing emergence of new methodological approaches in the field of social science that stretch the dominant academic paradigm, this paper sets out to present some key analytical/methodological points that arose from a piece of militant research. In this case cartographic practice gave way to the implementation of narrative forms such as situated narratives and narrated interviews. The text offers a contribution to the development of these forms on the basis of analysis of a cooperative experiment in the context of Catalonia.

Key words. Militant research, narrated interviews, situated narratives, cartographies, research into the everyday.

DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v17i44.791

Introducción

Desde la llamada crisis de las ciencias sociales investigar en este campo no ha dejado de suponer arduos debates teórico-epistemológicos, y por tanto, metodológicos. Dicha crisis tuvo mayor intensidad y afluencia en la década de los sesenta y setenta tanto en el contexto latinoamericano como europeo. Sin embargo, de un lado o del otro del océano la discusión, aunque menguada, persiste tomando nuevos matices. No es mi intención aquí volver sobre viejos debates epistemológicos, sino contextualizar la novedad de algunas metodologías que abordan y analizan la composición del orden social desde perspectivas novedosas.

En primer lugar, me propongo señalar los antecedentes y continuidades que se establecen entre algunas nuevas metodologías y otras experiencias de investigación precedentes que durante la segunda mitad del siglo XX lograron discutir y problematizar el paradigma científico hegemónico.

Estas expresiones metodológicas proponen nuevos caminos y enfoques en los que aparecen como líneas de continuidad al menos dos señas distintivas fundamentales que vale la pena destacar y de las que partiremos en este artículo: el lugar y el compromiso de quien investiga.

Por último, me propongo compartir algunas herramientas surgidas de la práctica cartográfica que dieron lugar a formas narrativas como los relatos situados y las entrevistas narradas.

El lugar de quien investiga

Como decíamos, la crisis de la ciencia moderna y sus métodos se sedimenta y evidencia durante la década del sesenta y setenta del siglo XX en un contexto muy particular. Los antecedentes teóricos los podríamos encontrar en los postulados de la teoría crítica de la llamada Escuela de Frankfurt, a partir de la producción teórica de su miembros y pensadores más destacados como Horkheimer, Adorno, Benjamin, Marcuse, Fromm, Lukács, entre otros, quienes realizan una profunda crítica desde el pensamiento marxista a la ciencia positivista y la sociedad capitalista.

En el campo epistemológico, la teoría crítica, discutió los principios positivistas e identificó las contradicciones y debilidades de esa postura “cientificista” y su pretensión de objetividad “libre de toda valoración” (Ballesteros, Mata, Ormaechea, 2017). Desde esta perspectiva, las relaciones entre filosofía, política e historia son fundantes de su reflexión, por ello, tanto los objetos observados/investigados como el sujeto que observa (investigador-científico) son constructos que deben ser comprendidos e interpretados dentro de su contexto socio-histórico. De este modo, sujeto investigador y objeto investigado se superponen en una ligazón de imposible neutralidad que modifica la relación sujeto-objeto.

Es importante señalar que dicha crisis, después de la segunda guerra mundial coincidió temporalmente con una serie de acontecimientos que convergieron en diversos movimientos de liberación nacional y antimperialista que trastocaron el orden del poder colonial, primero en importantes regiones de África y Asia, y más tarde en América Latina (Fals Borda, 1972). Concretamente, en el contexto Latinoamericano algunos de estos acontecimientos históricos fueron el surgimiento de la teoría de la dependencia1, que discutió la teoría del desarrollo exportada por Estados Unidos y Europa Occidental, la revolución cubana, la revolución sandinista o la emergencia de la filosofía y la sociología de la liberación que pensaron en clave propiamente latinoamericana desmarcándose de la racionalidad explicativa moderna.

Esta serie de acontecimientos dieron lugar a algunas corrientes que permearon y conjugaron prácticas militantes y de investigación, dejando una fuerte impronta en los modos de investigar y, por tanto, en sus metodologías. Una de ellas es la llamada teología de la liberación que tuvo un desarrollo muy significativo en América Latina produciendo teoría a partir de la práctica de las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs). Otra vertiente es la educación popular, cuyo despliegue se debe al trabajo teórico y práctico de pensadores como Paulo Freire que dejan una profunda huella.

