La teoría social del siglo XXI: necesidades y posibilidades de mutación


Lilia Anaya Montoya*

Juan Mora Heredia**

Resumen. Se abordan los retos que actualmente tienen quienes hacen teoría social y se presenta una modesta propuesta acerca de cómo la teoría social del siglo XXI podría dar un “salto cuántico” hacia la comprensión y transformación del mundo en el siglo XXI. Se propone la metáfora de la mutación para pensar en el tipo de transformación que la teoría social podría seguir para dar dicho salto. Esta mutación consiste en dos planteamientos aquí desarrollados: una nueva epistemología que se haga consciente de las pretensiones de dominación en la teoría hegemónica desarrollada en los dos siglos anteriores y una transformación radical de la estructura desde la que hoy se construye la teoría.

Palabras clave. Teoría social, epistemología, mutación, complejidad.

The social theory of the 21st century: needs and possibilities of mutation


Abstract. The challenges that currently make social theory are addressed and a modest proposal is presented about how 21st century social theory could make a “quantum leap” towards the understanding and transformation of the world in the 21st century. The metaphor of mutation is proposed to think about the kind of transformation that social theory could follow to make that leap. This mutation consists of two approaches developed here: a new epistemology that becomes aware of the pretensions of domination in the hegemonic theory developed in the two previous centuries and a radical transformation of the structure from which the theory is now constructed.

Key words. Social theory, epistemology, mutation, complexity.

DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v16i40.698


La discusión acerca de cómo pensar una teoría social para el siglo XXI no es nueva. Las transformaciones sociales, económicas y políticas ocurridas durante el corto siglo XX, como lo llamó Eric Hobsbawm, obligaron en varias partes del planeta a pensar en la reestructuración de las ciencias sociales y sus frutos. Quizá uno de los esfuerzos más destacados por ocuparse de esto, fue el realizado en los años noventa del siglo pasado por la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales.

La síntesis de esas reuniones publicadas en el informe titulado Abrir las ciencias sociales, inició lo que serían las líneas de discusión más importantes hacia la construcción de las ciencias sociales y, por lo tanto, de la teoría social en el siglo XXI. Un siglo que presenta desafíos a nivel mundial tan grandes, ante los cuales la teoría social padece un fuerte anquilosamiento que es preciso romper.

Teniendo el informe de la Comisión Gubelkian como punto de partida, en el presente trabajo abordamos algunas causas de ese anquilosamiento y presentamos algunas líneas de reflexión que pudieran contribuir al agrietamiento progresivo de esa condición. Para ello, usamos algunas metáforas que los conocimientos provenientes de la biología y la genética nos proveen para generar una especie de mutación y así, en efecto, abrir las ciencias sociales.

De cómo llegamos a la ciencia y teoría social que hoy tenemos

Para comenzar, recordemos algunos de los paradigmas bajo los que se funda la ciencia social moderna (Wallerstein, 2001):

La ciencia social se pone al servicio del nuevo dios de la modernidad del siglo XIX: el progreso. Para ello, la ciencia buscará el dominio del mundo.

La aceptación de la premisa de un modelo newtoniano en el que hay una simetría entre el pasado y el futuro: al conocer el mundo, podemos alcanzar certezas en el presente, por lo que no hay que preocuparse por el futuro1. La realidad se presenta como estática esperando a ser develada por la ciencia.

Dualismo cartesiano: suposición fundamental de que existe una distinción fundamental entre la naturaleza y los humanos. Entre el mundo físico y el mundo social/espiritual.


Bajo estos paradigmas dice Wallerstein, la ciencia pasó a ser definida como la búsqueda de las leyes naturales universales que se mantenían en todo tiempo y espacio. En siglo XIX esta idea de ciencia empieza a ser identificada sólo con el conocimiento del mundo natural, toda vez que naturaleza y sociedad se concibieron como separadas e incluso como opuestas. La ciencia es sólo la ciencia del mundo natural, ante lo cual, el conocimiento del mundo social no tiene un término único para ser identificado, va desde la filosofía, la historia, la teología, etc. La dificultad para llamarle ciencia en aquel momento, tenía que ver con su aparente incapacidad para mostrar resultados prácticos.

La historia del conocimiento en el siglo XIX estuvo marcada por la diferenciación, disciplinarización y profesionalización del conocimiento. Las ciencias sociales no escaparon a esto, ya que se trató de la manera en la que en ese siglo se impulsó un conocimiento de tipo objetivo, como se entendía en ese entonces la objetividad, de la realidad entendida como algo dado y exterior al sujeto que conoce.

