Entrevista

Paisaje Común / 37x17 cm / Collage / 2019



Entrevista a Viviane Brachet


Tania H. Rodríguez Mora*



La amplia trayectoria académica de Viviane Brachet ha sido reconocida por El Colegio de México, su lugar de trabajo, como profesora emérita y también ha sido distinguida como investigadora emérita por el Sistema Nacional de Investigadores. Obtuvo su doctorado en Sociología en la Universidad de Wisconsin y ha trabajado en El Colegio de México desde la fundación del Centro de Estudios Sociológicos. Su trabajo de investigación abarca el estudio de las políticas de salud en México y América Latina, el desarrollo de las democracias y en particular la construcción del estado en América Latina y en México. Siempre interesada en el debate teórico, es una de las introductoras de enfoque relacional y como investigadora y formadora de investigadores ha sido persistente en señalar la necesidad de que la investigación que realizamos en la región construya teoría y sea capaz de, con imaginación y rigor, construir nuevas explicaciones sobre los grandes temas de la sociología.

En esta entrevista conversamos sobre la forma en la que, desde su experiencia como investigadora y profesora, enfrenta el reto de repensar en términos epistemológicos y teórico-metodológicos el problema del orden y del cambio social.


–En tus trabajos de investigación has hablado sobre las condiciones epistemológicas para hacer sociología o, en general, ciencias sociales. Tras lo que hemos aprendido en estos 150 años de la disciplina ¿qué podrías hoy decir sobre la construcción de explicaciones sociológicas sobre la noción de orden social? 

–Hay muchas maneras de hacer explicaciones en las ciencias sociales. Ninguna perfecta ni definitiva ni claramente mejor que las demás. Pero antes que explicar, hay que acertar cómo vemos la realidad, y que consecuencias esto tiene para las explicaciones que podemos proponer.

Luego tenemos que acertar, en función de la ontología que adoptamos conscientemente y formalmente, cuales epistemologías son compatibles con dicha ontología. Y solamente sobre estas bases podemos proponer explicaciones, con todas las limitaciones que todas tienen.

Esta toma de consciencia epistemo-metodológica es precisamente lo que usualmente no se hace en la sociología neopositivista que se ha institucionalizado, y que yo llamaría la sociología comercial, sobre todo desde los Estados Unidos, a partir de los años 1950. Pero hay indicaciones de que esta hegemonía ha sido desplazada desde los 90s, por lo menos dentro del área de estudios históricos y comparativos: una minoría, pero con un fuerte impacto teórico.

Para Immanuel Wallerstein, autor de El Sistema Capitalista Mundial (1974), la realidad es un sistema capitalista mundial que representa un todo determinante de los eventos que ocurren: las propiedades inherentes de este sistema actúan detrás de los actores, provocando los eventos. Esta perspectiva elimina las contingencias, es decir, los eventos y giros no anticipados de la historia que, según alguien como Michael Mann, por ejemplo, irrumpen en la historia.

En términos generales, la visión sistémica es la misma en otros niveles analíticos que la de Wallerstein: las propiedades de los sistemas contienen los elementos determinantes que producen la realidad social. Por lo tanto, se sustituyen implícitamente a los actores como determinantes de los eventos, lo cual excluye la historia como algo construido socialmente.

Es cierto que existen sistemistas que hablan de que los sistemas son abiertos, con susbsesitemas autónomos y por tanto son complejos y que no están perfectamente integrados con lo cual plantean que se introduce una idea de lo no anticipable en términos sistémicos. Sin embargo, para ser coherentes se debe de especificar en función de cuales dinámicas se mueven dichos sistemas complejos, además de las sistémicas, por ejemplo cómo se relacionan con su entorno (algo que se ha planteado en la sociología organizacional en algún momento). Esto es algo que dichos sistemistas (o los que simplemente declaran que su investigación se basa en principios sistémicos) no hacen usualmente. Entonces la noción de complejidad o de indeterminación es sólo una especie de “curita” para disimular la herida ontológica.