Estas corrientes no pueden pensarse desvinculadas de otras experiencias como la sociología de la liberación de Fals Borda; del guevarismo entendido en sentido ético, como corriente que perdura en las militancias de los años sesenta; o la recuperación de la memoria y cosmovisión indígena como una de las voces que se alza contra el progreso y el desarrollo ilimitado (Zibechi, 2016; 2014).

Este contexto teórico, pero también práctico y experiencial, dio lugar al surgimiento de diversas metodologías que emergieron como respuesta a la crisis epistémica mencionada. En esta línea, algunas experiencias de investigación buscaron nuevas formas de trasmitir y producir conocimiento alejado del saber científico, funcional y legitimador de la organización de mando y de explotación social. En muchos casos, estas fueron desconfiadas de un saber supuestamente “revolucionario” surgido de los propios movimientos de transformación (Malo, 2004).

En esta búsqueda, algunas iniciativas experimentaron y lograron poner en circulación conocimientos surgidos de procesos de autoorganización y modos otros de abordar e interpretar la producción/reproducción del orden social.

Algunas de las herramientas desarrolladas o ensayadas tienen como antecedente la encuesta obrera proveniente de la sociología industrial académica de los años cincuenta y la coinvestigación obrera2. Si bien tenemos que recordar que la encuesta obrera en un primer momento se dirigía al control y gobierno de las fábricas y barrios, lo novedoso es que estas técnicas fueron usadas más tarde por los propios trabajadores, pero ya no para acercarse a la realidad obrera de manera objetiva o para constatar hechos y extraer información útil, sino que la finalidad principal fue que los trabajadores problematizaran su realidad de modo crítico (Malo, 2004).

En los años sesenta y setenta, sobre todo con el operaismo italiano, la encuesta obrera se dirige fundamentalmente a desvelar cuáles eran los efectos que provocaban las nuevas transformaciones productivas, tanto en los propios procesos de producción como en la composición de la fuerza de trabajo. El paso de la encuesta obrera a la coinvestigación suponía la inserción de los intelectuales-militantes que investigaban, generalmente en las fábricas o barrios, para asumir una implicación directa y activa en los territorios.

Las experiencias mencionadas hasta aquí son antecedente de algunas formas de Investigación Acción (IA) a las que luego se les sumará la idea de participación, dando lugar a diversas modalidades de Investigación Participativa (IP) o Investigación Acción Participativa (IAP). Es importante señalar que estas opciones metodológicas en el contexto latinoamericano tomarán expresiones propias.

Otra manifestación novedosa, vinculada al mayo del 68, fue el análisis Institucional surgido en Francia que situó sus experiencias de investigación en hospitales psiquiátricos y escuelas. De aquí que abordara tres ámbitos de actuación y pensamiento: la psicoterapia institucional, la pedagogía institucional y el socioanálisis. El análisis institucional parte de la crítica de las instituciones para desvelar y analizar las relaciones que las constituyen, las condiciones materiales e históricas sobre las que se asientan o la división técnica y social del trabajo que se expresa en ellas (Brito, 1990; Lourau, 1970).

En el primer período, de mayor radicalidad en sus propuestas y prácticas, la psicoterapia institucional consideraba que los elementos terapéuticos se encontraban en los propios procesos de organización y autogestión, y en la actividad instituyente de los pacientes. En esta línea, exploraron y ensayaron formas de análisis institucional que ya no ponían en el centro al terapeuta o al grupo analítico, sino que implicaban a todos los miembros que formaban parte de la institución (pacientes, analistas, enfermeras, personal de limpieza, etc.) estableciendo relaciones de mayor simetría. Así, en este modo de hacer y concebir el análisis, irrumpe lo político como micropolítica de los grupos. En el análisis institucional las experiencias autoorganizativas (como movimientos sociales, radios libres, grupos de mujeres) son agenciamientos de enunciación analítica privilegiadas, formadas, no solo por individuos, sino por cierto funcionamiento social, económico, institucional, micropolítico, etc. que no puede quedar fuera del análisis. Aquí, el problema central no es la interpretación, sino la intervención especifica que se hace para cambiar las situaciones (Malo, 2004; Ortigosa, 1977).

La puesta en práctica del análisis institucional a partir de diversas experiencias llevó a incorporar dos vertientes en el proceso analítico: la investigación sobre la investigación y la transdisciplinariedad, esta última no como adición de saberes disciplinarios, sino como transversalidad capaz de destrabar falsos problemas.

