Emociones, identidad colectiva
y estrategias en los conflictos socioambientales

Alice Poma*

Tommaso Gravante**

Resumen. El objetivo del artículo es ofrecer un análisis del papel de las emociones en los conflictos socioambientales en México. Apoyándonos en el trabajo de campo desarrollado en Jalisco, donde entrevistamos a miembros de tres colectivos autogestionados que defienden su territorio, así como en la literatura sociológica sobre emociones y protesta, mostraremos el papel de las emociones 1) en contextos represivos, 2) en la construcción de la identidad colectiva y 3) en las elecciones estratégicas y organizacionales. Con este artículo queremos evidenciar las dinámicas internas del activismo ambiental en México a través de una lente sociológica que incorpora la dimensión emocional al análisis de la protesta.

Palabras clave. Emociones, conflictos socioambientales, represión, trabajo emocional, identidad colectiva.

Emotions, collective identity
and strategies in socio-environmental conflicts

Abstract. The aim of the paper is to offer an analysis of the role of emotions in Mexican environmental conflicts. Based on fieldwork in the state of Jalisco (Mexico), where we have carried out in-depth interviews with members of three self-organized collectives which are defending their territories, and following the sociological framework on emotions and protest, we will show the role of emotions 1) in a repressive context, 2) in the construction of collective identity, as well as 3) in the organizational and strategic choices. Our proposal aims to highlight the internal dynamics of environmental activism in Mexico through a sociological lens in which the emotional dimension of the protest matters.

Key words. Emotions, socio-environmental conflicts, repression, emotion work, collective identity.

Introducción

En México son numerosas las experiencias de resistencia contra la destrucción del territorio en las que comunidades indígenas, poblados y colectivos se enfrentan al Estado y a las empresas para defender el derecho a vivir en sus territorios. Aun cuando los pobladores no tengan que desplazarse a otros sitios a causa de proyectos o infraestructuras, como las presas, el deterioro ambiental en estos territorios está amenazando la salud y la calidad de vida de sus habitantes. Partiendo de tres experiencias de lucha en defensa del territorio en la Zona Metropolitana de Guadalajara (zmg) que se enfrentan a estos problemas de forma autónoma y autorganizada, es decir, rechazando la colaboración tanto de partidos políticos y otras instituciones gubernamentales y no gubernamentales (ong), en este artículo queremos presentar un análisis que muestre, primero, el papel de las emociones y del trabajo emocional en el sustentamiento del activismo; y posteriormente, el papel de las emociones en la construcción de la identidad colectiva de estos grupos y cómo aquéllas influyen en sus propias estrategias organizativas.

Para contestar a estas preguntas, nos apoyamos en la propuesta de Jasper (1997) de una visión culturalmente orientada de la protesta, que incluye el análisis de las dimensiones emocional y biográfica, y en la literatura de los últimos veinticinco años sobre emociones y protesta, la cual ha demostrado el papel de las emociones en la emergencia, consolidación y declive de los movimientos (Jasper, 1997, 2006a; Gould, 2009; Goodwin, Jasper y Polletta, 2001; Flam y King, 2005); en la formación y consolidación de la identidad colectiva (Polletta y Jasper, 2001; Bayard de Volo, 2006; Taylor y Rupp 2002; Taylor y Leitz, 2010; Romanos, 2011); en el papel del trabajo emocional en la protesta (Flam, 2005; Gould, 2009; Groves, 1997; Jasper, 1997; Reger, 2004; Summers Effler, 2010); así como la importancia de las emociones hacia las autoridades y el Estado (Flam, 2005; Della Porta, 1995; Romanos, 2014). Este enfoque es particularmente adecuado para nuestro contexto de análisis porque, como escribe Jasper, las emociones “ayudan a poner atención en los individuos y pequeños grupos que son los primeros en darse cuenta y preocuparse por un problema” (2014b, p. 24).

El objetivo de este artículo es contribuir a la literatura sociológica que analiza el papel de las emociones en la protesta, con un trabajo empírico que pueda enriquecer tanto aspectos ya discutidos en la literatura (por ejemplo, el papel de las emociones reciprocas y compartidas), como contribuir a clarificar dinámicas menos estudiadas para lo que ha sido ya señalada la necesidad de más trabajos empíricos, como el trabajo emocional, el papel de las emociones en la identidad colectiva y, finalmente, el cometido de las emociones hacia las autoridades, ya que como escribió Jasper, “algunas de las emociones más importantes en la protesta emergen de la interacción con las autoridades” (2014a, p. 211).

