La inseparabilidad de la lógica y la ética*


John Corcoran**

Traductora: Patricia Díaz Herrera



A menudo, la lógica y la ética se consideran como disciplinas separadas, si no es que de alguna manera opuestas entre sí. Pero muchos grandes lógicos, incluyendo a Aristóteles, Ockham, Bolzano, De Morgan y Russell fueron capaces de hacer agudas contribuciones a la ética y de realizar acciones heroicas basadas en su comprensión ética. Asimismo, muchos moralistas ejemplares como Sócrates, Platón, Kant, Mill, Gandhi y Martin Luther King mostraron mediante sus enseñanzas y acciones un compromiso profundo con la objetividad, el valor ético que motiva y que es servido por la lógica. Este artículo explora el papel de la lógica en la ética y el papel de la ética en la lógica.

Es importante investigar la hipótesis de que la ética del futuro debe conceder a la lógica un papel más central y explícito. Las conexiones entre la ética y las subjetividades irracionales deben ser cortadas; la dignidad humana y el respeto mutuo pueden basarse en gran medida en el deseo universal de conocimiento objetivo.

De la misma manera, es importante investigar la hipótesis de que la lógica del futuro debe conceder a la ética un papel más central y explícito. Los principios lógicos son importantes porque sirven a metas éticas. La lógica es peculiar y esencialmente una empresa humana; las supuestas desconexiones entre la lógica y el interés humano deben ser refutadas.

Es necesario criticar la caricatura de la lógica como un juego sin sentido, de manipulación de símbolos, y la caricatura de la ética como una racionalización de la emoción ciega. La lógica y la ética son, de hecho, inseparables y cada una es apoyada por el reconocimiento explícito de su vínculo con la otra.

Objetividad

Aristóteles observó que todos los humanos, por naturaleza, desean saber. Nuestra atención está, por ello, orientada hacia la objetividad, hacia la intención de llegar a nuestras propias conclusiones de acuerdo con los hechos, cualesquiera que sean; ya sea que satisfagan o frustren expectativas, ya sea que intensifiquen o disipen temores, ya sean compatibles o incompatibles con creencias previamente aceptadas. La objetividad incluye lo que se ha denominado amor por la verdad, devoción por la verdad, lealtad a la verdad. Se reconoce como un rasgo característicamente humano que ayuda a unificar a nuestra especie. Es al mismo tiempo una virtud ética que requiere cultivo. La meta principal de la lógica es el cultivo de la objetividad. La lógica tiene como objetivos los conceptos, principios y métodos útiles para llegar a nuestras propias conclusiones de acuerdo con los hechos.

Si los humanos fuéramos omniscientes o infalibles, no habría lógica porque no habría necesidad de ella. Si fuéramos indiferentes a la verdad o no nos preocupara, no habría lógica pues no la desearíamos ni tendríamos motivación para desarrollarla. La condición humana está llena de aspiraciones insatisfechas y quizá imposibles de satisfacer. Aquí yuxtaponemos la ignorancia humana y la falibilidad con la aspiración por el conocimiento.

Puede decirse que la lógica inicia con observaciones acerca de esta brecha entre el logro y la aspiración. La creencia no es necesariamente conocimiento. El sentimiento de certeza no es un criterio de verdad. La persuasión no es necesariamente prueba. De hecho, uno de los problemas perennes en lógica es el perfeccionamiento de los criterios de prueba, el desarrollo de tests objetivos para determinar, respecto de una argumentación persuasiva, si ella es o no una prueba genuina, si establece la verdad de su conclusión. Pero junto a la observación negativa de que los humanos no son ni omniscientes ni infalibles, están las observaciones positivas de que el deseo de conocer la verdad puede ser satisfecho más ampliamente de lo que hasta ahora ha sido, que es posible aproximarse al ideal un poco más y que la objetividad puede ser cultivada.