Esta profesionalización e institucionalización de las ciencias sociales, fue posible también por la reestructuración de las universidades, pues como señala Wallerstein (2001), estas fueron el escenario principal en donde las ciencias sociales buscaron ser reconocidas y aceptadas. Esta institucionalización del siglo XIX se dio en cinco lugares del planeta: Gran Bretaña, Francia, las Alemanias, las Italias y Estados Unidos. Las universidades del resto del mundo no tenían ni el prestigio ni la cantidad que de las mismas existía en aquellos países.2

A finales del siglo XIX esta división de las ciencias sociales tenía principalmente cinco nombres claramente diferenciados: historia, economía, ciencia política, antropología y sociología, ciencia completamente nueva para aquel entonces. Estas se debatían con las ciencias naturales por obtener reconocimiento y recursos. La promesa de resultados prácticos y de utilidad inmediata era la clara ventaja de las ciencias del mundo natural.

¿Cómo crear una ciencia social que ofreciera resultados “prácticos” en el siglo XIX? La respuesta a esta necesidad fue la creación de un corpus teórico positivista que permitiera dos cosas: explicar los cambios de la sociedad recientemente industrializada y ofrecer una vía hacia la restauración del orden social que este proceso había trastocado.

Es en medio de este proceso en el que la teoría social se inventa, cuando define sus bases epistémicas, buscando jalar la balanza de las explicaciones hacia la restauración del orden, de la regulación social orientada por los criterios de la razón y la ciencia. El surgimiento de la teoría social en la segunda mitad del siglo XIX está marcado por un temor a la constante amenaza de fragmentación social que rápidamente fue adjudicada a la industrialización. La preocupación de Durkheim y otros clásicos de aquel siglo, era la fragmentación social. La ruptura del vínculo de una sociedad que cambió rápidamente en su estructura productiva, pero no de la misma manera en sus ideas y valores.

En ese sentido, el punto ciego de estas teorías es que la sociedad de entonces no estaba amenazada o bajo el riesgo de fractura social. La sociedad industrializada era ya de por sí una sociedad fragmentada, rota, desigual e injusta. La transformación de la sociedad industrial nunca fue incluyente. Nace de la ruptura y el desgarramiento social que el capitalismo y el imperialismo generan.

A pesar de las pretensiones de universalidad que las teorías sociales tenían en el siglo XIX, la explicación de la realidad de entonces, no incluyó las explicaciones ni las versiones de la clase trabajadora, ni de ninguno de los sectores sociales fracturados y desgarrados por el capitalismo industrial. Dichas explicaciones tardarían casi un siglo en estructurase desde las ciencias sociales de la periferia, sin embargo, en aquel siglo tan determinante para la historia de la modernidad capitalista3, asistiríamos ya al surgimiento de una de las formas de conocimiento de lo social más prometedoras, influyentes y optimistas hasta hoy: el marxismo.

En contraste con las teorías sociales cuyo centro fue el orden y la regulación social, las formas de conocimiento propuestas por el marxismo y sus posteriores derivaciones, se centrarían en el conflicto generado al interior de la estructura social de clases y buscarían la transformación de la sociedad capitalista. El proyecto socialista se presenta como la gran utopía, la alternativa a la sociedad fundada en la dominación y la explotación.

La tensión constante entre orden y conflicto sería uno de los focos de atención más importantes de las ciencias sociales, expresada en distintas teorías que buscan explicar las aceleradas transformaciones del siglo XX. Esas teorías estarían agrupadas básicamente en tres corrientes de pensamiento: marxismo, estructuralismo y la corriente interpretativa.

No pretendemos hacer una síntesis de los planteamientos de cada una de estas corrientes, pues nos llevaríamos muchas hojas para señalar sus valiosas aportaciones. Más bien, señalaremos la manera en que la realidad histórica ha sacudido a esas formas de conocimiento de lo social y, por supuesto, a las teorías que de esto se han desprendido.

Las pretensiones nomotéticas de la ciencia social se vieron fuertemente trastocadas por los acontecimientos del siglo XX que hicieron dudar a muchos de las promesas de prosperidad y progreso que la modernidad como relato enarboló. ¿Qué teoría social pensar para un mundo que, en menos de un siglo, vio estallar dos guerras mundiales? ¿Qué teorías nos explicarían el Progreso en un siglo en el que han muerto millones de personas a causa de acciones humanas intencionales?4 ¿Cómo hacer teoría social en un mundo que vio el horror del holocausto nuclear, el surgimiento del fascismo y el advenimiento de las catástrofes como las guerras mundiales o la crisis económica de principios del siglo XX?

Es en este contexto en el que surge la teoría crítica, los pensadores de esta escuela cuestionarán fuertemente los paradigmas positivistas en los que se funda la ciencia social y, por supuesto la razón que orientó a la llamada cultura industrial (Horkheimer, 2007). La crítica entonces ya no estaría enfocada en los efectos de dominación y explotación del capitalismo solamente, sino a los valores totalitarios en los que se funda la modernidad como proyecto civilizatorio y a su concreción en las sociedades industriales avanzadas (Marcuse, 2010 y 1969).

La lectura de estos autores en las universidades a partir de la segunda mitad del siglo XX, pronto se relacionó con los movimientos sociales más importantes e inesperados de la época. Aquellos que cuestionaban igualmente los valores de la sociedad de consumo, el autoritarismo estatal y la enajenación de la vida. La optimista generación de 1968 fue un parteaguas en las ciencias sociales de Europa y Estados Unidos.

