Las caravanas de migrantes, las economías de tráfico humano y el trabajo excedente*


Simón Pedro Izcara Palacios**

Resumen. El objetivo de este artículo, sustentado en diez entrevistas con traficantes de migrantes del noreste de México, es examinar el efecto de la caravanización de la migración en la industria del tráfico humano. Concluimos que las redes de tráfico de migrantes que operan en el noreste de México se han visto favorecidas por las caravanas, ya que se ha incrementado el número de migrantes que llegan a la frontera. Los migrantes de las caravanas carecen de recursos económicos para pagar las tarifas de los polleros; pero, pueden ofrecer como medio de pago el tiempo de trabajo excedente no remunerado salarialmente. Las mujeres, reclutadas para la industria del sexo, son las más valoradas por las economías de tráfico humano porque son quienes producen en menos tiempo de trabajo el valor de su salario.

Palabras clave. Caravanas de migrantes, traficantes de migrantes, industria del sexo, trabajo excedente, México.

Migrant’s caravans, human smuggling economies and surplus labour

Abstract. The objective of this article, based in interviews with ten migrant smugglers from the northeast of Mexico, is to examine the effect of the caravanization of migration in the human smuggling industry. We conclude that migrant smuggling networks operating in northeastern Mexico have been benefitted from the caravans, because the number of migrants arriving at the border has increased. Migrants of the caravans lack financial resources to pay smugglers fees; but they can offer unpaid surplus labour time as a means of payment. Women, recruited into the sex industry, are the most valuable for human smuggling economies because they produce in a less time of work the value of their wages.

Key words. Migrant’s caravans, migrant smuggling, sex industry, surplus labour, Mexico.

DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v18i45.809

Introducción

México ha sido definido como un “país tapón”, al que se le ha impuesto el papel de “puerta trasera”, que actúa como barrera para que no puedan llegar a Estados Unidos los migrantes forzados, asilados políticos o migrantes económicos procedentes de Centroamérica (Varela-Huerta, 2016, p. 41). La construcción de una extensa red de centros de detención de migrantes y el despliegue de una infraestructura militar destinada a interceptar, detener y deportar a los migrantes centroamericanos que transitan por México rumbo al norte, ha incrementado el coste económico y social de emigrar. Las tarifas de los traficantes, los secuestros, las desapariciones, la corrupción y las extorsiones han crecido al unísono con la ampliación de los dispositivos policíacos y militares de contención de la migración.

La nueva forma de migrar en caravanas constituye la respuesta de los migrantes de Centroamérica al nuevo paradigma de externalización de fronteras y conversión del fenómeno migratorio en un problema de seguridad nacional (Camus, et al., 2020, p. 67). A partir de octubre de 2018 los migrantes centroamericanos comenzaron a desplazarse en grupos extensos para defenderse del acoso de las autoridades y del crimen organizado, e independizarse de la industria de la migración clandestina (Pradilla, 2019, p. 48; Islas, 2019, p. 135). Lo más novedoso de las caravanas es el perfil demográfico de los integrantes. La protección que ofrecían las caravanas permitió que mujeres, niños y personas mayores se aventurasen a emigrar, ya que carecer de recursos económicos para pagar las elevadas tarifas cobradas por los polleros1 dejó de ser un impedimento para emigrar.

La literatura académica ha subrayado que la caravanización de la migración arremete contra las economías de tráfico humano, porque los migrantes soslayan el pago a los coyotes (Varela-Huerta y McLean, 2019, p. 172; Ruíz y Varela-Huerta, 2020, p. 104; Pradilla, 2019, p. 63). El objetivo de este artículo es examinar cómo han afectado las caravanas de migrantes a las redes de tráfico humano en el noreste de México. En primer lugar, se examina el fenómeno de la caravanización de la migración. A continuación, se describe la metodología utilizada. Más adelante se analiza el impacto de las caravanas en las economías de tráfico humano, y finalmente se estudia el modo como los polleros se apropian del tiempo de trabajo excedente de los migrantes.