Los tres hechos que dan inicio a la lógica –que los humanos no son ni omniscientes ni infalibles, que buscan conocimiento y que mejorar es posible—sirven para reunir a los seres humanos. Es posible cooperar para la meta, noble y práctica a la vez, de superar la ignorancia y la falibilidad tanto como sea posible. La objetividad automáticamente incluye cooperación y evitar el engaño, ya sea el engaño de otros o por otros, o incluso el engaño de y por uno mismo. Se dice que las mentiras más destructivas son las que nos decimos a nosotros mismos.

La objetividad, que incluye la intención y la capacidad de llegar a nuestras propias conclusiones de acuerdo con los hechos es una virtud importante. Pero tomada por separado puede parecer fría, alienante y hasta cierto punto incluso deshumanizante –puede incluso parecer que está en conflicto y excluye a otras virtudes. Pero esas apariencias están basadas en varios errores.

Es obvio, por supuesto, que ser objetivo requiere ser desapasionado. Pero ser desapasionado no excluye ser apasionado. Algunas de las historias más conmovedoras del triunfo de la objetividad tienen que ver con personas que fueron apasionadas en su dedicación a la verdad y que realizaron sacrificios personales heroicos para desarrollar y poner a prueba sus ideas. Ser desinteresado no es lo mismo que no interesarse. Ser un observador imparcial no es lo mismo que ser un observador indiferente. Para ser desapasionado e imparcial se requiere cuidado, concentración y energía; la dedicación apasionada a la verdad puede dar esa energía.

Más aún, ser desapasionado no excluye ser compasivo. En efecto, para que la compasión sea eficaz y benéfica debe ser acompañada por la objetividad. Por ejemplo, la práctica de la medicina es a menudo motivada por la compasión hacia el sufrimiento humano, pero sin objetividad, puede esperarse que los intentos por aliviar el sufrimiento se auto-derroten. En muchos casos, la compasión y la objetividad se mejoran mutuamente.

La compasión no solamente no excluye, sino que de hecho requiere objetividad y éste no es un caso aislado. Todas las virtudes son compatibles con la objetividad y la mayoría de las virtudes, si no es que todas, la requieren para ser eficaces y benéficas. Sin objetividad las otras virtudes son o bien imposibles o bien se auto-derrotan, o al menos su efectividad se restringe severamente. En realidad, en muchos casos las fallas en objetividad tienden a convertir las otras virtudes en parodias, burlas o perversiones de sí mismas. Intentos de amabilidad sin objetividad a menudo terminan en paternalismo insultante. “Justicia” sin objetividad es arbitrariedad. “Valor” sin objetividad es temeridad. “Integridad” y “perseverancia moral” sin objetividad tienden a convertirse en obstinación voluntariosa e incluso fanatismo. Las causas valiosas son puestas en entredicho por fallas en la objetividad de sus ardientes defensores. Una causa valiosa puede ser dañada tanto por un defensor demasiado ferviente como por un detractor. Con amigos no objetivos, una causa no necesita enemigos.

La objetividad es una virtud bastante peculiar. Tendemos a valorar a las personas por su objetividad y nos desilusionamos e incluso nos molestamos con las personas cuando sufren fallas evitables en la objetividad. Cuando hay que tomar decisiones importantes o trabajos a realizar, tratamos de rodearnos con personas notables por su objetividad –sin importar si disfrutamos de su compañía por otras razones. Pero lo que es más peculiar todavía es que la objetividad genera tanto orgullo como humildad. La objetividad le da a una persona un sentido de valor personal y dignidad. Las personas se enorgullecen de su objetividad. Al mismo tiempo, ésta las vuelve especialmente conscientes de su falibilidad y por ello les inspira un sentido de humildad, cautela y modestia.

Para tener una idea de cómo la objetividad tiende a unificar a los seres humanos y a trascender las diferencias accidentales como son edad, sexo, raza, nacionalidad, religión y clase, basta considerar la cooperación internacional en matemáticas, ciencia, tecnología y, quizá lo más importante, en derechos humanos. Cuando las personas se enfocan en llegar a sus propias conclusiones de acuerdo con los hechos con el fin de lograr un objetivo común, las diferencias accidentales pasan a un segundo plano. Lo que importa no es quién sea la persona ni qué cree, sino más bien cómo llega a esas creencias y qué actitud tiene hacia ellas –en particular, si está lista para examinar objetivamente esas creencias.