Los movimientos sociales de aquel año sacudieron muchos de los supuestos de la teoría social que se había inclinado, por un lado, a la búsqueda de la regulación y el orden social y, por el otro, a la trasformación social a través de las grandes estructuras como la economía. La aparición de un nuevo actor social y la espontaneidad en sus acciones, marcaron un fuerte cuestionamiento a las teorías sociales del llamado primer mundo que intentaban comprender estos acontecimientos.5

Sin embargo, no sólo en las universidades del primer mundo se estaban cuestionando la validez de sus teorías sociales. En la llamada periferia, América Latina en particular, también estaban elaborando estudios que visibilizaran las contradicciones del imperialismo y el capitalismo que la teoría hegemónica invisibilizaba: dominación, explotación, dependencia, racismo y violencia patriarcal6. El triunfo de la revolución cubana, los movimientos de liberación de África y los movimientos antirracistas en E.U., además del triunfo de los movimientos de izquierda en varios países de Europa, fueron quizá algunos de los procesos históricos que, más alentaron el optimismo renovado por el marxismo y sus distintas vertientes en aras de la emancipación y la igualdad social7.

Sin embargo, contrariamente a lo que se deseaba, luego de los movimientos libertarios de 19688, la descolonización de buena parte de África y el triunfo de varios movimientos revolucionarios y populares en América Latina, asistimos a la restructuración de la sociedad capitalista en una de sus versiones más radicales: el neoliberalismo. ¿Qué teoría social puede explicar un mundo tan desigual y, por ende, violento como el que estructura el capitalismo neoliberal? ¿Cómo puede una teoría social contribuir a la transformación de esta realidad?

El autoritarismo neoliberal de los años 80 es el escenario en el que resurgieron las viejas críticas a la modernidad y sus relatos. El neoconservadurismo se dejó ver no sólo en el dogmatismo económico del mercado global sino también en el pensamiento social y su epistemología. La ciencia como forma moderna de conocimiento del mundo y de dominio sobre este, fue duramente cuestionada por lo que empezaría a llamarse la posmodernidad. La sociedad moderna se identificó como la sociedad de la opresión, de la imposición, frente a la cual se reivindicó la libertad del individuo frente al Estado y las estructuras sociales y colectivas, la sobrevaloración del momento presente frente a la historia y la utopía, así como la desmitificación de la ciencia como un discurso impuesto por el poder.

Entre los años 70 y 80 podemos reconocer la crisis y reestructuración de los paradigmas que dominaron casi todo el siglo XX en las ciencias sociales: el positivismo y la supuesta demarcación entre ciencia y metafísica. En estos años también encontramos una crisis del estructuralismo y el marxismo leninismo, el ascenso de la teoría de la elección racional y de las teorías interpretativas (De la Garza, 2006).

Cómo estamos hoy. Realidad vs teoría social

¿Qué ha cambiado del siglo XIX al siglo XXI? No terminaríamos de señalar cada uno de estos cambios, sin embargo, es importante que ubiquemos lo que, a nuestro juicio, cambió en la teoría social. Veamos algunas características del conocimiento de la realidad en el siglo XIX y su contraste a finales del siglo XX.

Siglo XIX

Siglo XX

Capitalismo industrial

Capitalismo neoliberal

Imperialismo económico

Imperialismo sistémico9

Teoría como abstracción y punto de partida. Se busca conducir a la sociedad.

Teoría como punto de llegada. Se busca explicar y comprender

Epistemología centrada en el positivismo y en la ciencia newtoniana

Epistemología autónoma de las ciencias naturales

Subjetividad como obstáculo

Subjetividad como posibilidad

Realidad como algo dado y exterior al sujeto

Realidad como construcción del sujeto construido

Ciencia social positivista

Ciencia social que busca comprender la complejidad


En este proceso de cambio, muchos han sido los esfuerzos por comprender la realidad de este siglo y evidenciar así mismo, los límites de la teoría hasta hoy construida para pensar, nombrar y, en su caso, explicar y transformar la realidad. Las categorías para tal efecto van desde la sociedad del riesgo (Beck; 1998), la sociedad red (Castells; 2002), el concepto de complejidad (Morin; 1990) etc. Así mismo, las propuestas y diagnósticos que buscan explicar o pensar esa realidad, advirtiendo los límites de la teoría social convencional para explicarla. Ahí están desde la teoría de sistemas introducida en las ciencias sociales por Luhmann (2002), la idea de las categorías zombis (Beck; 2002), hasta las propuestas posmodernas de Maffesoli (1993) y Lipovetsky (2008).

Si bien los esfuerzos que se han hecho desde estas teorías son muy lúcidos, es importante no pasar por alto las causas de la complejidad para explicar hoy la realidad. Esas causas las podemos agrupar en dos campos: por un lado, la exacerbación de las tres grandes formas de dominación mundial padecidas por la mayoría de los que habitamos este planeta: el capitalismo, el imperialismo y el patriarcado. Sus características y consecuencias están hoy configurando un mundo que aparece como social, económica y epistemológicamente aplastante.