 

–¿Y en cuanto a tu propia noción epistemológica de realidad social?

–En cuanto a mi trabajo, yo veo la sociedad como una construcción a partir de procesos, diferenciados histórico y territorialmente, basados en relaciones de competencia y cooperación entre actores claves. Los elementos de estos procesos son mutuamente interdependientes, a la vez que opuestos o contradictorios. Pero los conflictos que los oponen crean espacios de indeterminación de las reglas del orden social, y esto posibilita el cambio social, aunque no siempre hacia algo mejor en términos de los valores que permean mi trabajo.

En otras palabras, yo veo la realidad social en términos constructivistas: los órdenes sociales –y no El gran Orden Social universal Hobbsiano– son construidos por los actores relacionalmente, desde diferentes posiciones en la jerarquía social, y con distintos recursos de poder, en medio de muchas contingencias y consecuencias no anticipadas. Esta visión implica que no hay principios universales aplicables en cualquier región o momento en el mundo, aunque muchos científicos sociales se siguen aferrando a buscar “regularidades” supuestamente universales. Usualmente obtienen resultados empíricos poco alentadores. Sin embargo los aceptan como comprobatorios mientras sean estadísticamente significativos, aunque poco explicativos en términos de covariación.

En el origen de la visión constructivista están el libro clásico de Berger y Luckmann (1967) y la escuela de interaccionismo simbólico de los años sesenta, así como también la etnometodología. Actualmente representa una colección de tendencias minoritarias divididas entre “especializaciones” y secciones de las grandes organizaciones de las ciencias sociales.

Desde esta perspectiva, por complejas y no anticipables que sean las actuaciones de las personas, las organizaciones o las instituciones en términos de los “eventos” que les corresponden, considero que son diferenciables y analizables en términos de pautas de comportamiento socio-político-espacio-temporalmente diferenciadas.

En mi perspectiva la agencia está incluida pero no supone que los actores estén completamente libres para interpretar y actuar como piensan, por ejemplo los teóricos de metodología individual. Es central reconocer que los agentes son interdependientes a la vez que opuestos e incluso hasta contradictorios, pero los conflictos que los oponen crean espacios de indeterminación histórica entre los cuales los actores tienen que escoger sin saber muy bien que consecuencias van a tener. Es decir, las estructuras sociales no están hechas, se están construyendo con muchas contradicciones.


– ¿Qué impacto tienen estos supuestos epistemológicos en los alcances y las formas en que podemos construir explicaciones en las ciencias sociales?

–Yo identifico cuatro maneras que son complementarias y que siguiendo el consejo de John Hall pueden combinarse en forma híbrida para construir explicaciones: (1) la narrativa: que consiste en generar “historias” (stories), (2) los tipos ideales (o casos pautados) que buscan establecer pautas comunes entre distintos casos empíricos o históricos; (3) la teoría, (4) los razonamientos hipotético-deductivos que buscan establecer relaciones de covariación entre fenómenos analíticamente desagregados en “variables”.

Es posible teorizar y de ahí ofrecer “explicaciones” desde cualquiera de estas epistemologías. Pero hay que aceptar las limitaciones de cada una.

1) La narrativa es ubicua en el análisis social. Sabemos, basado en la investigación en psicología, que la narrativa es la forma más generalizada de representarse y expresar “qué está pasando”. Se ha demostrado que nuestro cerebro fabrica historias que dan sentido a la realidad percibida. Por tanto, no hay realidad fundamental fuera de tales construcciones. Son estas interpretaciones las que dan sentido a lo que vivimos”, y nos permite construir esquemas (que son atajos no reflexivos para interpretar de manera inmediata una situación dada) que utilizamos en la vida cotidiana para reproducir nuestros medios de sobrevivencia. Esto significa que cualquier institución que induce, a través de los símbolos que emite, una forma socialmente compartida de ver la realidad detiene la clave de la hegemonía en el sentido gramsciano de esta palabra.