Cultivar la objetividad

Aunque el deseo de objetividad parece ser universal y natural, el proceso de volverse objetivo requiere habilidades y actitudes que muchas personas, al principio, no encuentran naturales o fáciles de adquirir. Quizá la primera de tales habilidades es la de plantear una hipótesis, enunciar una proposición para la investigación. Hay poca dificultad cuando la proposición no es considerada todavía verdadera ni falsa. En tal caso, raramente hay resistencia al proyecto de someter la proposición a examen y comprobación.

Los lógicos usan la palabra hipótesis para referirse a una proposición que no se sabe si es verdadera ni se sabe que sea falsa por parte de la comunidad de investigadores relevante. También extienden ese uso de manera que la palabra refiere a la proposición que se toma, para fines del razonamiento, como si no se supiera verdadera ni se supiera falsa. El punto de hacer una hipótesis es comprobarla objetivamente, revisar la evidencia a favor y en contra, evaluar críticamente las argumentaciones relevantes, determinar si se han cometido errores, ver cómo se sostendrá ante la investigación objetiva. El proceso inicial de la formulación de hipótesis se ha denominado de varias maneras: poner entre paréntesis, suspensión de la creencia y la no creencia y duda metodológica.

Cuando las personas se han auto-engañado acerca de la contundencia de sus procesos de evidencia, temen naturalmente someter sus creencias a investigación. Pero incluso personas sinceras que no han tenido experiencia en este proceso tienden a considerarlo peligroso. Cuando ponemos entre paréntesis una proposición o enunciamos una hipótesis, ponemos de lado toda preconcepción sobre ella, sin importar lo bien establecidas que tales preconcepciones puedan haber parecido.

En una comunidad abierta, todo intento de probar o refutar una proposición es al mismo tiempo un poner entre paréntesis la proposición. Todo intento de establecer una hipótesis es automáticamente una invitación a que sea examinada críticamente. De hecho, para seguir una prueba es necesario dudar de la conclusión y ver si la prueba remueve la duda. Esto es parte de lo que significa decir que el conocimiento proviene de la duda.

La falta de inclinación a considerar una creencia como hipótesis es a menudo signo de dogmatismo, cerrazón mental y autoengaño. Pero a veces es simplemente un reflejo de ignorancia de la metodología lógica. Si una proposición es verdadera, sus adherentes no pierden nada si es investigada críticamente. Al contrario, ganan mucho. Por otro lado, si una proposición es falsa, cuanto más pronto se reconozca como tal, será mejor. Proteger una proposición contra el examen crítico carece de utilidad.

A veces tenemos miedo de ir al médico cuando sospechamos que tenemos síntomas incipientes de una enfermedad. Para enfrentar la verdad se requiere valor. Pero entre más claridad tenga una persona acerca de lo deseable que es conocer la verdad en un caso dado, menos valentía se necesitará para someter a comprobación la cuestión.

Para una comunidad de razonadores objetivos, cualquier intento de proteger una proposición contra el proceso de comprobación refleja algo negativo acerca de aquellos que la consideran verdadera. Proteger una proposición contra la comprobación se ve como algo mal hecho, indigno y, a fin de cuentas, absurdo. No vale la pena tomar seriamente una proposición que no se pone a prueba.

Otra cosa que facilita la voluntad para someter las creencias a comprobación es el conocimiento de principios lógicos. Por ejemplo, una persona que no puede dar evidencia para cierta creencia, puede atemorizarse cuando tal creencia se plantea como hipótesis. Es un sentimiento similar al que sentimos cuando no podemos hallar dinero para pagar por una comida que ya se consumió. Pero es claro que la analogía no se mantiene una vez que la persona está consciente de los principios de la evidencia. El principio fundamental de la evidencia puede enunciarse a grandes rasgos como sigue:


La ausencia de evidencia positiva, por sí sola, nunca es evidencia negativa concluyente, y la ausencia de evidencia negativa, por sí sola, nunca es evidencia positiva concluyente.