Así, la práctica analítica articula el análisis con la intervención para señalar que el sistema de referencia del análisis institucional está condicionado por la presencia de los analistas en tanto actores sociales en la situación y por la materialidad que posee todo contexto institucional.

Los grupos de autoconciencia de mujeres, surgidos en la década de los sesenta en Estados Unidos, fueron otra de las experiencias que pensaron la investigación en términos de compromiso político, tensionando el significado de este. Esta práctica se trataba de un análisis colectivo a partir de la narración grupal de las formas en las que cada mujer vivía y experimentaba su situación de opresión, en términos de autoconciencia. Una forma de hacer “emerger la conciencia latente” para reinterpretar políticamente la propia vida y habilitar una posible transformación. La finalidad de esta práctica era construir teoría a partir de la experiencia personal e íntima, y no desde ideologías previas. Se trataba de poner en el centro la revalorización de la palabra, los sentimientos y experiencias como mujeres (sistemáticamente inferiorizadas) y desde allí contrastar las generalizaciones y lecturas. De esta forma, todas las teorías eran expuestas a la práctica viva y la acción que se proponía como método científico. Los grupos de autoconciencia sostenían que, tanto para generar conocimiento como para construir un movimiento radical, había que partir de sí. De esta forma la autoconciencia era considerada un mecanismo para producir conocimiento teórico, como también para construir acción radical frente a la realidad opresiva, al mismo tiempo que era capaz de producir fuerza organizativa.

Hay que recordar que durante mucho tiempo estos grupos fueron blanco de todo tipo de críticas y acusaciones, sobre todo de ser espacios “despolitizados” pues se les imputaba quedarse en lo personal; en todo caso podían ser reconocidos como espacios terapéuticos, pero no políticos. Frente a estas críticas, las feministas contestaron con contundencia que “lo personal es político”, cosa que cuestionaba las raíces mismas de lo que era considerado hasta ese momento el objeto político. No obstante esto, a partir de su éxito y proliferación, tanto los grupos de autoconciencia, como el análisis institucional o las diversas expresiones de investigación acción participativa (IAP) tendieron a la institucionalización y formalización y, en muchos casos, se convirtieron en un conjunto de reglas metodológicas que se alejaron de los objetivos y búsquedas que les dieron origen (Malo, 2004).

Sin embargo, es importante destacar que la perspectiva feminista supo construir las bases de una epistemología propia que ha hecho grandes aportaciones a la investigación social. Logrando formular una crítica contundente al saber científico positivista y omnisciente que no es más que la imagen del hombre burgués, blanco, varón, adulto, heterosexual (BBVAh) y que, como tal, ocupa un lugar privilegiado en el control y ordenamiento de los cuerpos, las poblaciones, las realidades naturales, sociales, etc. Por tanto, es una epistemología que cuestiona la supuesta neutralidad de un sujeto conocedor desencarnado que piensa el mundo desde una lógica dicotómica y categorizante.

La epistemología feminista se esfuerza justamente por encarnar ese sujeto, saberlo inserto en una estructura social concreta y en desvelar las relaciones de poder que se juegan en toda investigación. Se trata, por lo tanto, de un sujeto sexuado, racializado, que produce conocimiento situado, pero no por ello menos objetivo. En este sentido, Haraway (1991) sostiene que solo una perspectiva parcial como esta puede ofrecer una visión objetiva. Así, el conocimiento situado demanda una política de la localización, de la implicación en el territorio concreto desde el que se habla, se piensa, se actúa, se siente o investiga (Malo, 2004).

Compromiso con la situación

La otra línea de continuidad entre aquellas investigaciones y algunas de las nuevas propuestas metodológicas emergentes que nos interesa señalar tiene que ver con el compromiso de quien investiga. Para algunos autores esta crisis de las ciencias sociales se explicaría por la aparición de dos factores analíticos convergentes: la relevancia social y el factor paradigmático. El primero, se refiere a la elección de los temas objeto de estudio y la escasa o nula relevancia social de los mismos. El segundo, hace alusión a la limitada potencia explicativa de los fenómenos sociales que desbordan la teoría y la metodología usada por la investigación experimental, y la exigua capacidad para generalizar los resultados (Garbarrón Rodríguez y Panyella y Roses, 1984)

El lugar común que han tenido las experiencias mencionadas es que se propusieron articular teoría y práxis, investigación y acción partiendo de las propias situaciones. De hecho, cada una de ellas emerge en momentos de efervescencia social que asumen como propia. No se trata, como decía el análisis institucional, de quedarse en lo interpretativo, sino de partir de la práctica para interpretar en un movimiento que va de lo concreto a lo abstracto y de lo abstracto a lo concreto con la finalidad de intervenir esa realidad.