Contexto y metodología

La zmg está viviendo una crisis ambiental que está afectando la vida cotidiana de los habitantes de la región (Regalado, 2013a, 2016; Poma y Gravante, 2015). Entre los mayores problemas que sufre encontramos la contaminación y la destrucción de áreas verdes y bosques para la construcción de nuevos fraccionamientos y redes viarias. Para este análisis hemos querido centrarnos en la experiencia de tres colectivos que están luchando desde hace más de una década contra estos problemas: la agrupación Un Salto de Vida (usv), el comité Salvabosque (cs) y el grupo ecologista El Roble (ger).

La agrupación usv, ubicada en el municipio de El Salto, se creó en 2005 para denunciar la contaminación del río Santiago, uno de los ríos más contaminados de México de acuerdo a muchas fuentes (Durán y Torres, 2006). Los habitantes de los municipios de El Salto y Juanacatlán viven con temor los muchos casos de enfermedades, sobre todo cáncer de diversos tipos y enfermedades de los riñones (Enciso, 2015), que ellos atribuyen a la contaminación. Como hemos podido comprobar en nuestra investigación, lo que ha movilizado a algunos pobladores a organizarse fue “la añoranza del río (…) por ese sueño de volver a ver el río limpio” (E1), pero sucesivamente cuando los habitantes empezaron a organizarse y compartir la experiencia de la enfermedad (desde 2008), la conciencia de que la contaminación del río puede enfermar y matar no sólo a los peces y otros animales, sino también a las personas, también influyó en la movilización.

El cs, en la colonia El Tigre II en el municipio de Zapopan, también nació en 2005, en su caso para denunciar la destrucción del bosque del Nixticuil, amenazado por la construcción de fraccionamientos. Este colectivo, creado para denunciar y resistir a la tala de árboles a través de la ocupación de áreas de bosque, también se conoce por su brigada auto-organizada para apagar los incendios. Como escribe una integrante del cs, “tanto usv como el cs son colectivos surgidos, como dicen los zapatistas, desde abajo e integrados por gente común que no ha tenido entre sus preocupaciones clasificarse dentro de un tipo de movimiento social determinado, por el contrario, se han resistido a ser encasillados como ambientalistas o ecologistas” (Herrera Rivera, 2012, p. 28).

Ambos grupos, además de actividades más claramente relacionadas con la lucha como la participación a marchas, la denuncia de irregularidades en sus territorios, los conflictos con administradores locales y empresarios, etc., también se dedican a reforestar, plantando árboles que ellos mismos crían en viveros autogestionados, y a organizar actividades lúdicas y de concientización de las problemáticas ambientales.

Finalmente, el ger es el grupo más antiguo. Se constituyó en 1988 para defender al bosque del municipio de Juanacatlán de la cacería ilegal, el uso irregular de suelo y los incendios. Como el cs, el ger se dedica a apagar incendios de manera autogestionada, así como a mantener un control del territorio a través de visitas regulares al bosque para denunciar o contrarrestar cualquier actividad ilegal que pueda amenazar la vida del bosque.

El artículo se basa en observación participante, charlas informales, una entrevista colectiva y dieciocho entrevistas a profundidad con los miembros de los colectivos anteriormente descritos. Mientras que la observación participante y charlas informales permiten conocer el contexto en el que se mueven los sujetos y su cotidianeidad, las entrevistas a profundidad, grabadas y llevadas a cabo en espacios propios de los colectivos o de sus miembros, sirvieron para explorar el papel de las emociones en la experiencia de los activistas.

Los cuestionarios-guías fueron pensados para poder explorar la dimensión emocional de la experiencia de lucha de los colectivos, focalizándonos al principio en las emociones que influyen en la participación, que Flam (2005) define como emociones movilizadoras (mobilizing emotions); en los vínculos afectivos entre los miembros del grupo, emociones recíprocas (reciprocal emotions) (Jasper, 1997); apego al lugar (place attachment) (Low y Altman, 1992; Devine-Wright, 2009; Devine-Wright y Manzo, 2014); en las emociones morales (Jasper 1998, 2011); y en la solidaridad y la empatía (Flam, 2000).

En la segunda parte de las entrevistas exploramos el trabajo emocional que se hace en la actividad cotidiana de los colectivos, centrándonos particularmente en el proceso de contrarrestar el miedo, manejar la rabia, superar la impotencia y recuperar la esperanza, o con palabras de una mujer del cs: “en el esfuerzo para que no gane la desesperanza”. Por último, hemos dedicado particular atención a las emociones hacia las autoridades y los responsables de la destrucción del territorio, entre las que destaca el odio hacia quien está destruyendo el territorio en el que viven y el desprecio hacia la clase política y los integrantes de asociaciones gubernamentales y no gubernamentales, también definidas por Flam (2005) como emociones subversivas (subersive counter-emotions).

En los siguientes dos apartados nos centraremos en los aspectos comunes que pudimos observar en los tres colectivos, presentando los resultados de la investigación acerca del sustentamiento de la protesta a través del papel de los vínculos afectivos y del trabajo emocional; sucesivamente mostraremos el papel de las emociones en la construcción de la identidad colectiva y cómo éstas influyen en las decisiones estratégicas de estos colectivos.