Por otro lado, las ciencias que buscan comprender el mundo natural han construido hoy un conocimiento de la realidad que transforma de manera radical los supuestos bajo los que la ciencia toda se había fundado. El principio de incertidumbre, la teoría de la relatividad, el estudio de las micropartículas y otros conocimientos aportados por las ciencias biológicas, han servido para pensar de otra manera no sólo las formas y funcionamiento de lo que llamamos el mundo natural, también nos modifican sustancialmente la imagen del mundo social que nos habíamos construido10. Así, la intersección de estos dos campos, el histórico y el científico, nos configura un mundo complejo.

Estos conocimientos han servido también para entender la vida social como un entramado de múltiples interrelaciones que tienen las más insospechadas conexiones y cuyos efectos no siempre son tan evidentes. El que esos efectos no sean tan evidentes, no significa que no podamos conocerlos, conceptualizarlos y explicarlos, teorizar sobre ellos. Contrariamente a lo que argumenta el neoconservadurismo epistemológico, la realidad existe independientemente del tipo de percepción que tengamos sobre la misma y puede ser conocida, aunque sea parcialmente. Ese conocimiento es valioso y tiene sentido hacerlo.

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Sin embargo, precisamente una de las dificultades que estamos encontrando en la teoría social para hacer frente a esas realidades, es la ineptitud para manejar los problemas complejos e interconectados. La híper-especialización en la que nos hemos sumido nos ha puesto rígidos límites para comprender nuestro mundo y más aún, nuestro lugar en él.

Tal dificultad viene de ignorar y excluir otros planteamientos, otras formas de entender y explicar la realidad. Otras maneras construidas por otros campos disciplinarios y, por supuesto, las construidas por otros sistemas culturales de quienes tienen distintas maneras de entender, conceptualizar y relacionarse con el mundo.

Así, la teoría social se encuentra hoy anquilosada, paralizada frente al mundo de lo fáctico que aparece como apabullante y desolador pues lo que Jürgen Habermas llamó la colonización del mundo de la vida, llegó a la epistemología, a las ciencias sociales, a la teoría y a las universidades. La sensibilidad neoconservadora modificó las estructuras desde las que se hace la teoría y las subjetividades de quienes la hacen.

La gran tragedia de las últimas décadas está en los criterios de validación del conocimiento producido en las universidades y centros de investigación: rapidez, utilidad mercantilista, inmediatez, pragmatismo, estandarización, competitividad, productividad medida en puntos, etc.

Esto, como resultado de la descolocación del trabajo intelectual de la arena política través de su excesiva profesionalización, misma que a su vez se ha deteriorado en medio de la precarización laboral neoconservadora y un largo etcétera que muy probablemente han experimentado la mayoría de quienes leen estas líneas.

Bajo estas condiciones, ¿es posible elaborar teorías que nos den cuenta de esta realidad? ¿Cómo hacerle frente a este desfase? Para entender mejor la situación en la que se encuentra la teoría social y proponer algo al respecto, debemos señalar los límites que estamos teniendo para comprender nuestro mundo. Estos estriban por un lado, en las limitaciones del paradigma newtoniano y cartesiano que del que no estamos del todo liberados y, por otro en el ataque del nihilismo e irracionalismo posmoderno que propone renunciar a todo intento por hacer una teoría científica de lo social (Borón, 2000).

Cercada por el pesimismo posmoderno, la teoría social aparece como insuficiente para comprender el mundo y más aún para transformarlo. Para usar una metáfora, la “liga comprensiva” de la teoría social se ha “elongado” a tal punto que se ha atrofiado.11 Lo que puede generar una nueva “flexibilidad comprensiva” de la teoría social, es la transformación de las estructuras (objetivas y subjetivas) que la generan, en los supuestos de los que parte y desde luego, en los fines y sentidos para los cuales es construida. Salir de la caja del cinismo y la resignación bajo la que, con apariencia de teoría científica, se justifica el orden de las cosas.

Sin embargo, esto no siempre puede visibilizarse ni desmitificarse. En el ser y hacer de la sociedad neoliberal, la enajenación del trabajo intelectual y creativo nos hace una mala jugada: confundimos conocimiento con información, novedad con artificio, ilustración con grados académicos, explotación con estatus, ciencia con ideología y vicio con virtud.

El resultado de esto puede encontrar su contrastación empírica en más papers y menos libros de autor, más estudios híper-especializados y acotados y menos pretensiones de profundizar con agudeza en lo social. Decir obviedades en números e indicadores estadísticos se ha convertido en lugar común, en uno de los criterios de validación fundamentales para las ciencias sociales

La teoría social del siglo XXI debe hacer frente a esto. Explicar lo real sin entender esto como la mera justificación racional de lo existente. Realidad no es facticidad. La teoría social del siglo XXI debe hacer evidente esta confusión y combatirla. Sin embargo, no podemos ignorar los retos que tiene hoy la teoría social para comprender el mundo y transformarlo. El primero es la crítica a los procesos de validación del conocimiento y el uso de las teorías para ello.