Pero ese movimiento, esa afectación, no se da en un espacio abstracto, sino en lugares y situaciones habitadas siempre por otros y nosotros. Busca conocer desde otro lugar y junto a otros para transformar las relaciones de asimetría, supone en general un fuerte compromiso, un estar ahí implicados. Y este estar-ahí es poner la materialidad del cuerpo, pero también corporizar otros sentires, los pensamientos y afectos.

La investigación que en la práctica se hace acción e implicación no puede ser entendida como una adición entre investigación y militancia, una sumatoria de dos lugares particulares que en un momento determinado pueden estar más o menos cercanos, solapados o incluso temporalmente fusionados, más bien refiere al modo de habitar la situación.

En esta línea, el Colectivo Situaciones (2003) interroga desde su propia experiencia la figura del militante y la del investigador. Por un lado, cuestiona el lugar del investigador académico desapegado que se acerca a su objeto de análisis con el interés de vincularlo a sus tesis previamente planteadas. Y por otro, problematiza el lugar del militante o del intelectual que con su saber previo se acerca a la situación de modo instrumental y transitivo. Dicen, (para él/ella) “toda situación vale como momento de una estrategia general que la abarca, porque su fidelidad es ante todo ideológica, previa a toda situación” (Colectivo Situaciones, 2003, p. 97). Este tipo de intelectual militante entiende el compromiso de una manera diferente, pues ya posee una idea de cómo deben ser las cosas, cómo debe ser el mundo. Ese deber ser está siempre en otro lado, es exterior a la situación y se compone en otro tiempo.

Este tipo de abordajes parten del reconocimiento y valor que poseen las propias prácticas y experiencias como verdaderas productoras de saberes, contradicciones y conocimientos situados y contextuados en su dimensión histórica y relacional. De esta forma, se mueve entre la teoría y la práctica con la intención de coproducir conocimientos y modos de sociabilidad alternativa, a partir de la potencia que poseen los saberes subalternos.

Cartografíando lo cotidiano

Las experiencias y reflexiones metodológicas, hasta aquí presentadas, aparecen como líneas de fuga que abren preguntas sobre todo en relación al cómo, con quiénes y para quienes se produce conocimiento. Así, las nuevas formas de indagación y de exploración de los espacios investigativos nos presentan un reto: el de traducir las prácticas en propuestas metodológicas que den cuenta de las decisiones, la creación y recreación de nuevas técnicas; y por qué no de los ánimos que atraviesan estos procesos.

En esta línea, la imagen cartográfica despliega un espacio perceptual y sensible a las señales, valles y lagunas que nos presenta todo recorrido de investigación que se propone como transformativo.

Deluze y Guattari (1988), quienes introducen la idea de cartografía cómo método de investigación/exploración, consideran que esta es un principio del rizoma. La forma rizomática se diferencia del dualismo dicotómico porque permite intuir las variaciones de intensidad que habitan lo múltiple. La naturaleza rizomática es una ramificación lateral y circular, con zonas de pliegue, repetición y redundancias que se diferencia de la unidad lineal arborescente (árbol-raíz).

La cartografía construye el territorio en el mismo trazado, se hace al mismo tiempo que se suceden las transformaciones del paisaje (Rolnik, 2006). Lo importante del campo social que se investiga (objeto) no es este en sí mismo, sino el entramado con intensidades variables que va componiendo el/la cartógrafa en ese proceso de mapeo.