El manejo de las emociones en un contexto represivo

El miedo a la represión asociado con otras emociones como la impotencia, el dolor, la frustración, la desesperanza y el agobio, pueden desmovilizar y llevar al abandono de la lucha. En este párrafo mostraremos cómo los miembros de los colectivos analizados enfrentan estas emociones para seguir luchando.

Siguiendo la propuesta de Hochschild (1975, 1979, 1983), que ha sido pionera en reflexionar sobre las emociones desde una perspectiva sociológica que considera las emociones como constructos socioculturales, en este trabajo reconocemos la capacidad de los sujetos para reflexionar sobre los sentimientos y manejarlos, proceso que la autora definió “trabajo emocional” (Hochschild, 1979, 1983). En cuanto a las principales aplicaciones de este concepto en el estudio de los movimientos sociales, se encuentran investigaciones que han analizado el manejo del miedo (Goodwin y Pfaff, 2001; Flam, 1998; Johnston, 2014), la transformación del miedo en rabia (Jasper, 1997), de la vergüenza en orgullo (Gould, 2009; Groves 1997), del dolor a la rabia y de la rabia en dolor (Summers Effler, 2010). Enfocadas hacia el trabajo emocional que hacen las organizaciones de los movimientos sociales, Reger (2004) ha analizado la canalización de la rabia en empoderamiento y acción colectiva, mientras Flam (2005) los procesos de sembrar desconfianza, reapropiación de la rabia, contrarrestar el miedo y vencer la vergüenza.

En México, el miedo a la represión juega un papel importante en la desmovilización de la protesta por el alto número de asesinados, detenciones y violencia entre los luchadores sociales,1 como nos dijo un entrevistado del cs:

Aquí es cosa diaria que matan, desaparecen, nos encarcelan gente, no ha sido nuestro caso aún, lo sabemos, pero ya lo hemos vivido, encarcelamientos con otros compas, persecuciones, ataques a los coches, muchas cosas de este tipo. (E17)

Lo que hemos podido comprobar en nuestra investigación con los tres colectivos antes presentados es que como ya afirmaron también Goodwin y Pfaff (2001), el miedo no se supera sino, como escribe Flam (2005), se contrarresta, o como dijo un entrevistado, “hay que asumirlo” (E17). Lo que emergió en la investigación, además, es que lo que hay que superar es el miedo a sentir miedo, porque el miedo “nunca se va” (E15), pero sí se aprende a convivir con él.

A pesar de que el miedo a la represión sea desmovilizador, en nuestra investigación pudimos también observar que existe otro miedo, elaborado cognitivamente, que es motor de la protesta. Nos insertamos en las categorías propuestas por Jasper (2006a, 2011) de un miedo “moral”, es decir, de una forma más compleja de miedo, resultado de una elaboración cognitiva.

En cuanto a los miedos que pueden movilizar, en el caso de usv, el miedo a la enfermedad fue lo que les motivó a organizarse para denunciar ya no sólo la contaminación, sino las enfermedades que la comunidad padece y que hasta el momento no son reconocidas oficialmente por las autoridades como relacionadas con las malas condiciones ambientales. El miedo también motiva a los integrantes del cs a organizarse para defender el bosque del Nixticuil. Como afirmó una de las entrevistadas:

El día que yo pierda el miedo a perder el bosque me va a dar igual si está o no está. De alguna manera considero el miedo importante. El temor que un día no hay más arboles allí a mí me hace mover y pensar qué puedo hacer. Creo que mucho de ese miedo puede ser un motor importante. (E16)

Volviendo al miedo a la represión, como también muestran Goodwin y Pfaff, “cuando una protesta es extremamente arriesgada o peligrosa, el miedo puede inhibir la acción colectiva (o ciertas formas de acción colectiva)” (2001, p. 284).

El sentimiento de terror que puede provocar una amenaza de muerte o la conciencia de que en cualquier momento pueden desaparecer a un miembro del grupo, necesita un trabajo emocional que puede ser un proceso tanto individual como colectivo para no abandonar la lucha. Como afirma Hochschild, “la elaboración de las emociones es un proceso que pueden efectuar el yo en sí mismo, el yo en los demás y los demás en el yo” (1979, p. 562), y añadimos el yo con los demás, ya que como muestra Whittier (2001) y también recuerdan Lively y Weed (2014), el trabajo emocional se da entre grupos de amigos y parejas, y en el caso de colectivos entre los miembros de los mismos.