A primera vista puede parecer que este principio entra en conflicto con el principio del tercero excluido:


Toda proposición es o bien verdadera o bien falsa.


Pero se aclara que no hay conflicto tan pronto como se nota que existen diferencias tanto entre verdadero y probado verdadero, como entre falso y probado falso. Los principios de la no-omnisciencia, que encarnan a estas distinciones, son en parte como siguen:


No toda proposición es o bien probada verdadera o bien probada falsa. No toda proposición verdadera es probada verdadera. No toda proposición falsa es probada falsa.


La ignorancia del principio fundamental de la evidencia ha sido explotada por personas y grupos inescrupulosos. Una persona sin escrúpulos puede hacer una acusación sin fundamento y, cuando se le reta a presentar evidencia, trata de voltear la situación pidiendo evidencia a favor de lo contrario, con el fin de dar la impresión de que la ausencia de evidencia a favor de lo contrario es, de hecho, evidencia a favor de la acusación. Recientemente, proveedores de productos no seguros para el consumidor han retardado el rechazo de sus productos usando tácticas que explotan la ignorancia del consumidor respecto del principio fundamental de la evidencia. La industria del tabaco trató de hacer creer a la gente que los cigarros son seguros reiterando que los científicos han sido incapaces de probar concluyentemente que fumar causa varias enfermedades. La búsqueda desapasionada de la verdad tiende a sacar lo mejor de la gente. El estudio de la lógica, no como un sistema de reglas externas, sino como un intento intensamente personal de ser objetivo acerca de la objetividad, contribuye a esta búsqueda. Por otro lado, los intentos por defender creencias preconcebidas por cualquier medio que sea necesario, incluyendo el engaño y la coerción, tiende a sacar lo peor de la gente.

El método hipotético-deductivo

En lógica, la palabra ‘prueba’ y sus cognados son usados en sentido estricto. Una prueba de que una proposición es verdadera en realidad establece que es verdadera; tal prueba produce conocimiento objetivo de la verdad de su conclusión. Lo mismo aplica, con cambios obvios, para la prueba de que una proposición es falsa.

El método hipotético-deductivo es a menudo preliminar a la prueba y a veces resulta, en efecto, en una prueba. La forma más simple de este método de investigación consiste en enunciar una hipótesis y ver qué proposiciones pueden ser deducidas de ella y también de cuáles proposiciones puede ella ser deducida. El objetivo, por supuesto, es determinar qué más sería verdad si la hipótesis fuera verdadera y qué más, al ser verdadero, explicaría la verdad de la hipótesis –en otras palabras, el objetivo es encontrar qué sería explicado por la hipótesis al ser verdadera y qué serviría para explicar que la hipótesis sea verdadera. En breve, se plantean dos preguntas:


¿Cuáles son las consecuencias lógicas de la hipótesis?

¿De qué es consecuencia lógica la hipótesis?


Las personas que no están acostumbradas a usar este método suelen sorprenderse de la claridad que produce y de cuántas cosas salen a la luz una vez que es empleado.

Independientemente de que el método hipotético-deductivo a veces conduce a una prueba, este método es útil para cultivar la objetividad porque conduce a una mejor comprensión de la hipótesis en cuanto produce conocimiento sobre qué esperar si la hipótesis fuese verdadera y qué resultaría de la hipótesis. Si el enunciado de la hipótesis es ambiguo, este proceso a menudo trae a la luz la ambigüedad y da sugerencias para revisiones. Si la hipótesis es vaga, este proceso puede ubicar la vaguedad y da sugerencias para pulirla.

¿Cómo puede este método conducir a la prueba o la refutación? Hay varias posibilidades, aquí solamente consideraré dos.