La caravanización de la migración

A partir de octubre del año 2018 los procesos migratorios transnacionales que tenían como punto de partida el triángulo norte de Centroamérica, a México como zona de transmigración y a Estados Unidos como lugar de destino, cobraron una nueva modalidad: la migración en caravana. Las caravanas de migrantes no son un fenómeno nuevo. A lo largo de las dos últimas décadas los migrantes centroamericanos han protagonizado diferentes formas de protesta con objeto de visibilizar la violencia sufrida, tanto a manos de la delincuencia organizada, como de las autoridades. La forma de externalización de este reclamo ha sido a través del desplazamiento en grupo siguiendo diferentes rutas a lo largo del territorio mexicano. Esta forma de protesta se inició con la caravana de madres centroamericanas (Varela-Huerta, 2015, p. 322; 2017, p. 7), que se lleva a cabo de manera ininterrumpida desde el año 2002, cuando un grupo de madres de El Progreso (Honduras) inició un recorrido a través de Centroamérica en busca de sus hijos desaparecidos (Pradilla, 2019, p. 128).

Otro antecedente son las marchas transnacionales denominadas “viacrucis del migrante”, que se iniciaron en 2011. Esta manifestación se apoya en el esquema religioso de la Semana Santa, y tiene como objetivo denunciar y visibilizar la vulneración de los derechos humanos de los migrantes durante su tránsito por México (Varela-Huerta, 2016, p. 40; Valenzuela, 2019, p. 40). Algunos de los viacrucis, como el de 2014, cuando los más de mil participantes decidieron continuar su marcha al norte (Vargas, 2018, p. 127), o el de 2018, que recorrió todo el territorio mexicano hasta llegar a la frontera noroccidental, pueden definirse más como caravanas que como marchas (Chávez, 2019, p. 12; Torre, 2020, p. 58).

Lo que diferencia la migración en caravanas de la migración subrepticia en grupos pequeños es la dimensión, el carácter descubierto y beligerante de la misma, así como su composición demográfica. El modelo clásico de migración irregular es sigiloso, oculto, individual, tiene un carácter marcadamente laboral, y está compuesto principalmente por varones en edad productiva. Los migrantes viajan escondidos, de noche, por brechas y rutas poco transitadas, y atraviesan las fronteras de modo subrepticio, sin que nadie se percate de su paso.

Como contraste, el modelo en caravanas es bullicioso, visible, colectivo, aparece impregnado de un carácter de denuncia, y está compuesto en gran medida por personas no incorporables a los sistemas productivos. Se unieron a la caravana parejas con niños recién nacidos, mujeres embarazadas, niños solos que buscaban la protección de otras familias, personas con discapacidades, hasta hombres con sillas de ruedas (Camus, et al., 2020, p. 64; Ruíz y Varela, Varela-Huerta 2020, p. 96; Pradilla, 2019, p. 70). Los migrantes que avanzan en caravana, lejos de esconderse, buscan publicitar su marcha. Viajan de día y sin polleros por las principales arterias de comunicación (Ruíz y Varela-Huerta, 2020, p. 104). Frente a la vulnerabilidad del individuo que migra solo, la caravana ofrece seguridad a los migrantes (Chávez, 2019, p. 12). Según Gerardo-Pérez (2020, p. 150) las caravanas construyen una comunidad política que visibiliza las vidas de quienes se niegan a caminar en la clandestinidad y a ser nadies.

La Convención de las Naciones Unidas del año 2000 contra el crimen organizado transnacional (Resolución 55/25) subraya una dicotomía entre dos actores enfrentados: el Estado y los traficantes de migrantes. Aquí el Estado se autoproclama y enarbola la bandera de defensor de los derechos humanos de los migrantes y víctima de los traficantes, que atentan no solo contra la seguridad de los migrantes, sino también contra la soberanía nacional (Gallagher, 2010, p. 2). Pero, este discurso solo es válido cuando se enmarca en el modelo migratorio clásico, donde los migrantes viajan escondidos y cruzan de modo subrepticio las fronteras conducidos por traficantes de migrantes. Como contraste, la migración en caravana convierte a los gobiernos en villanos, que atentan contra los derechos humanos de los migrantes que piden asilo.