Para convivir con el miedo, son centrales los vínculos afectivos con los otros miembros de los grupos que como muestra también Flesher Fominaya (2010a), permiten a los activistas superar los efectos de la represión, tanto que una entrevistada de usv que recibió amenazas de muerte afirmó: “Yo no he sentido más miedo que estando fuera de aquí, porque aquí en El Salto yo salgo a la calle y sé que los vecinos, los de la tienda, saben qué hago, saben qué estoy haciendo, te cuidan en silencio. (E1)”

Pero además de los vínculos con los otros miembros y el territorio, también hay estrategias que los entrevistados desarrollan en este trabajo emocional. Como nos dijo un entrevistado respecto al miedo a la represión: “tratamos de sobrellevarlo (…) adoptando cierta medida de seguridad” (E17). Todos los entrevistados están de acuerdo en que dejarse paralizar por el miedo representaría una victoria de sus enemigos y por esa razón tienen que enfrentar sus miedos de manera individual y colectiva para poder seguir con su lucha.

Además del miedo a la represión, otras emociones como la impotencia, la desesperanza, el agobio, la frustración, entre otras, pueden llevar al abandono de la lucha. Al igual que el miedo a la represión, también para sobrellevar otras emociones que pueden desmovilizar, los vínculos con los demás miembros del colectivo son importantes.

Las emociones recíprocas, es decir las que se sienten entre los miembros, no sólo “animan la participación de las personas en el movimiento” (Della Porta, 1998, p. 223), sino que también pueden fortalecer el grupo y alimentar el compromiso de los miembros. Además de emociones como la gratitud o la lealtad, emociones recíprocas como el amor, entre parejas, hacia los hijos o los nietos, o el respeto y la confianza, son los que evitan el agotamiento en estos pequeños grupos. Por otro lado, otras emociones recíprocas como envidias, celos, etc., pueden crear conflictos, como hemos comprobado en los casos analizados, pero mientras estas últimas se superan colectivamente, como un problema más a enfrentar dentro de los grupos, lo que los protagonistas de estas luchas destacan es que son las relaciones cercanas —family-like— con los demás de donde sacan la fuerza de seguir luchando después de tantos años, como muestra este extracto: “la fuerza creo que ha sido a partir de las relaciones que se han construido hacia dentro del grupo. Eso es algo básico, creo. (E17)”

Las relaciones recíprocas y los vínculos entre las personas del grupo son el pegamento de estos colectivos, confirmando la hipótesis de Goodwin y Pfaff (2001, p. 287), quienes muestran que para los grupos que se caracterizan por una organización informal, las relaciones vis-à-vis visten un rol importante para el sustento de su compromiso. De hecho, como muestra la investigación, la amistad y la hermandad entre individuos ayuda a superar la impotencia y el sentimiento de soledad y a recuperar la esperanza, porque genera alegría y hace sentir bien a las personas, como se puede apreciar en este testimonio:

En donde la hemos recuperado [la esperanza] es en la amistad. Esto me ayuda a seguir adelante. Verme con gusto con otros me causa alegría. (E5)

Construir nuevas relaciones de amistad, solidaridad y apoyo fortalece a los miembros del grupo y les anima a seguir en la lucha, una lucha que como ellos describen es dura y desigual, en la que a menudo se sienten tristes, exhaustos, agobiados, amenazados e impotentes, como expresa esta mujer: “Nos estamos peleando con un monstruo gigante que lo tiene todo, al mil por ciento en capacidades económicas y humanas para hacer lo que quieran hacer, a diferencia de nosotros que somos tan poquitos. (E16)”

La felicidad, así como la alegría, hace contrapeso con las dificultades y la dureza de la lucha, y es fundamental para sustentar el activismo en estos grupos. Esa felicidad se encuentra en las relaciones con los demás, pero también en el apego al territorio, como se puede leer en el extracto de esta mujer: “Si un día ya no hubiera bosque seguramente yo sería más infeliz (…) Defender el bosque es defender mi felicidad, tal cual. (E16)”

Para concluir este apartado, otro trabajo emocional que es determinante para el sustentamiento de estas experiencias de lucha es la canalización de la rabia. Como evidencia Flam (2005), en contextos represivos los activistas procuran limitar la expresión de la rabia para evitar confrontaciones violentas, “en su lugar, intentan inspirar esperanza o disgusto, y si es posible desarrollar marcos y patrones de (inter)acción que ayuden a contrarrestar el miedo” (Flam, 2005, p. 28). En estas experiencias, los protagonistas coinciden en que se llega a sentir una rabia muy intensa, y como veremos en el párrafo siguiente, hasta odio, pero a veces expresar estas emociones puede ser perjudicial para la lucha y peligrosa para ellos, así que resulta necesario canalizar su rabia en otras actividades, como se puede apreciar en este testimonio:

Concretamente, a lo mejor en el colectivo las canalizamos en el trabajo colectivo en el bosque, en el trabajo físico. Los días que nos reunimos colectivamente para hacer, y allí trato de sacar todo físicamente, de cansarme hasta ya no poder ni pensar. Eso es algo muy concreto, pero para mí es como la mejor forma porque sale, se expresa físicamente. Pero creo que hay otras formas, según a quién les pregunten y qué hagan. En los talleres donde tejen, en el grupo de música. (E17)