La cartografía (...) acompaña y se hace mientras se desintegran ciertos mundos, pierden su sentido, y se forman otros: mundos, que se crean para expresar afectos contemporáneos, en relación a los cuales los universos vigentes se tornan obsoletos. Siendo tarea del cartógrafo dar voz a los afectos que piden pasajes, de él se espera básicamente que esté involucrado en las intensidades de su tiempo y que atento a los lenguajes que encuentra, devore aquellos elementos que le parezcan posibles para la composición de las cartografías que se hacen necesarias (Rolnik, 2006, p. 1)


Así, la situación se revela como acontecimiento a mapear. Lo importante es dar cuenta del proceso, del trayecto, hacer visibles las “costuras”, los entre de las cosas con las que se va armando el mapa. Y para ello es necesario hacer explícitas las decisiones analíticas y metodológicas, e incluso las dudas y las contradicciones que surgen, porque es ese el lugar donde emerge la reflexión y revisión crítica (Martínez, et al, 2014).

Cartografiar lo cotidiano haciendo explícitas esas preguntas y decisiones en el trabajo que presento a continuación supuso cruzar de modo vital el propio proceso de investigación con aquello que me había propuesto investigar.

Este trabajo, que comienza en el 2013, tuvo por finalidad poner en relación un momento de irrupción social como fue el surgimiento del 15M3 en el Estado español con lo educativo entendido en sentido amplio. Las preguntas que lo guiaron referían a los procesos formativos y saberes que se producen en los momentos de autoorganización colectiva en tanto formas de vida y subjetivación.

Este fue un estudio en profundidad sobre la iniciativa de la Cooperativa Integral Catalana4 surgida fundamentalmente para dar respuesta al incremento de la desocupación en un contexto de crisis generalizada5. Esta iniciativa se pensó como articulación de una serie de pequeños proyectos productivos de Economía Social y Solidaria, pero también de otros espacios de participación social. Las prácticas y estrategias que se desenvolvieron durante esta experiencia fueron modos de hacer e intercambiar novedosos que desafiaban los límites del llamado trabajo formal e informal.

Los referentes de esta iniciativa, aunque heterogénea y diversa, fueron el movimiento altermundista, el ciberactivismo, la idea de soberanía alimentaria y, fundamentalmente, el pensamiento decrecentista sumado a las tradiciones del movimiento autónomo en Cataluña.

A nivel metodológico esta investigación fue el estudio en profundidad de una experiencia realizada desde un enfoque etnográfico. Sin embargo, no fue exactamente el estudio de un “caso” en sí, sino que escogí para ello tomar la noción de situación, es decir, pensar esa experiencia en tanto referente práctico. Ya que estos nos sirven para problematizar aquello que queremos investigar porque desbordan la propia situación y derraman sobre otros ámbitos del campo social (Gago, 2014).

La secuencia metodológica y etapas de investigación se desenvolvieron en un tiempo cronológico atravesado por otros tiempos afectivos no lineales que pedían un lugar y que se movían entre el entusiasmo, las dudas y el cansancio, propio y colectivo.

Durante la primera etapa de aproximación y observación participante las entrevistas sirvieron y mucho, sin embargo, aparecieron algunas dificultades: unas operativas y otras que referían a ciertas incomodidades. Las operativas refirieron a la falta de tiempo de las personas a entrevistar, ya que era un momento de mucha actividad y demandas hacia el colectivo. En cuanto a las incomodidades, estas tuvieron que ver con el rol de entrevistadora. Pues en la realización y análisis de estas había algo que se perdía, y eso que se escapaba era justamente lo que requería ser atendido.

La segunda etapa se produce cuando el colectivo me propone formar parte de un proyecto de salud comunitaria dentro de la propia cooperativa. Esto supuso un punto de inflexión, un desvío no planificado que tuvo implicaciones metodológicas, pues ampliaba el nivel de compromiso con el colectivo y me situaba en otro lugar como investigadora. En consecuencia, este hecho requirió un replanteo metodológico y en las herramientas de análisis.

Expandir el diario de campo en narraciones sobre la vida cotidiana que se desplegaba en aquel espacio me permitió responder a la riqueza de las situaciones entendidas más como acontecimientos que como encuentros previamente acordados.

Así, el trayecto de investigación fue dando cuenta de los accidentes e incidentes que fueron configurando la experiencia. Un mapa que no se construye en un espacio vacío coordenado, sino que se fue dibujando con lo afectivo6: con momentos de apertura, expansión y otros de notable repliegue.