En el escenario de las caravanas, la respuesta gubernamental, anclada en el lenguaje de la Resolución 55/25, pierde validez y credibilidad. Los estados, para autoproclamarse como víctimas, definen como traficantes de migrantes a quienes protegen, guían, conducen o lideran a los migrantes (Pradilla, 2019, p. 50; Gerardo-Pérez, 2020, p. 144). Como ha subrayado Torre Cantalapiedra (2020, p. 53): “el uso torticero del delito de tráfico de personas ha sido la herramienta predilecta para la criminalización de los defensores” de los migrantes. A modo de ejemplo, durante el “viacrucis del migrante” de 2015 las empresas de autobuses contratadas para transportar a migrantes y activistas recibieron llamadas intimidatorias, donde se amenazaba a los chóferes de ser acusados de tráfico de personas (Vargas, 2018, p. 125). Ese mismo año una mujer fue detenida y sentenciada a seis años de cárcel por alimentar a un grupo de migrantes hondureños (Torre, 2020, p. 57).

Asimismo, en octubre de 2018 los gobiernos de la región detuvieron, deportaron y criminalizaron como traficantes de migrantes a algunos defensores de derechos humanos que actuaron como portavoces de la caravana (Varela Varela-Huerta y McLean, 2019, p. 172; Torre, 2020, p. 55). A diferencia de los coyotes, que se benefician económicamente de los migrantes, los defensores de los derechos humanos, que caminan con la caravana, lo hacen de modo altruista. Por lo tanto, el intento de los estados de acusarles de formar parte de la delincuencia organizada trasnacional, al imputarles el delito de tráfico de migrantes, les coloca en la antítesis de la defensa de los derechos humanos, la civilización y la tolerancia. Un ejemplo de falta de tolerancia fue el intento por parte de las autoridades de Estados Unidos, México y Honduras por criminalizar las caravanas al vincularlas con actos ilícitos (Torre, 2020, p. 61).

La caravanización de la migración ha sido entendida por destacados defensores de los derechos humanos, académicos y medios de comunicación como un movimiento de naturaleza no orgánica ni espontánea, orquestado por una comunicación efectiva de rumores que indicaban que era posible ingresar en Estados Unidos a través de la petición de asilo. Bajo este esquema, las caravanas son definidas como un constructo promovido y financiado por grupos de poder político y económico, que emplean estratégicamente la vulnerabilidad de los migrantes para reorganizar la política regional, desestabilizar el gobierno de México y usufructuar tierras centroamericanas ricas en recursos naturales (Solalinde y Correa, 2019). Asimismo, una de las principales cadenas estadounidenses presentaba la caravana como una horda invasora de la soberanía nacional estadounidense, financiada por Soros y el gobierno de Venezuela (Fabregat, et al., 2020, p. 206). Uno de los entrevistados compartía esta opinión, al señalar que “para mí eso de la caravana fue una tregua para fastidiar y poner en apuros al presidente de la república” (Emilio, 2019).

Como contraste, la mayor parte de los académicos han definido la caravanización de la migración como un fenómeno autónomo, formado de modo natural a través de las redes sociales. La caravana es definida como un movimiento de explosión social de carácter espontáneo, que se moviliza para protegerse de los abusos del crimen organizado (Camus, 2020, p. 64). La caravana constituye un mecanismo de supervivencia y un ejercicio de autodefensa migrante (Varela-Huerta y McLean, 2019, p. 164), que ofrece tanto seguridad física (les protege de asaltos y ataques) como financiera (les permite moverse sin polleros) (Chávez, 2019, p. 12; Ruíz y Varela-Huerta, 2020, p. 96). Pradilla (2019, p. 63) dice que la migración no va a ser más gota a gota, sino masiva, porque de esta forma se elimina el pago a coyotes y al crimen organizado. En este marco la migración en caravana es entendida como la expresión de una autonomía ejercida por poblaciones desesperadas que huyen de la violencia y de la falta de oportunidades económicas en los lugares de expulsión, y que al hacerlo generan un nuevo tipo de subjetividad política que demanda el derecho al asilo, al refugio y a la libertad de circulación (Varela-Huerta y McLean, 2019, p. 182).