La narrativa incorpora una “trama” en su selección y presentación de los eventos, misma que da sentido a este texto. Es en función de ésta que los eventos seleccionados parecen significativos, y también que se hace silencio sobre los eventos que no son relevantes a dicha trama.

Por ejemplo, se hizo, hasta hace poco, la historia de la revolución industrial en Inglaterra excluyendo los hechos referentes a la construcción del imperio colonial y la conquista de los mercados mundiales de ese país. Estos hechos ejercieron presiones y abrieron oportunidades para crear modos de transporte de ejércitos y mercancías más rápidos y baratos, basados en los descubrimientos de las máquinas de vapor que de otra manera podrían haberse quedado sin uso por mucho tiempo más.

Las tramas pueden cambiar la interpretación de los fenómenos históricos aun cuando las narrativas seleccionan los mismos hechos. Por ejemplo, Stinchcombe (1975) apunta que los hechos históricos citados por Marx y por Bertrand de Jouvenal para explicar el cambio histórico que representó la revolución francesa no son distintos; lo que los diferencia son cuales hechos aparecen significantes, cómo interpretarlos, y qué consecuencias se supone que han tenido.

2) Los tipos ideales de Max Weber, y sus herederos en la investigación sociológica han sido “vulgarizados” para tipificar periodos en la historia de América Latina. Pero generalmente se han utilizado como meras etiquetas clasificadoras para reunir eventos dispares, y sin incluir la noción de lógica de la acción social (por ejemplo la racionalización de las relaciones sociales que Weber propuso).

El tipo ideal sigue siendo epistemológicamente disponible, entendido como una búsqueda de pautas explicables en términos de la visión de la realidad compartida por sus actores, las formas de dominación que los estructuran y los mecanismos de su reproducción. Un ejemplo de estudio sistemático basado en esta epistemología es el libro de Perry Anderson, titulado Lineages of the absolutist state que analiza comparativamente los absolutismos monárquicos europeos entendidos como una pauta de dominación entre estado y sociedad que caracterizó la modernidad que se desenvolvió en Europa desde el siglo XVI.

Yo personalmente utilizo la epistemología de los tipos ideales en mi estudio de la formación del Estado en América Latina en 18 países de América Latina, pero son tipos inferidos de la historia de América Latina, no tipos universales. No utilizo esta epistemología por sí sola, también utilizo la narrativa y el análisis multivariado.

3) Con respeto a la teoría es interesante el argumento de John Hall sobre el hecho de que los tipos ideales incluyen el sentido intrínseco que los actores tienen de la realidad que enfrentan, mientras que la teoría da a los hechos un sentido extrínseco en términos del modelo teórico que escoge el investigador, independientemente del sentido dado por los actores. Desde mi perspectiva ambos sentidos son necesarios en la explicación sociológica, por lo que no son opciones alternativas.

La teoría permite acercarse a los hechos observables o archivados desde un perspectiva explícita, lo cual no siempre se observa en la actualidad. Igual, la teoría no debe consistir en una batería de hipótesis, como la concibe la mayoría de los científicos sociales norteamericanos (y como se sigue afirmando en las clases de metodología).

Yo utilizo la teoría para plantear postulados que fungen como perspectiva ontológica y como definidora de la lógica de la acción. Estos planteamientos orientan mi selección de los hechos históricos. En tal sentido, cualquier teoría representa una trama a partir de la cual observar los hechos. Pero contrariamente a la narrativa en la historia y en las novelas, esta trama es explícita y puede ser corroborada o contradicha por los hechos. No hay nada escondido.

4) El análisis multivariado es una metodología ahistórica y presentista que proyecta fotografías instantáneas de aspectos de la realidad expresados en términos de variables que corresponden a momentos y lugares específicos, pero a menudo se presentan como generalizables. Lo que no todo el mundo sabe es que para validarse este tipo de análisis utiliza la narrativa que estructura en términos de tramas.