Primero, imaginemos que a partir de la hipótesis hemos deducido una proposición que ya se sabía era falsa o que posteriormente se determinó como falsa, digamos mediante un experimento. En este caso tenemos una refutación de la hipótesis, una prueba de que la hipótesis es falsa. Esto es así en vista del siguiente principio:


Toda proposición que implica una proposición falsa es ella misma falsa.


Éste es el principio de la consecuencia falsa, base de muchos pensamientos productivos.

Es el principio más frecuentemente usado al exonerar a los acusados inocentes y, de manera más general, al rechazar hipótesis falsas.

Por supuesto, hay otras maneras en las cuales el conocimiento de este principio conduce al cultivo de la objetividad. Por ejemplo, enfocarnos en el principio de la consecuencia falsa nos recuerda el hecho de que una proposición es falsa incluso si una de sus consecuencias es falsa, y que una persona que afirma algo es tan responsable de cada una de las consecuencias de su afirmación como de ésta misma. Esto debería mover a la persona objetiva a ser un poco más cautelosa y a hacer deducciones antes de afirmar algo.

Segundo, imaginemos que hemos deducido la hipótesis a partir de una proposición que ya se sabía verdadera o que posteriormente fue determinada como verdadera. En este caso tenemos una prueba de la hipótesis en vista del siguiente principio:


Toda proposición implicada por una proposición verdadera es ella misma verdadera.


Éste es el principio del implicante verdadero, también conocido como el principio de verdad y consecuencia. Este principio es también la base de muchos pensamientos productivos. Es la base del razonamiento empleado en el desarrollo axiomático de varias ramas de las matemáticas, y forma parte de la comprensión de la prueba matemática, que es un tipo de estándar ideal contra el cual se miden las argumentaciones que no llegan a ser pruebas matemáticas.

Prueba

Con el fin de discutir el concepto de prueba, es útil tener en mente un ejemplo típico. Consideremos la prueba euclidiana del Teorema de Pitágoras. Su conjunto de premisas consiste de axiomas y definiciones de la geometría plana, que presumiblemente la audiencia sabe que son verdaderos. Su conclusión es el Teorema de Pitágoras. Su cadena de razonamiento se extiende por varias páginas e incluye más de cuarenta teoremas intermedios, y sus pasajes finales incluyen una receta astuta para dividir el cuadrado de la hipotenusa en dos partes, cada una adyacente a uno de los lados del triángulo y cada una igual al cuadrado del lado adyacente.

Con miras a que esta prueba sea concluyente para cierta audiencia, es necesario que la audiencia sepa que las premisas son verdaderas. No hay manera de basar el conocimiento en premisas que no se saben verdaderas. Cuando la audiencia no conoce las premisas, se dice que la argumentación pide la cuestión o comete la falacia de supuesto no garantizado. Pero para que la prueba sea concluyente, también se requiere que la cadena de razonamiento deje en claro que la evidencia es suficiente, que el conjunto de premisas de hecho implique la conclusión. Cuando esto falta, se dice que la argumentación es un non sequitur o que comete la falacia de razonamiento inadecuado.

Aquí la idea principal es el hecho familiar de que cada prueba tiene tres partes: una conclusión, un conjunto de premisas y una cadena de razonamiento. Normalmente, la cadena de razonamiento es, con mucho, la parte más larga. En una prueba, la cadena de razonamiento muestra que la conclusión es implicada por el conjunto de premisas. La cadena de razonamiento por sí sola no muestra que la conclusión sea verdadera sino solamente que es implicada por el conjunto de premisas. Para que la conclusión sea reconocida como verdadera por medio de la cadena de razonamiento, la persona que realiza el reconocimiento debe haber verificado ya que las premisas son de hecho verdaderas.