Posibles herramientas para encontrar señales (en el camino)

De esta forma, la narración de lo cotidiano fue el modo de ir armando el mapa en el que se desenvolvían y movían esos procesos formativos que me había propuesto investigar.

Para Spink (2008) la vida cotidiana es todo lo que tenemos; independientemente de dónde estemos o quiénes seamos, nuestros días son un flujo de acontecimientos ordinarios que pasan en lugares y micro-lugares donde se producen encuentros y desencuentros, charlas, escuchas y silencios. La idea de micro-lugares es una idea figurativa no objetiva, que busca recuperar la práctica del encuentro en los pasillos, las salas de espera, la escalera o en una conversación en la acera mientras alguien se fuma un cigarrillo; confluencias diarias que son más acontecimientos que encuentros provocados (Spink, 2008). Este tipo de aproximaciones no se dan en el aire, de manera abstracta, acontecen siempre en lugares donde se producen y reproducen sociabilidades y materialidades singulares.

Son resultado de procesos sociales que hablan de nosotros, de los otros, de los temas sobre los que nos ocupamos o discutimos, dicen de dónde y cómo vivimos. Ligero o denso, lo cotidiano está poblado de infinidad de micro-lugares que no son lisos, ni son un ambiente eventual o un telón de fondo. Estos micro-lugares somos nosotros, y nosotros quienes los construimos (Spink, 2008), de aquí la importancia de saber leerlos.

Investigar en lo cotidiano supone, entonces, una disponibilidad atenta para conectar con los flujos de personas, hablas, espacios, objetos; es saberse parte actuante de un proceso continuo de negociación, resistencia e imposición de sentidos colectivos (Spink, 2008). Lo que se juega acá no es sólo la noción de lugares o micro-lugares, sino el reposicionamiento de quien investiga como un miembro más de la comunidad de la que forma parte y con la que está comprometida. Esto implica que debe ser capaz de pensarse como parte ordinaria del propio cotidiano que está intentando mapear.

Algunas expresiones de coinvestigación, etnografías disidentes o de socioanálisis que retoman y recrean formas de narratividad pueden pensarse como recurso cartográfico. En esta línea el valor de lo narrativo radica en que nos permite expandir el presente, desplegarlo desde lo provisional y precario que posee todo intercambio de significados, y con ello atender lo múltiple, eso que no puede ser reducido a lo Uno. Porque, como dicen Deleuze y Guattari, (1988), la multiplicidad posee tamaños, dimensiones, determinaciones que no pueden cambiar sin que con ello cambie su naturaleza. Estar en medio, entre las cosas de lo cotidiano, más que situarnos en un lugar impreciso y neutro es estar dispuesto a percibir las conjunciones posibles de las cosas.

Con todo esto vemos que trabajar lo cotidiano no es una tarea fácil pues está poblada de señales que tenemos que aprender a ver. Y ese saber-ver, para que se haga mirada, implica ampliar el campo de la sensibilidad ahí donde el mundo nos habla, abrir espacios y suspender los tiempos donde las conversaciones o los silencios suceden.

La narración, entendida de este modo, presenta una inclinación estética y evocativa de los textos que pueden surgir de la transcripción de los registros (resultado de encuentros pactados o espontáneos en diversos formatos) y que tienen la intención de involucrar al lector en los pensamientos, sensaciones y emociones generadas en el trayecto de la investigación (Rodríguez Lara, 2020; Ormaechea, 2018). Así, estos registros pueden dar lugar a distintos tipos de textos con componentes ficcionales que permitan resaltar la importancia del escenario (lugar) y las dinámicas que componen la situación de modo singular.

En el marco de lo que algunos autores y autoras vienen trabajado en torno a distintos formatos narrativos, incluso ficcionales7 propongo aquí algunas herramientas narrativas como las entrevistas narradas o los relatos situados surgidos de la práctica investigativa. Estas distintas textualidades no tienen la intención de presentarse como formatos originales y atractivos para la comunicación de los resultados de una investigación, sino como posibles estrategias que, como decíamos, nos permitan percibir las señales en estos trayectos de investigación.