Tal como ha señalado Andrew Abbott, los investigadores que utilizan el análisis multivariado olvidan a menudo que los que actúan son la gente, no las variables. Pero los artículos en las mejores revistas afirman comúnmente que la variable A o B “explica” la C. Esto no es ninguna explicación. Es sólo una manera ambigua de decir que hay covariación entre A y C o B y C. Para argumentar que dicha covariación no es espuria, se dice que hay un proceso detrás de dicha covariación que va de A a C o de B a C. Pero tal proceso jamás se pone a prueba. Sólo sirve para validar el hallazgo estadístico obtenido.

El problema de base en esta práctica no es el uso de variables, sino la pobreza teórica con la que se suele hacer. Personalmente, considero que el análisis basado en variables puede contribuir al estudio de procesos, pero éstos son lo que hay que trazar y comprobar con la ayuda, entre otros métodos, del análisis multivariado.

En mi trabajo articulo estas distintas formas de explicación, por ejemplo en mi estudio sobre la construcción de Estado en América Latina, identifico pautas que se repiten a lo largo de doscientos años de historia en la región y al mismo tiempo me interesa recuperar cómo pensaba la gente, las élites, los subalternos, en los distintos momentos, sin embargo es indispensable reconocer que no sólo se recupera la interpretación de los actores sino que el propio analista propone una interpretación. Es decir en ese sentido la teoría constituye una visión extrínseca que aporta una trama explicita que puede ser contestable. No se puede completamente corroborar o derrotar pero se puede validar sólo hasta cierto punto al igual que los postulados hipotético-deductivos. Al ser explícitos en el uso que damos a la teoría estamos tomando algún riesgo y comprometiéndonos a ciertos resultados. Podemos hacer en combinación con tipos reales y utilizar el análisis multivariado sin adoptar esta postura universalista de que las covariaciones son regionales e históricamente específicas. Y creo que sí se puede utilizar también en combinación con una visión ideal típica, adaptada y en función de una teoría. Entonces, de esa manera el análisis basado en variables es dependiente de la teoría y de los casos pautados, no a la inversa. Debe quedar claro que no es posible demostrar la superioridad epistemológica de una lógica explicativa sobre la otra, por eso yo pienso que tenemos que hacer una combinación y corroborar las cosas de esta manera un poco artesanal.

En mi trabajo el análisis multivariado contribuye a corroborar si los tipos ideales que hemos construido tienen sentido o no, pero la narrativa es la base de todo el conocimiento. Por lo cual la narrativa tiene que ser regulada, tiene que estar disciplinada en función de una teoría.


–Un elemento que ha estado presente en tu trabajo como investigadora es la noción de proceso, ¿por qué?

–Primero que nada no existen los procesos “a” o “b” entendidos individualmente. Los distinguimos sólo por razones analíticas. Lo que hay es una realidad social procesual, basada en acciones e interacciones que tienen lugar en el tiempo.

La sociedad es un entramado de actores (organizaciones, redes, instituciones) que interactúan relacionalmente con base en visiones de la realidad social, reglas y normas, que ejercen presiones para que este entramado se produzca, reproduzca y transforme de cierta manera.


–Si pensamos en tipo de investigación sociológica que haces, ¿podría identificarla como sociología histórica?

–Yo lamento que se hable de sociología histórica porque se habla de ella como si fuera una especialidad cuando yo creo que la única sociología que es verdaderamente sociológica es siempre histórica, entonces creo que los científicos sociales que no incorporan una posición procesual en la sociedad, nos están presentando una entelequia, algo que no existe pero la venden como realidad, hacen caso omiso de la historia y se quedan en el presente inmediato, eso los sociólogos históricos lo llaman el “presentismo” de la sociología contemporánea y hacen diferencias causales a partir de datos que no son longitudinales y en los que no se pueden distinguir las variables independientes de las dependientes porque todas sucedieron en el mismo momento… y para distinguirlas tienen que inventar historias, o lo que denominan “theoretical rationales” que buscan corroborar la relación entre las variables que escogí como independiente y la dependiente. Al hacer esto, se confunde correlación con causalidad.