La rabia, así como otras emociones como la tristeza o el agobio, también se canaliza en actividades que tengan el objetivo de mejorar el ánimo del grupo, como afirma esta entrevistada de usv:

Entonces, cuando pude pensar más allá de mi rabia, como esa rabia organizada, cuando empecé a pensarlo, pensé que no podíamos dejarnos llevar por la tristeza o por el coraje y teníamos que meter esa parte [la alegría] (…). En las reuniones empezamos a cantar, contar chistes, empezamos a bailar y preguntarnos cómo estamos. (E1)

Además de hacer más placenteras las reuniones, los momentos de fiesta, las celebraciones, son centrales para sobrellevar el peso de la lucha. Pudimos así corroborar en nuestra investigación que la alegría es central en estas experiencias porque sirve para convertir emociones y estados de ánimo que pueden llevar a un agotamiento, en momentos placenteros, como muestra este extracto:

La verdad es que nos amargamos mucho. Al principio hacíamos tantas cosas para reírnos (…) Creo que esto ayudó mucho para desahogar esa tensión de cada año. Además, para compartirnos y vernos la cara alegres entre todos no sólo así de preocupación. Esos momentos yo creo que fueron bien importantes. Disfrutar y saber que también la lucha tiene su alegría, simplemente festejar que estamos juntos después de tanto tiempo es una alegría. (E6)

Gracias a las emociones recíprocas, el apego al lugar y el trabajo emocional que los miembros de los colectivos hacen a veces conscientemente y a veces no, como muestra también Gould (2009), estas experiencias llevan más de una década defendiendo el territorio, a pesar de las dificultades. En estos diez años se han transformado, se han fortalecido y, entre otras cosas, han ido aclarando también su identidad colectiva y sus estrategias, que como veremos en el siguiente apartado, son aspectos de la protesta que también se pueden comprender cuando se incorpora la dimensión emocional.

Emociones, identidad colectiva y elecciones estratégicas

La identidad colectiva ha sido un argumento central en el estudio de los movimientos sociales de las últimas décadas, pero como afirman Polletta y Jasper, “sabemos poco de las emociones que acompañan y moldean la identidad colectiva” (2001, p. 299). Con el objetivo de colmar esta laguna, en este párrafo nos centraremos sólo en mostrar cómo la dimensión emocional influye en la construcción de un “nosotros” que se contrapone con un “ellos” (Melucci, 1985, 1989; Gamson, 1988), proceso ya analizado en algunos estudios sobre conflictos ambientales (Della Porta y Piazza, 2008; Fedi y Mannarini, 2008), pero sin dedicar especial atención a las emociones.

La relación entre emociones e identidad colectiva ha emergido en pocos trabajos a pesar de que uno de los factores que constituye la identificación con un “nosotros” es la percepción de un sentimiento de injusticia compartida (Gamson, 1992). Eso se debe a que la identificación con un grupo ha sido considerado principalmente un proceso cognitivo hasta que Jasper evidenció que “la ‘fuerza’ de una identidad deriva de su lado emocional” (1998, p. 415).

Gracias a la aportación de Jasper (1997, 1998, 2006b), de Goodwin et al. (2001), de Polletta y Jasper (2001), Bayar de Volo (2006) y Flesher Fominaya (2010a, 2010b), podemos decir que “las emociones forman las bases para el desarrollo de una identidad colectiva” (Bayard de Volo, 2006, p. 461), y “juegan un rol aún mayor en la identidad colectiva de lo que uno se espera” (Flesher Fominaya, 2010b, p. 399). Es más, la identificación con un grupo puede producir beneficios emocionales para los miembros de éste (Wood, 2001), de la misma manera que las emociones recíprocas que hemos descrito en el párrafo anterior. Por esta razón, en este trabajo nos apoyamos en la definición propuesta por Polletta y Jasper (2001), quienes definen la identidad colectiva como “una conexión individual, cognitiva, moral y emocional con una comunidad más amplia, una categoría, una práctica o una institución” (Polletta y Jasper, 2001, p. 285).

Analizando la dimensión emocional en la construcción de la identidad colectiva, en esta parte mostraremos cómo las emociones que los protagonistas sienten hacia sus oponentes resultan ser centrales no sólo para “comprender la formación colectiva de una identidad y la adopción de esta identidad colectiva por parte de los individuos” (Bayard de Volo, 2006, p. 463), sino también para comprender el tipo de organización que los colectivos elijen y elecciones estratégicas como, por ejemplo, por qué no quieren colaborar con el gobierno, partidos políticos, ong, favoreciendo relaciones horizontales e informales con otros grupos autónomos, como los zapatistas.