Bajo los criterios actuales de validación y productividad intelectual híper-especializada, es casi seguro que ninguno de los clásicos de las ciencias sociales habría florecido. La historia del pensamiento social da cuenta más bien de hombres y mujeres que fueron renacentistas de su tiempo, mentes que rompieron los límites disciplinarios, de vidas enteras dedicadas con pasión y disciplina a comprender la sociedad y los problemas de su tiempo. Y son estas mentes, las que nos podrían aún dar referentes para pensar nuestra realidad, si es que nos atrevemos a salir de la caja de la productividad posmoderna y volvemos a ellos y a sus agudas preguntas con renovada curiosidad. Es el olvido de esta agudeza intelectual la que, en parte, tiene a la teoría social anquilosada.

Si la teoría social es una creación humana, creemos que lo que debe transformarse son las estructuras y los sujetos que la construyen. Ese cambio requiere darse en forma similar a los cambios que experimentan los seres vivos para responder a un entorno en constante transformación. Así, pensamos que la teoría social debe mutar.

Hacia la mutación de la teoría social

La parálisis de la teoría social a la que hemos hecho referencia a lo largo de este trabajo, demanda alternativas de movimiento, de cambio para comprender y hacer en un mundo cuya organización social mundial amenaza no sólo la dignidad y la vida de la mayoría de los seres humanos, sino que amenaza la vida toda. El capitalismo, el imperialismo y el patriarcado han generado profundas desigualdades e injusticias sociales fundadas en una lógica de depredación de la vida, nunca antes vista12. Hemos olvidado que la sociedad no puede estar por encima de los equilibrios de la vida que la sostienen. ¿Puede la teoría social contribuir con algo a la emancipación social y a la restauración de los equilibrios vitales que sostienen a la sociedad? Es una tarea titánica pero creemos que sí, aún es tiempo de intentarlo.

Sin embargo, creemos que ese cambio sólo pude venir si aprendemos de quien se regenera y se transforma de las maneras más sorprendentemente “creativas” a lo largo del espacio-tiempo, que nos rodea pero que hemos sacado de nuestro espacio contemplativo: la vida y sus distintas expresiones en la gran variedad de seres vivos que aún habitan el planeta.

Una forma particular en la que los seres vivos cambian, fue descubierta por los conocimientos de la genética desarrollados desde el siglo XIX por Gregor Mendel, hasta lo que recientemente descubrió el proyecto del genoma humano. Aunque aún no se agota el conocimiento sobre la mutación genética, las metáforas que podemos sacar de lo que hoy sabemos de la misma, nos parecen muy sugerentes para abrir el camino que la teoría social del siglo XXI debería andar.

Según el Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico (2018), una mutación pude definirse como “Alteración o cambio en la información genética, genotipo, de un ser vivo que se presenta súbita y espontáneamente, y que se puede transmitir o heredar a la descendencia; la unidad genética capaz de mutar es el gen. En los seres multicelulares, las mutaciones sólo pueden ser heredadas cuando afectan a las células reproductivas”. Dicho en palabras sencillas, una mutación es una especie de cambio, de “error” en el manual de instrucciones de un ser vivo, cuyo objeto fundamental es la transformación de sus funciones y capacidades para la vida y sus cambios en un entorno determinado.

De ahí que la mutación no cambia las características fenotípicas del organismo, sino su génesis. Y cuando este cambio se da en una parte tan significativa de ese manual de instrucciones, como lo son las células reproductivas, esa mutación puede ser heredada.

Entonces, si usamos la metáfora de la mutación para pensar en la transformación necesaria de la teoría social, debemos ser capaces de cambiar las capacidades y funciones de la misma a través del cambio en su génesis, en la información genética que la configura. Esto es, en la estructura y en la subjetividad que la generan y orientan. Creemos por lo tanto, que no se trata de inventar nuevas teorías o nuevos conceptos en sí mismos, o agregarles características externas o fenotípicas, sino de transformar la manera de generarlas.

En medio de la aún hegemónica triada del imperialismo, el capitalismo y el patriarcado, una manera de transformar la génesis de la teoría social y dar el brinco hacia una mutación como primer paso en la transformación de esta forma de comprensión del mundo, es conjunción de lo que De Sousa llama la epistemología del sur, con lo que acá denominamos metafóricamente, como los saberes simbióticos y la subjetividad enzimática.

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La epistemología del sur consiste en “(…) la búsqueda de conocimientos y de criterios de validez del conocimiento que otorguen visibilidad y credibilidad a las prácticas cognitivas de las clases, de los pueblos y de los grupos sociales que han sido históricamente victimizados, explotados y oprimidos, por el colonialismo y el capitalismo globales” (De Sousa, 2009, p.12).