–En este punto nos acercamos más a un nivel metodológico importante y es entonces el problema de la cocción de los datos, ¿qué nos puedes decir del trabajo con las fuentes históricas en la construcción de procesos?

–Trabajar con fuentes históricas es un sine qua non sea estas primarias o secundarias. Pero trabajar con procesos es costoso y problemático en términos metodológicos.

Los archivos y los historiadores no registran procesos, sino secuencias de eventos en función de tramas interpretativas. Pasar de evento a pauta puede ser un salto mortal. Pero lo han dado varios sociólogos históricos. Lo dio Skocpol cuando creó narrativas analíticas, problemáticas, como vimos. Lo dio también Tilly cuando hizo un conteo exhaustivo de todos los “eventos de contienda” reportados en la prensa inglesa durante el siglo XVIII para trazar en el tiempo el proceso de cambio de los reclamos políticos que pasaron de dirigirse a autoridades estatales a las nacionales. Más recientemente lo hace Thomas Picketty cuando estudia la evolución de la desigualdad en el tiempo y distintas regiones del mundo, pero para ello necesita y puede financiar a 140 científicos sociales trabajando para este proyecto.


–En los últimos años se ha retomado la noción de relación como un elemento central para el análisis sociológico. ¿Qué balance haces de este “giro relacional” y qué desafíos observarás en la investigación concreta?

–El giro relacional fue lanzado por Emirbayer en 1997, y ha impulsado la publicación en inglés de las obras de Donati que en Italia había desarrollado esta visión desde hacía años. Salieron, además, dos libros editados por Powell y Dépelteau ambos en 2013. Pero a pesar del título del segundo (Applying Relationality), se han tenido muy pocos estudios empíricos enfocados en este tema. Hasta la fecha creo que el libro Estado y sociedad en América Latina, Acercamientos relacionales, que colectivamente hemos elaborado y fue publicado por El Colegio de México en 2016 ha sido el único que ha intentado aplicar la relacionalidad entre Estado y sociedad en estudios de caso o comparativos concretos.

Yo creo que la razón es relativamente simple: la discusión teórica se ha centrado en la noción de formación y transformación mutuas entre Estado y sociedad, lo cual implica que el estado tiene una apertura mínima hacia presiones desde la sociedad, y no sólo por parte de las élites. Esto lo demuestran algunos de los capítulos del libro colectivo mencionado, como la capacidad de las comunidades negras en Colombia para obtener concesiones por parte del Estado. Pero las relaciones entre Estado y sociedad en América Latina como en otras partes no son entre iguales, y pueden reproducir la violencia, como lo muestra el análisis en ese libro del proceso de revolución y contra-revolución en Guatemala entre 1944 y 1954.

La relacionalidad también puede concretarse en dinámicas alternadamente contradictorias en el tiempo. En la América Latina del siglo XIX, las políticas seguidas por los conservadores desataban conspiraciones conservadoras, y viceversa. En el mundo contemporáneo, la carrera al armamento entre Estados Unidos y la URSS se reforzaban mutuamente.

Yo creo que la relacionalidad en los vínculos sociales debe observarse en una mayor variedad de entornos socio-históricos en nuestra región, y en esto estoy trabajando también. Pero igual que la perspectiva procesual, relacionalidad es un tema difícil y costoso para estudiarse concretamente. Por tanto, es un lujo que no es académicamente redituable para la mayoría de los jóvenes investigadores que son evaluados en términos de estudios rápidos y de relevancia social y política inmediata.


–Hay una dimensión metodológica para estudiar relaciones y procesos. ¿Cuáles elementos destacarías?

–Estoy de acuerdo con Bourdieu en que el orden social se construye a partir de luchas de poder, pero intento hacerlo a nivel societal, no de “campos” como lo hizo Bourdieu.