Entrevistas narradas

Estas surgen de las dificultades (in-comodidades) con el rol de entrevistadora y la necesidad de buscar otras herramientas posibles que den cuenta del componente afectivo y relacional que se ha ido construyendo o reforzando en el recorrido de la investigación. Responde a la necesidad de darle un espacio a la relación que se ha ido configurando durante el tiempo compartido y al escenario como emplazamiento del encuentro. En la experiencia concreta desde donde surge esta práctica narrativa algunas de las “entrevistas” fueron acordadas previamente, otras surgieron casi de improviso, en la calle o a partir de una charla, pero todas ellas tuvieron la intención de preguntar-nos más que de interrogar al otro. Tenían el propósito de poder exponer y poner en común ideas o preguntas que ayudaran a pensar las cosas que habían pasado u otras que estaban aconteciendo.

Las entrevistas narradas fueron acercamientos abiertos, generalmente pactados, en los que se constataron disponibilidades producto de esos vínculos construidos entre la persona “entrevistadora” y la “entrevistada”.

Relatos situados

Estos fueron la reescritura creativa de encuentros y situaciones que abrieron la posibilidad de expresar lo mucho que nos puede decir lo mínimo; y con ello lo indeterminado, la intuición e incluso el presentimiento como posible modo de saber y conocer, algo que la ciencia moderna niega como fuente de conocimiento.

En este tipo de relatos el emplazamiento es algo importante a tener en cuenta, pues es el lugar en el que transcurre la vida, el “escenario”. Por esto algunos tuvieron la forma de una obra de teatro con actores que aparecen, dicen (o no dicen), desaparecen, pero que están ahí, habitando la situación de algún modo y en un tiempo concreto.

Como bien saben los etnógrafos, los relatos descriptivos producen realidad, trabajan a sabiendas de que las verdades que construyen son parciales, fragmentadas y que bien podrían haber sido otras. Para Rockwell (2005) los textos narrativos no son “ventanas transparentes” entre los mundos propios o ajenos, pero es posible hallar algunos hilos con los que ir hilvanando esas realidades. Así, los relatos permiten dejar intersticios interpretativos también para el lector. No tienen la pretensión de funcionar como potenciales núcleos “explicadores” de todo, más bien abren preguntas generales que no siempre tienen respuesta y que invocan a la sensibilidad para percibir lo no dicho.

Formas que intentaron resaltar la experiencia vivida, aun sabiendo lo intransferible e incomunicable que resulta ser esta. Pero ¿por qué este empeño entonces? Porque intentar pensar desde y a partir de la experiencia nos da la posibilidad de armar esos mapas rapsódicos, intersticiales, por donde circula la vida. La experiencia es, y por eso nos interesa, sobre todo fuente de subjetividad, reflexividad y singularidad; irrepetibilidad, pluralidad y transformatividad (Larrosa, 2006).

La experiencia nos atrae, justamente, por estar pegada al aquí y ahora, a las situaciones y a lo común que pueden tener estas en tanto experiencias siempre atravesadas por otros, algo que no tiene que ver necesariamente con la presencialidad física. Pero común también porque no tiene el lustre de la excelencia o de la rareza de lo excepcional.

Lo que nos interesa es captarla en esos lugares donde acontece lo habitual, lo rutinario, en el hacer cotidiano de la gente.

Así, tanto las entrevistas narradas como los relatos situados parten de la búsqueda y construcción de imágenes que permiten expresar eso tan difícil y escurridizo que es la experiencia vivida (Rockwell, 2005).

Para ir concluyendo. De caminos, mapas y saberes

A través del recorrido hecho hasta aquí podríamos afirmar que la cuestión metodológica puede definirse como política de la narratividad (Passos y de Barros, 2009). En las experiencias de investigación revisitadas vemos que estas siempre, de una forma u otra, son un modo narratividad. De igual manera, los datos recogidos a través de diferentes técnicas (encuestas, coinvestigación, observación participante, grupos focales, de autoconciencia, etc.), el análisis que se haga de ellos, sus resultados y conclusiones, siempre suponen una posición narrativa (sea esta la de los participantes, sujetos de la investigación o la del propio investigador). Por esto, la elección de componer sentidos a través del relato como modo de cartografiar los acontecimientos no puede ser vista de manera desconectada de las políticas que entran en juego: políticas educativas, de salud, de investigación; políticas de subjetividad, políticas cognitivas. Toda producción de conocimiento se da a partir de una toma de posición que nos implica políticamente.