Como escribe Donatella Della Porta (1995, p. 100), es la experiencia directa y el recorrido personal de cada uno lo que constituye los cimientos de su identidad colectiva; así, en las experiencias analizadas pudimos comprobar que las emociones que crean el “nosotros” son las emociones compartidas (Jasper, 1997) como el dolor por la pérdida del bosque a causa de una tala o de un incendio o a causa de la enfermedad que sufre un ser querido por la contaminación del río, el miedo causado por la represión, como evidencia también Romanos (2011 y 2014), la enfermedad y la pérdida del bosque, o la rabia al ver la destrucción del territorio en el que los entrevistados viven. También compartir emociones morales como la indignación o el ultraje por la actitud del gobierno o de las administraciones, y el sentimiento de impotencia de ser “pequeños”, de ser “los de abajo”, que luchan contra “los de arriba”, puede alimentar la identificación. Contrariamente a lo que se puede pensar, la impotencia, cuando no se convierte en resignación y cinismo —emociones identificadas por Flam (2005) como desmovilizadoras—, es identificada por los entrevistados como una emoción que une porque alimenta el sentimiento de identificación entre los sin poder.

También el miedo a la represión cuando es compartido fortalece la identidad colectiva entre los compas, como ellos mismos se definen, y como también lo mostró Romanos, represión y miedo alimentan la distancia entre reprimidos y represores, fortaleciendo los lazos que unen a las victimas (2011, p. 101). La represión también influye en las emociones hacia las autoridades, ya que a pesar de que muchas veces son policías privadas o grupos de la criminalidad que ejercen la violencia, los entrevistados identifican como mandantes a los empresarios y políticos que tienen intereses económicos en los territorios defendidos por estos grupos. Eso produce una radicalización en la sociedad, ya que los miembros de los colectivos analizados tienen que aceptar una identidad estigmatizada en cuanto están identificados, despectivamente, como radicales, no sólo por los empresarios de las empresas que contaminan el río o amenazan los bosques, sino también por los políticos locales y las organizaciones no gubernamentales de carácter ambientalista que estos colectivos consideran tan enemigas como a los demás actores.

Eso produce sentimientos de odio hacia los responsables, pero también hacia los trabajadores que talan los árboles o a los que reprimen, deprecio compartido hacia la clase política y todos lo que colaboran con “los de arriba”, y tristeza hacia las personas que conocen y que no entienden o sienten lo mismo que ellos, como se puede apreciar en este extracto:

¿Odiar a alguien? A todos los políticos, a los vendidos (…). A los nuestros que se decían amigos (…) más que odiar te da tristeza con ese tipo de personas que llegaste a considerar tus amigos. Porque por no entender lo que les está intentando decir, te tachan como de radical. (E12)

En las entrevistas pudimos apreciar también que mientras los jóvenes expresan su odio sin problemas, los entrevistados de mayor edad afirmaron que sí sentían desprecio pero no odio, y una mujer aclaró que “mi energía interna no se la merecen” (E15), mientras que otra mujer de usv, sí afirmó que “es odio lo que se llega a sentir” (E5), pero que experimentar este sentimiento le produjo un conflicto interno. El hecho mismo de vivir un sentimiento como inapropiado o incorrecto, indica que existe una regla del sentir (Hochschild, 1975, 1979, 1983) que está siendo rota por quienes aceptan sentir odio, y adoptada por los más jóvenes que no sienten esta emoción como inapropiada.

Las reglas del sentir, además, siguen unos patrones (Hochschild, 1975) que pudimos observar también en nuestra investigación, y que en los casos analizados se rompen dentro de los grupos, alimentando la identidad colectiva. Por ejemplo, entre los patrones de género que evidencia Hochschild (1975), la autora hace referencia a que las mujeres tienden a enmascarar el enojo, mientras que los hombres el miedo. En nuestros casos de estudio pudimos comprobar que las mujeres tienen que hacer un trabajo emocional para poder expresar su rabia, así como afirma esta entrevistada: “Entonces, lo que me puse a hacer fue empezar a escribir, a tratar de entender qué era y a buscar cómo contener mi rabia. Porque sentía muchísima rabia. Empecé a hablar con la gente y a decirle cómo me sentía y qué soñaba. (E5)”

Pero por el otro lado, también observamos que los hombres tienen dificultad cuando tienen que manifestar miedo o sensibilidad, por ejemplo hacia los animales o la naturaleza. En la entrevista colectiva con seis miembros del ger, nos contaron que ellos pueden expresar con los miembros del grupo una sensibilidad que cuando es manifestada en otros contextos hace que los demás se burlen de ellos. El romper estas normas dentro de los grupos, fortalece la identificación con los otros miembros y permite que ellos se sientan a sí mismos, o como expresó un entrevistado: “me siento como en mi casa” (E12), mientras que en el ambiente de trabajo, por ejemplo, “no hay confianza” (E12).