Los planteamientos principales de la epistemología del sur, son herederos de lo que las ciencias sociales hechas desde la periferia han develado: relaciones de poder y explotación, historias contadas desde los ganadores, construcción de visiones unitarias y hegemónicas desde la ciencia occidental, etc. De ahí que los podamos enunciar de la siguiente manera (De Sousa; 2012 y 2009):

El sur no es geográfico, es una metáfora del sufrimiento humano sistemáticamente causado por el capitalismo, el imperialismo y el patriarcado. Es el sur antiimperialista que también existe en el llamado tercer mundo interior de los países hegemónicos.

La comprensión del mundo es mucho más amplia que la comprensión occidental del mundo. No hay ninguna teoría general que la pueda contabilizar ni contener.

Hay que vivir con la diversidad y celebrarla. No sufrirla.

La ecología de los saberes: diferentes formas de saber. Los diferentes saberes no pueden determinar su validez en términos generales abstractos; los saberes valen de acuerdo con la pragmática de la vida y con las consecuencias que miramos de estos.

No hay una sola ignorancia sino varias ignorancias.

Las sociologías de las ausencias. La ciencia moderna produce realidades no existentes y la epistemología del sur trata de rescatar realidades que no existen o que fueron declaradas como no existentes.

No sustituir un monolitismo por otro. Las epistemologías del sur son siempre en plural.

Traducción intercultural. Conocer los límites externos entre diferentes concepciones y ver que todos los conocimientos son incompletos.

Dicha epistemología, no puede ser posible si los sujetos que la hacen no están dispuestos a transformarse adoptando nuevas funciones y desarrollando nuevas capacidades en el proceso. La subjetividad enzimática es la metáfora que acá usamos para pensar en tales aspectos de la subjetividad.

Las enzimas fueron descubiertas por primera vez en 1883 por los franceses Anselm Payen y Jean-Francois Persoz. Una enzima es una proteína que actúa como catalizador13 de una reacción química acelerándola. Son las protagonistas fundamentales en los procesos del metabolismo celular, por lo que su complejidad e importancia biológica es enorme. Sólo mencionaremos algunas de sus funciones y propiedades que nos parecen más sugerentes en nuestro uso metafórico de las mismas:

• Algunas enzimas controlan muchas reacciones diferentes y otras se especializan en acelerar sólo una reacción. Algunas liberan energía para la contracción cardiaca y otras para la expansión y contracción de los pulmones.

• Se trata de estructuras bastante flexibles que pueden cambiar su conformación estructural por la interacción con el sustrato. Son capaces de acelerar la velocidad de reacción sin ser consumidas en el proceso.

• Convierten el azúcar y otros alimentos en sustancias necesarias para la construcción de tejidos, reposición de células sanguíneas y liberación de energía para el movimiento de los músculos.

Si pensamos en la metáfora de la mutación como un proceso de cambio discreto, en tanto no modifica en primera instancia la apariencia, pero eficaz en tanto modifica las capacidades y funciones, las subjetividades necesarias para esta epistemología del sur, deben actuar como lo hacen las enzimas: acelerando los procesos de manera flexible y sin ser consumidas en el proceso. La teoría social debe buscar simetría, es decir, incluir otras partes en proporciones similares. Que no diluya las posibilidades y necesidades propias de las partes que integran la simetría.

Si la mutación requiere de condiciones específicas para darse ¿Cómo acelerar la mutación de la teoría social? Dejando entrar mutágenos que provoquen los cambios, que los catalicen. Estos catalizadores sólo pueden venir de un diálogo con dos elementos mutágenos en la teoría social:

• La periferia: Lo que no se ha incluido en la teoría, los saberes que se han negado y menospreciado. Las historias que no se han contado. Los sujetos y colectivos que se han invisibilizado y dominado.

• La incertidumbre: Debemos atrevernos a explorar nuevos caminos, a sabiendas de que no se tendrá la absoluta certeza de lograr los objetivos previstos, sin embargo se caminará. Permitirse actuar con intuición y atrevimiento.

No se trata así de renegar de la razón, ni de la rigurosidad, sino de ampliar su campo se acción. Lo importante es construir una caja de herramientas, un arsenal de conceptos sin cerrojo en la caja. La rigurosidad es la caja de herramientas, la tapa sin cerrojo es la forma de enfrentar la complejidad.

La crisis está en las estructuras y en las subjetividades en las que la teoría se genera. En una estructura social anclada en la competencia, en el ego y la soberbia, en la competencia, en el sistema de producción del conocimiento que alienta los logros individuales y no los colectivos, que premia a quien de por sí tiene una ventaja vital. En la reproducción de la vida esto no es así.

Si existe la competencia, es sólo para abonar a una función posterior e indispensable para la vida: la colaboración. La forma que esta interacción adopta en la biología se llama simbiosis. Avanzar hacia los saberes simbióticos es el gran reto.