Consideraciones análogas aplican para una argumentación que no llega a ser una prueba matemática. Es necesario establecer las premisas –en otras palabras, asegurarse de que lo ofrecido como evidencia sea exacto por sí mismo, sin relación con aquello para lo cual supuestamente sirve como evidencia. Además, y éste es un asunto enteramente diferente, es necesario establecer que la presunta evidencia ofrecida para sostener la conclusión sea suficiente para implicar la conclusión. Si esto no es así, entonces la conclusión no está probada incluso si la presunta evidencia fuese correcta. Para resumir, hay que revisar dos cosas: si la presunta evidencia es exacta y si la cadena de razonamiento deja en claro que la presunta evidencia, de ser verdadera, garantizaría la aceptación de la conclusión.

El razonamiento falaz a partir de premisas garantizadas no es mejor que el razonamiento contundente basado en premisas no garantizadas. En muchos casos de argumentación descuidada la gente gasta su energía discutiendo sobre las premisas, cuando un examen rápido del razonamiento echaría abajo la argumentación como si fuera un castillo de naipes.

Dos artes participan en la prueba. Existe el arte de producir o descubrir una prueba (un arte heurístico) y el arte de reconocer pruebas (un arte crítico). Este arte crítico nos trae de nuevo al problema de perfeccionar los criterios para la prueba. Con el fin de que una argumentación sea una prueba de cierta conclusión para cierta audiencia, es necesario que la argumentación persuada a la audiencia de la verdad de la conclusión. Pero la persuasión no es suficiente y se requieren criterios para prevenir el engaño y el error.

Ya sea que una persona esté construyendo una prueba o evaluando críticamente una argumentación ofrecida como prueba, el principio guía subyacente es la regla de oro de la prueba:


Argumenta para los otros como te gustaría que argumentaran para ti.


Cuando produzcas una argumentación y te preguntes si es una prueba, pregúntate si encontrarías aceptable que un adversario respetado te la presentara. De igual manera, cuando te presenten una argumentación como si fuera una prueba y te preguntes si deberías aceptarla, pregúntate si la presentarías ante un adversario respetado y si podrías sostenerla.

Conclusión

En la discusión anterior hemos revisado solamente unas cuantas facetas de la interrelación e interdependencia entre la lógica y la ética. Hemos visto que la práctica ética incluye a la lógica en la medida en que las otras virtudes requieren objetividad para ser eficaces y benéficas, y en algunos casos incluso para su misma existencia o realización. Desafortunadamente, no hubo lugar en tan breve exposición para explorar el papel de la lógica en la teoría ética. La importancia de la consistencia y de los criterios de consistencia en la teoría ética no fue mencionada, ni tampoco la función de la lógica en el análisis de conceptos y proposiciones éticos.

Uno de los puntos más importantes es frecuentemente ignorado y quizá no ha sido tratado antes con la amplitud que aquí se ha tratado. Tengo en mente el hecho de que la lógica puede ser vista como un intento continuado, imperfecto, incompleto y esencialmente no completable por cultivar la objetividad, por descubrir los principios y métodos que contribuyen a la comprensión y práctica de la objetividad, la cual es una virtud ética situada junto a la bondad, la justicia, la honestidad, la compasión y las demás, y que es característicamente humana en el sentido de que una entidad omnisciente o infalible no tendría necesidad de la objetividad ni de la lógica. La lógica es una ciencia humana y humanística; es una de las humanidades en el sentido renacentista.


Volumen 16, número 41, septiembre-diciembre, 2019, pp. 199 - 210


http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v16i41.722


* Este artículo fue publicado originalmente en inglés en la revista Free Inquiry (www.secularhumanism.org) Primavera 1989, vol. 9, no. 2, pp. 37-40. Se reproduce con permiso del editor.

** Profesor emérito de la University at Buffalo, State University of New York, en donde fue profesor a partir de1970. En 2002 fue reconocido con el premio al Académico Excepcional de la University at Buffalo y en 2003 como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Santiago de Compostela.Doctor en filosofía por la Universidad Johns Hopkins. Estudios posdoctorales en matemáticas en la Universidad de California, Berkeley. Correo: corcoran@buffalo.edu

Volumen 16, número 41, septiembre-diciembre, 2019, pp. 199 - 210

ISSN versión electrónica: 2594-1917

ISSN versión impresa: 1870-0063