Otro patrón de las reglas del sentir que Hochschild (1975) identifica está relacionado con la direccionalidad de los sentimientos. Por ejemplo, este autor hace hincapié en que los sentimientos más positivos suelen subir la cuesta sociopolítica al ser más probable que el enojo se dirija a personas cuyo poder es menor. Esa direccionalidad presupondría, por ejemplo, que las personas confiaran y sintieran hacia los políticos o empresarios, cosa que en los casos analizados los entrevistados no sienten, ya que su experiencia les ha llevado a reelaborar esta direccionalidad. Las emociones así sentidas hacia el Estado, los empresarios y sus agentes, como el deprecio, el odio, la rabia, etc. son lo que Flam (2005) definió subversive counter-emotions (contraemociones subversivas), que llevan consigo implicaciones específicas para los repertorios de la acción colectiva y para el proceso de identificación.

Por ejemplo, estos sentimientos han llevado a estos grupos a identificarse más bien con experiencias como los zapatistas, que a través de sus comunicados intitulados “Nosotros y ellos” (ezln, 2013), así como en los comunicados de solidaridad con Ayotzinapa (2015), promueven una identificación que se basa en emociones compartidas como la rabia y el dolor, y la desconfianza y el deprecio hacia “los de arriba”.

La identificación con los zapatistas se basa en compartir emociones como el dolor, la rabia y la injusticia, pero también en el orgullo de ser parte de la Sexta2 y ser personas que defienden sus derechos, y también en la esperanza de la autonomía como vía para defender sus territorios y construir sus proyectos de vida:

Me siento orgullosa [de ser parte de la Sexta] y para mí [los zapatistas] son un ejemplo de una forma de vida diferente, que nos están diciendo «sí, se puede hacer esto. Sí, podemos tener autonomía. Sí podemos ser autosuficientes» (…). Podemos hacer a un lado la dominación y podemos ser libres. Y si no nos dan el respeto lo tomamos. Porque es nuestro, es nuestro derecho tomarlo. (E15)

Las emociones sentidas hacia los oponentes, no sólo han llevado a la identificación con el zapatismo y otras experiencias de autonomía, sino que también ha influido en las elecciones estratégicas de estos colectivos. Si al principio usv y ger se inscribieron como asociación civil con la esperanza de tener una visibilidad y poder defender el territorio a través del diálogo con las instituciones locales, sucesivamente reconocen que esta elección ha sido un error, ya que nunca tuvieron reconocimiento, sino más bien fueron utilizados por otros actores que tenían otros intereses, tanto que ahora afirman: “De lo que estamos seguros como colectivo es que no queremos a las industrias, no trabajamos con el gobierno, no trabajamos con ningún partido político, con ninguna organización no gubernamental, no queremos ser representados. (E1)”

La misma decepción y frustración la tuvieron los miembros del cs cuando intentaron la vía legal y cuando consiguieron el reconocimiento del bosque del Nixticuil como Área Natural Protegida, que les costó un año de trabajo para finalmente darse cuenta que éste es un “mecanismo también para destruir y privatizar la tierra bajo el amparo de la legislación ambiental, es decir, para legalizar el despojo” (Herrera Rivera, 2012, p. 105).

La experiencia de estos grupos, caracterizada por decepción, frustración, rabia, odio, impotencia, desconfianza, etc. hacia los gobiernos, es lo que los ha llevado a organizar brigadas anti-incendios (cs y ger), a constituir viveros comunitarios autogestionados donde se crían los árboles que luego se plantan (usv y cs), a crear actividades en el que se invita a los vecinos a recorrer el territorio, a pie o en bicicleta, con el objetivo de difundir el conocimiento del medio y el apego al lugar (cs, usv y ger), a organizar talleres para niños y adultos, de reciclado de basura (usv), de música (cs), de lectura (cs y usv), de periodismo y medios de comunicación (cs y usv), de diagnósticos de enfermedades (ger y usv), etc. Todas estas actividades que estos colectivos llevan a cabo son autofinanciadas y autogestionadas, y como tienen que convivir con el miedo a la represión, también tienen que hacerlo con los límites económicos y de fuerzas, pero como ellos mismos declaran: “las acciones que realizamos, por sí mismas, no son tan importantes como el proceso mismo que implica llevarlas a cabo […]. El anticapitalismo y la autonomía no está en lo que se hace sino en la forma que hacemos lo que hacemos” (Herrera Rivera, 2012, p. 154).