Si la teoría es este corpus de conceptos e ideas que nos permiten observar y comprender la realidad ¿quién observa al observador? La teoría social como sistema, es ciega a su patrón de cambio. Es decir, la forma en la que la teoría superará sus limitaciones, no vendrá exclusivamente de ella misma. Los sistemas no se pueden auto observar. No pueden ver sus propios puntos ciegos. De ahí que deba dejarse tocar por otros sistemas, otras formas de construir y mirar la realidad proveniente de otros saberes14. Dejar entrar agentes “mutágenos” a su sistema: Filosofía, mitología, saberes prácticos y empíricos de la tradición, etcétera.

Rigurosidad y objetividad son entendidas en la teoría social actual, como aquello que solamente los pares pueden validar. Pero no es una forma de hacer teoría social que se deje increpar por la realidad, es decir, por los sujetos que viven y están fuera del sistema en el que se generan las teorías.

Las personas pertenecientes a la misma estructura tienden a producir resultados cualitativamente similares. En este sentido la teoría social debe aceptar que la pretendida objetividad ya no puede fundarse en la dicotomía entre sujeto y objeto. La física cuántica ha sido la primera ciencia que ha discutido la neutralidad axiológica de la ciencia. Al observar los fenómenos los cambiamos. Por lo que no podemos seguir pensando en la realidad como algo dado y estático, sino como la interacción del sujeto que hace la teoría y la ampliación de los sistemas desde donde se hacen las teorías en un entorno cambiante y recíprocamente influyente.

La práctica de la inter o la trans-disciplina es muy útil, pero sigue dentro de los paradigmas de la ciencia. La simbiosis nos lleva a romper los límites de la ciencia misma y dialogar y aprender de y con otros saberes que son útiles para cuidar la vida toda en su expresión biopsicosocial.

Es evidente que esto llevaría a que la ciencia no se valide a sí misa ni sea autorreferencial, que no se valide sólo por el método, indispensable para la ciencia, sino también por sus resultados en la funcionalidad de la vida y de los problemas sociales que aquejan a la mayoría. Si sirve para la vida, la dignidad y la justicia, es un conocimiento válido y valioso, no importa si siguió o no el método científico.

A modo de conclusión

Tres cosas son las que nos conminan a pensar en las posibilidades de mutación para la teoría social del siglo XXI:

1. La creciente coincidencia entre los descubrimientos en biología, genética, astronomía, etc. y el conocimiento trascendental guardado en las tradiciones míticas acerca de las relaciones entre naturaleza y sociedad, micro cosmos y macrocosmos, ciclos astronómicos, psique humana, equilibrio de la vida, etc. Esto nos está revelando que la ciencia no es el único ni necesariamente el mejor camino de conocimiento humano. La soberbia hegemonía de la ciencia construida al amparo del imperialismo, se tambalea.

2. La aparente incapacidad de revertir o por lo menos limitar el potencial destructivo y depredador de la vida que el capitalismo industrial ha demostrado.

3. La desolación, la injusticia, el sufrimiento, el desencanto y sin sentido de la miseria humana que parecen ser los males característicos de la humanidad contemporánea.


Esas condiciones deberían ser las que nos obliguen a dar una vuelta de timón en nuestras formas de pensar y hacer en el mundo de las ciencias sociales. Aunque la mutación no es en sí misma un cambio radical, sí lo es en términos de generar nuevas funciones en los ejemplares que la experimentan, y si este “error” en la información genética es capaza de afectar no a una sola célula sino a la línea germinal que será transmitida a la próxima generación, entonces la transformación tiene implicaciones realmente trascendentes, aunque en apariencia no se les note.

Esa es la misteriosa virtud de la mutación, al no ser fácilmente visible, puede existir sin ser atacada o agredida como una especie distinta y así, en el ejercicio de funciones y capacidades diferentes, cambiar con el tiempo su entorno.

Hemos conocido mucho del mundo pero también lo hemos destruido. La ciencia y su teoría se han extraviado y han sucumbido ante el canto de las sirenas del capitalismo, del imperialismo y el patriarcado. Ahora, deberíamos rescatar esos conocimientos y dar un salto emancipatorio que nos permita emprender el camino de vuelta a casa, a la gran casa de la humanidad y de la vida. Al origen en donde se conocía el mundo sin pensarse fuera y superior a él. Volver a casa en sentido metafórico. No se puede regresar el tiempo, no se trata de eso, se trata de encontrar un camino de conocimiento que nos devuelva a la vida. Que salgamos de los límites de la ciencia hegemónica que sólo parece existir para producir Frankensteins. De lo contrario, como a Prometeo, las aves carroñeras nos seguirán devorando.

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Fecha de recepción: 30 de octubre de 2018

Fecha de aceptación: 12 de abril de 2019


Volumen 16, número 40, mayo-agosto, 2019, pp. 85-106


DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v16i40.698



1 Esta preocupación sólo por el presente, será una de las grandes debilidades de la teoría social desde sus inicios. Se trata de un intento por conocer la realidad que parece des-historizar lo social y así, asimilar lo real con lo existente. De ahí que esta orientación nomotética haya quitado una gran riqueza al conocimiento de la vida social sacando del foco de atención las transformaciones y variaciones de lo social en el tiempo y en el espacio.