Yo diría que destaco no una sino varias fórmulas metodológicas aplicables a investigar las relaciones. En mi trabajo sobre la formación del estado en América Latina utilizo las metodologías que fluyen de los cuatro modos epistemológicos que ya he explicado: el narrativo, el ideal-típico, el teórico, y el basado en variables. Primero he realizado una exploración de las fuentes históricas que me permite proponer tipos y periodos en cada uno de los 18 países incluidos en mi investigación; en lo teórico planteo una serie de proposiciones axiomáticas que orientan la búsqueda de los hechos; en el tercero, hago un análisis de contenido artesanal y tediosamente detallado para atribuir cada cinco años distintos valores de variables claves. Estas variables me permiten validar la tipología ideal y examinar pautas modales, extremas y excepcionales dentro de los tipos entre los cuales distingo. Y claro, con las variables puedo explorar pautas de diversas maneras, por ejemplo por medio de los análisis factorial y de conglomerados (cluster análisis). Sin embargo, nunca pierdo de vista de qué estoy hablando: de relaciones sociales en el tiempo que ejemplifican distintos tipos de configuraciones sociales históricamente construidas. Claro está que no puedo entrevistar a los participantes. Pero puedo inferir niveles de identificación con el orden político, del acatamiento de y de las resistencias a las reglas sociales hegemónicas que históricamente fluyen de las luchas de poder en diferentes momentos y países. Este tipo de trabajo requiere repetirse en niveles meso-analíticos y micro-analíticos que son relevantes a estos procesos y sus transformaciones. Esto último ya no lo haré. Pero lo importante es argumentar que se puede y debería hacerse.


–¿Cómo se han desarrollado estos principios teóricos y metodológicos en tu trabajo sobre la formación del Estado en América Latina?

–En realidad, la formación del Estado en América Latina es para mi una forma de investigar los procesos de la construcción del orden social en diferentes momentos y países de la región. Es una manera de sacar a este tema de una especialidad marginada a una central en términos teóricos. Y también es una oportunidad para proponer una manera de rendir, metodológicamente, los eventos como pautas de comportamiento que caracterizan momentos y espacios territoriales determinados. Estas unidades pueden a la vez calificar y cuantificarse, y de ahí posibilitar una mayor diversidad de “explicaciones”. Y esto me da los elementos que necesito para argumentar que el orden social es históricamente y territorialmente construido en América Latina.

Y es que a partir del momento en que se acepta que la realidad es histórica, la consecuencia inevitable es reconocer que el proceso de formación del estado no va a hacer el mismo en Bielorrusia que en Argentina, parece obvio, pero para demostrarlo es muy complejo.

Adicionalmente es importante que las diferencias en los procesos no sean leídas desde pretensiones de universalidad que construyen una sociología “central” (la universal y buena) y una “periférica” (la tropical y mala) sino procesos y lógicas de acción distintos que históricamente se han desenvuelto en distintas regiones y periodos en el mundo. Actualmente hay un esfuerzo y reconocer el impacto de los imperios y las desigualdades coloniales en estos procesos.


–¿Cómo vinculas los niveles macro con los institucionales o con los micro? Hace algunos años, realizaste una investigación donde analizas distintos espacios de contienda en el Estado de Morelos y a partir de ellos das cuenta del proceso de construcción del Estado mexicano y lograste, por ejemplo, reconstruir desde otro ángulo un proceso muy estudiado como es la Revolución Mexicana

–Considero a cada nivel de análisis como emergente, en el sentido que los procesos que suceden en un nivel no necesariamente reflejan una situación generalizada: puede haber procesos de contienda a nivel micro (como los que analicé en los dos pueblos de Morelos) que no se reflejan en otros niveles; y hay procesos locales como el de Ayala, Morelos en 1909, que se enganchan con procesos nacionales y se vuelve parte de éstos. En esto concuerdo con el sociólogo francés Michel Dobry quien argumenta que mientras existe una paz política relativa, los conflictos interactivos se quedan dentro de sus respectivos campos sociales, pero cuando una crisis en uno de esos campos se agudiza (como el Mayo de 1968 en Francia), entonces, las paredes de los campos se desvanecen y el problema se vuelve nacional.