Este deseo de autonomía, movido por falta de confianza, el desprecio y el odio que los miembros de estos colectivos sienten hacia empresarios, políticos y otros agentes del Estado y el Capital, como ellos definen las ongs, así como el miedo, la rabia y el dolor compartidos entre ellos y con otros compas, los ha llevado a identificarse con valores y prácticas que pertenecen a la tradición autonomista y comunitaria mexicana (Regalado, 2013b) y a empezar un proceso en el que quieren “inventar y crear estrategias que les permitan ya no sólo resistir sino además comenzar a romper, a abrir pequeños espacios de libertad en medio de una guerra totalmente asimétrica que han iniciado contra el Estado y el capital” (Herrera Rivera, 2012, p. 158).

Conclusiones

El análisis de tres colectivos que defienden el territorio en la zmg indica que la protesta no sólo representa una ruptura de la idea del mundo como los sujetos lo conocían (Poma y Gravante, 2016) y que supone una transformación de conciencia y conducta (Poma y Gravante, 2015), sino también a una reelaboración de las relaciones entre actores y el manejo de las emociones que sienten.

A pesar de las muchas dificultades que implica la defensa de un territorio, los colectivos analizados llevan muchos años implicados en la lucha, gracias a las relaciones que han construido entre sus miembros y con grupos que comparten la misma identidad, valores y prácticas, y también gracias al trabajo emocional que hacen a diario para contrarrestar el miedo, canalizar la rabia, transformar las ­emociones desgastantes en alegría y tratar de no dejarse sobrellevar por la desesperanza.

Entre los resultados de investigación presentados en este artículo, queremos destacar la importancia del manejo de las emociones que se sienten a raíz de la lucha en un contexto represivo. Si la literatura ya ha mostrado que el miedo a la represión puede desmovilizar, poco se ha escrito acerca de las estrategias empleadas por los sujetos para sobrellevar ese miedo. Además, son también escasos los resultados acerca de distintas tipologías de miedo que caracterizan la lucha. Por ejemplo, vimos que el sentimiento de pérdida del bosque, en el caso del cs, y de enfermarse, en El Salto, pueden también movilizar.

Si bien son muchas las emociones que puede producir el abandono de la lucha, muchas son las estrategias y respuestas de los sujetos para contrarrestar estas emociones. Así, mostramos que las emociones recíprocas son centrales no sólo para la movilización, sino también para evitar el agotamiento y convivir con el miedo, y que la rabia a veces tiene que ser suprimida para evitar una respuesta violenta.

Finalmente, vimos cómo compartir emociones morales y subversivas hacia los oponentes puede influir en la identidad colectiva y en las decisiones estratégicas de los colectivos. Consideramos este artículo como un trampolín para seguir explorando los mecanismos emocionales que influyen en las experiencias de protesta y que necesitan aún más atención, como el papel de la empatía, las diferentes formas de rabia (Jasper, 2014a), y la creación de nuevas reglas del sentir que surgen de las experiencias de protesta (Jasper, 2011), sólo para citar algunos aspectos en los que ya estamos trabajando.

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Entrevistas citadas en el texto

E1, mujer de Un Salto de vida, entrevistada el 02/05/2015 en el municipio de El Salto (Jalisco), México.

E5, mujer de Un Salto de vida, entrevistada el 05/05/2015 en Guadalajara, México.

E6, mujer del Comité Salvabosque, entrevistada el 06/05/2015 en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E12, hombre del Comité Salvabosque, entrevistado el 11/06/2015 en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E15, mujer del Comité Salvabosque, entrevistada el 17/06/2015 en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E16, mujer del Comité Salvabosque, entrevistada el 17/06/2015 en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

E17, hombre del Comité Salvabosque, entrevistado el 17/05/2015 en el municipio de Zapopan (Jalisco), México.

Fecha de recepción: 06-12-2016

Fecha de aceptación: 18-12-2017


1 El informe sobre las violaciones de derechos humanos en México y que abarca del 1 de junio de 2014 al 31 de mayo de 2015, registra 459 detenciones arbitrarias; 330 casos de agresión, amenazas, hostigamiento; 224 personas privadas de la libertad por motivos políticos; 459 casos documentados de tortura; 47 ejecuciones extrajudiciales (acuddeh, Comité Cerezo México y Campaña Nacional Contra la Desaparición Forzada, 2015).

2 En 2005, el ezln emitió la Sexta Declaración de la Selva Lacandona, que integra una propuesta de acuerdo con personas y organizaciones de izquierda defensoras de la autonomía y la creación de una red de personas, movimientos, colectivos, pueblos alejados de partidos políticos. En el marco de esta campaña, los tres colectivos recibieron visitas de parte de zapatistas y algunos de sus miembros también fueron a Chiapas.

* Investigadora en el ceiich-unam, México. Correo electrónico: alicepoma@gmail.com

** Investigador en el ceiich-unam, México. Correo electrónico: t.gravante@gmail.com

Volumen 15, número 36, enero-abril, 2018, pp. 287-309
ISSN versión electrónica: 2594-1917
ISSN versión impresa: 1870-0063