2 Es importante no perder de vista el lugar donde las ciencias sociales se institucionalizan y desde dónde se marcan las pautas para aceptar o rechazar la validez del conocimiento de lo social, en tanto esto se relaciona con lo que las propuestas decoloniales del siglo XX llamarán, el lugar de enunciación.

3 Algunos historiadores han llamado a este, el siglo de la burguesía, dado el papel hegemónico que esta clase social tuvo durante buena parte del mismo. En aquella época también se dieron las formas de estructuración económica que afianzaron al capitalismo como eje de dominación económica mundial, nos referimos por supuesto a la revolución industrial y al surgimiento del imperialismo a finales de siglo. Ver Palmade 1981 y Hobsbawm 1998 y 2007.

4 De acuerdo con Eric Hobsbawm, el siglo XX ha sido el siglo más sangriento en la historia mundial. Se estima que alrededor de 187 millones de personas murieron a causa de esfuerzos humanos deliberados para tal fin. Esta cifra equivale a cerca del 10% de la población mundial en 1900.

5 Una de las teorías sociales que más se transformó fue la de los movimientos sociales. Las dos escuelas más importantes que estudiarían el tema serían la llamada escuela norteamericana por un lado, (centrada en el estudio del comportamiento colectivo, la elección racional y la movilización de recursos) y la escuela europea por el otro (centrada en los llamados nuevos movimientos sociales, la identidad y la autonomía). Si bien encontramos algunas diferencias importantes en una y otra escuela, ambas siguen atrapadas en el paradigma del individualismo metodológico. (Galafassi; 2006)

6 Las llamadas teorías decoloniales surgen en América Latina para cuestionar la llamada matriz del poder colonial. Está representada por varios autores como Aníbal Quijano, Enrique Dussel, Walter Mignolo, Ramón Grosfoguel, entre otros. Sin embargo, la tradición crítica en América Latina, también tiene antecedentes en los estudios del marxismo latinoamericano de José Carlos Mariátegui y René Zabaleta.

7 Una de las corrientes del marxismo más lúcidas y clarificadoras para comprender las dinámicas de emancipación y cambio social, fue la desarrollada por la historia social de los ingleses E.P. Thompson y Eric Hobsbawm.

8 Un interesante análisis del carácter no revolucionario de los movimientos de 1968, lo encontramos en la obra de Crozier (1972). Según el autor, lo novedoso de estos movimientos sociales en Francia, serían sus formas de expresión y el nivel de los mecanismos de juego social, pero no tenían demandas radicales en términos económicos ni políticos. Las aparentes contradicciones contribuyeron en realidad a mantener el statu quo.

9 Entendemos por imperialismo sistémico aquel que, aunque haya desaparecido en la formalidad política de la segunda mitad del siglo XX, sigue existiendo en otros campos de lo social. Como en la cultura y en las formas de conocimiento hegemónicas que buscan negar el conocimiento históricamente construido por las víctimas del imperialismo. El colonialismo no terminó en las independencias ni con el fin del colonialismo político, sigue sobre muchísimas formas. No hemos descolonizado a las ciencias sociales. (De Sousa 2012).

10 Muchos de estos conocimientos nos modifican incluso la imagen de un mundo dividido entre lo social y lo natural. Entre el mundo de la materia y el espíritu. De las ideas y las cosas. Por ejemplo, los conocimientos aportados por la teoría cuántica en relación a la materia y la energía. Las ciencias naturales también han sufrido un serio revés en sus paradigmas tradicionales. En ese sentido, estas formas de conocimiento han tenido que trabajar con lo cambiante y lo complejo sin haber renunciado nunca a su intención de transformar el mundo. Así, las nuevas tecnologías que tanto han reconfigurado el mundo actual, son inexplicables sin los conocimientos de la biología molecular, la física cuántica, la genética, etc.

11 Usamos la metáfora de la elongación para pensar en los retos actuales de la teoría social ya que esta, no se encuentra en crisis, es más preciso hablar de límites. No de la teoría como cuerpo de conceptos, se trata de los límites de la estructura y los sujetos que la generan.

12 Según datos de la organización Greenpeace 8 millones de toneladas de basura al año llegan a los mares y océanos; 5200 especies de animales se encuentran en peligro de extinción y hasta 13 millones de hectáreas de bosque desaparecen cada año por la acción del hombre.

13 Un catalizador es un cuerpo capaz de producir una transformación química sin ser alterado al final de la transformación.

14 Decimos saberes y no disciplinas ni ciencias solamente, porque la exclusión de otros saberes no científicos, ha cerrado caminos y, en un momento, ha generado puntos ciegos.

* Profesora investigadora en la UAM-Azcapotzalco, México. Correo electrónico: anayalilia@gmail.com

** Profesor investigador en la UAM- Azcapotzalco, México. Correo electrónico: herediajuan57@hotmail.com

Volumen 16, número 40, mayo-agosto, 2019, pp. 85-106

ISSN versión electrónica: 2594-1917

ISSN versión impresa: 1870-0063