Cuando estudié los procesos micro en Morelos, la intención era de poner a prueba la teoría de los procesos sociales propuesta por McAdam, Tarros y Tilly, y argumentar que contrariamente a lo planteado por los autores, no se podía prescindir del proceso de agencia para explicar los giros que toman los procesos. Basado en los 8 casos estudiados en el libro mío argumenté que, dichos mecanismos podían considerarse como herramientas disponibles para los actores para actuar agencialmente, pero que tenían consecuencias no anticipables, contrariamente, también, al argumento de los autores.

Pero en este libro, la parte teórica que fue la más difícil de desarrollar y no ha sido considerada. Esto es lo que pasa con los trabajos teóricos que vienen de los países periféricos: son considerados como obras que sólo son relevantes a estos países, y por tanto dirigidos a los especialistas de dichos países. La teoría central, la que actualmente cuenta, la hacen los profesores de las grandes universidades norteamericanas, y en algunos casos, como los de Giddens, Bourdieu o Offe, los de Inglaterra, Francia o Alemania. Pero hay que seguir tratando.

En el proyecto en el que trabajo actualmente, trabajo estrictamente en el nivel macro de las relaciones interinstitucionales que conforman las configuraciones históricas peculiares y cambiantes de América Latina entre 1810 y 2020. Es el primer paso que representa la base a partir de la cual trabajar en otros niveles, y descubrir cómo éstos se articulan sobre los procesos en los meso o macro- niveles, o no lo hacen.


–¿Qué agenda de investigación piensas que debe desarrollarse en América Latina sobre la discusión Estado/sociedad?

–Hay una agenda muy grande que propuse en el libro e indicaré en artículos en revistas. Pero en la práctica, es muy difícil de llevar a cabo. Faltan académicos bien preparados para interesar y formar a los jóvenes en términos que no son los más modales ni los más comerciales; falta una instancia latinoamericana para efectivamente sostener el esfuerzo de llevar a cabo investigaciones comparativas. Clacso representa un foro en el que presentar resultados pero hacen falta más espacios. Y principalmente falta que los países dominantes en la academia dejen de creer que sus trabajos representan la norma. Esto implicaría, por ejemplo, más intercambios de profesores e investigadores no solamente especialistas de los países de nuestra región, sino representativos de tendencias mundiales, y que los profesores nuestros estén al tanto de estas tendencias y capaces de aportar en pro o en contra.


–En función de tus investigaciones sobre el Estado en América Latina, ¿cuáles son las necesidades de teorización para los que pensamos desde y sobre América Latina?

–Ésta es una pregunta muy difícil de contestar. Hay muchas necesidades. En los últimos 30 años, no se han generado trabajos teóricos importantes en América Latina. Pero tampoco en el resto del mundo. En parte esto tiene que ver con la balkanización de las ciencias sociales en áreas de especialización que se orientan sobre todo a la investigación empírica: que este tipo de investigación es necesaria pero no suficiente. Por su parte la teoría se ha visto acorralada a ser otra especialidad.

Pienso que un primer paso sería trabajar en construir y enriquecer bases de datos históricas con las cuales los estudiantes puedan hacer sus tesis doctorales sin tener que buscar sus datos en los archivos o las fuentes secundarias. La base que he conformado es insuficiente, y debe enriquecerse. Pero he tardado 14 años para conformarla. Si me dieran otros 10 años de vida activa, yo estudiaría, en primer lugar, las relaciones entre Estado y militares, y si me dan diez más, las relaciones entre Estado e Iglesia. Hay trabajos muy buenos sobre el papel de los militares en las transformaciones sociales en el tiempo. Pero no hay los suficientes. Y los estudios comparativos Estado/religión brillan por su ausencia. Hay mucho trabajo por hacer.



DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v17i44.792


* Rectora y profesora-investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Correo electrónico: tania.rodriguez@uacm.edu.mx

Volumen 17, número 44, septiembre-diciembre, 2020, pp. 107-119

ISSN versión electrónica: 2594-1917

ISSN versión impresa: 1870-0063