Entendemos la política en su dimensión microrrelacional (Foucault, 1978), por esto, la elección de la narratividad como modo de expresar lo que acontece es algo más que una opción metodológica. Es el conocimiento que producimos acerca de nosotros o del mundo, y esto no es un problema teórico sino un problema político (Passos y de Barros, 2009).

Este esfuerzo por investigar de manera situada es un modo de hilvanar saberes dispersos. Urdiendo esas prácticas hechas de tiempos y des-tiempos es que nos vamos constituyendo, formando y trans-formando a través de la experiencia de una vida vivida, y vamos produciendo, a veces, conocimientos.

Sin embargo, no siempre nos paramos a revisar esa artesanía de prácticas de investigación fuera de la utilidad que provee una intención sistematizadora. Es por esta carencia que necesitamos detenernos en las dinámicas y procesos con los que construimos saberes no siempre reconocidos. Pero aquí no se trata solo de saberes ancestrales, autóctonos o foráneos, sino de los que traemos y construimos relacionalmente y que necesitamos poner en valor. Es en esos encuentros, bifurcaciones, anudamientos, cruces, roces, en los que nos vamos constituyendo como sujetos, vamos siendo en el devenir de las experiencias, pero también donde verificamos nuestras sujeciones.

Fuentes consultadas

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Fecha de recepción: 2 de abril de 2020

Fecha de aceptación: 15 de octubre de 2020


DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v17i44.791



1 Para ampliar el tema véanse las obras de: Theotonio Dos Santos, Fernando Henrique Cardoso, Enzo Faletto, Ruy Mauro Marini, Celso Furtado, André Gunder Frank, Silva Michelena, Pablo González Casanova, Mario Arrubla, entre otros.

2 Estas técnicas fueron usadas de manera más o menos formal por los propios trabajadores como dispositivo de análisis de sus propias condiciones de vida. Una de las experiencias más conocidas fue desarrollada por el operaismo italiano y publicadas en revistas como Quaderni Rossi o Quaderni del territorio. Otras publicaciones fueron Socialisme ou Barbarie, en Francia o Teoría y Práctica, y Lucha y Teoría, en España.

3 El 15M (refiere al 15 de mayo de 2011) fue un acontecimiento social que se caracterizó por la toma del espacio urbano y la reactivación de la participación y autoorganización colectiva como expresión de indignación frente a la situación de crisis del momento. En España, el llamado 15M fue parte de una serie de levantamientos, revueltas y revoluciones que comenzó en el 2010 en Túnez y luego se extendió a Argelia, Jordania, Yemen, Egipto, Bahrein, Siria, Libia, Marruecos, Portugal, Grecia, Israel, Chipre y Turquía. Esta secuencia se prolongó con otras revueltas en otros continentes.

4 La Cooperativa Integral Catalana se consolida en el 2010 momento en el que toma la forma jurídica que le permite canalizar y dar cobertura legal a distintas experiencias alternativas de economía social y solidaria. Es una iniciativa que abreva del movimiento cooperativista, el anarquismo y el pensamiento decrecentista que después de mayo del 2011 (surgimiento del llamado 15M) se conjuga con otras demandas sociales. La iniciativa durante un tiempo logró articular experiencias de autoocupación, educación libre, salud alternativa, vivienda y grupos de consumo utilizando moneda social.

5 El contexto de crisis refiere a las consecuencias políticas, sociales y económicas producidas después de que el banco de inversiones Lehman-Brothers se declarara en quiebra en septiembre de 2008, hito que mediáticamente se identificó con el comienzo de la llamada crisis financiera que en los años siguientes desencadenó una secuencia de movilizaciones y protestas en varios países.

6 Tomo para este texto lo afectivo en el sentido que le da Spinoza, en tanto capacidad de afectación del cuerpo. Afectaciones que tienen que ver con perturbaciones, trastocamientos, transformaciones.

7 Para ampliar información sobre investigación narrativa y ficción ver: Cheney, 2001; Clayton, 2010; Rodríguez Lara, 2020; Martos-García y Devís-Devís, 2015; Sparkes, 2002.

* Profesora asociada en la Universidad de Barcelona. Facultad de educación, departamento MIDE. Correo electrónico: valedeo@hotmail.com

Volumen 17, número 44, septiembre-diciembre, 2020, pp. 85-103

ISSN versión electrónica: 2594-1917

ISSN versión impresa: 1870-0063