Metodología

Esta investigación está fundamentada en una metodología cualitativa. La técnica que se aplicó para recabar el material discursivo fue la entrevista en profundidad y el procedimiento utilizado para seleccionar la muestra fue el muestreo en cadena. El trabajo de campo se realizó entre julio de 2019 y marzo de 2020 en Tamaulipas y Nuevo León. Fueron entrevistados diez polleros, que desde finales de 2018 habían reclutado a migrantes centroamericanos que llegaron en las caravanas. Siete eran originarios de Tamaulipas, uno nació en Nuevo León, otro en San Luis Potosí y otro en Texas. Tenían edades comprendidas entre 32 y 45 años, y comenzaron a trabajar como polleros entre 2005 y 2016. Conducían migrantes mexicanos y centroamericanos, tanto varones como mujeres, hasta Estados Unidos. Ocho conducían migrantes hasta Texas, uno hasta Alabama y otro hasta Florida. Solo uno de los entrevistados conducía niños de poca edad. Las mujeres eran conducidas principalmente para el comercio sexual y los hombres para trabajar en la construcción o en la agricultura. Los polleros también trabajaban, en menor medida, para las redes sociales de los migrantes. Los polleros mexicanos conducían a los migrantes a través del río Bravo, y el tejano les ingresaba a Estados Unidos a través de los puentes aduanales con documentación apócrifa, documentación rentada, o escondidos en su vehículo. Los primeros cobraban tarifas que ascendían de 6 mil a 8 mil dólares, y el último obtenía ingresos de 10 a 15 mil dólares.

El diseño metodológico de esta investigación fue aprobado por el Comité de ética de la investigación del Cuerpo Académico ‘Migración, desarrollo y derechos humanos” de la Universidad Autónoma de Tamaulipas (2009). Se obtuvo el consentimiento de participación voluntaria en el estudio de forma oral. A los participantes se les explicó el propósito de esta investigación y la naturaleza voluntaria de su participación en el estudio. A los entrevistados se les indicó que sus nombres no serían utilizados en ninguna de las etapas de la investigación. Para asegurar el carácter confidencial y anónimo de los datos recabados a cada entrevistado le fue asignado un código, y los nombres utilizados son pseudónimos. Asimismo, para no influenciar su consentimiento, los entrevistados no recibieron incentivos económicos por participar en el estudio.

El impacto de la caravanización de la migración en las economías de tráfico humano

Las personas que migran solas planean el viaje durante semanas o meses, y cuando dejan su país venden sus posesiones, piden dinero prestado o cuentan con el apoyo económico de familiares. Como decía Carmelo (2019): “Por lo regular cuando ellos vienen es porque pueden venir, y han planeado todo, y han guardado o pedido dinero para venir, y pagan”. Por el contrario, los migrantes que se unieron a las caravanas lo hicieron de manera impulsiva, sin tiempo para planear el viaje. Salieron de sus países con las manos vacías. Mientras los primeros cuentan con cierta cantidad de dinero para pagar las tarifas de los polleros, los últimos carecen de recursos económicos. Como señalaba Emilio (2019): “Hay muchos, y muchos quieren ir, pero no tienen para pagar, si no tienen para comer, menos para pagar, y es que en ellos no se puede confiar tanto de que te llevo y me pagas”.

Los últimos meses de 2018 algunos de los polleros que trabajaban en el norte bajaron hasta el sur del país para seguir el recorrido de la caravana. Allí tratarían de convencer a los migrantes para que abandonasen la caravana. Como decía Paulino (2019): “Había polleros que estaban ahí [en la caravana] diciendo como seguía la ruta”. Silvia (2019) bajó hasta el sur a finales de 2018, y siguió el recorrido de la caravana para reclutar migrantes. Ella era mujer, y eso le permitió acercarse a los migrantes y ganarse su confianza. Como ella decía: “para mí es fácil llegar hasta donde están, mi condición de mujer en este trabajo me ha ayudado mucho porque confían más en las mujeres que en los hombres” (Silvia, 2019). Sin embargo, pronto se desanimaron y desistieron de reclutarlos en el sur debido a que su perfil difería del migrante laboral tradicional. A finales de 2018 Emilio (2019) bajó desde Tamaulipas hasta el sur con objeto de reclutar migrantes de la caravana. Pero pronto decidió que no valía la pena este esfuerzo. Como señalaba Emilio (2019): “de primero si fui, pero luego ya no fui porque miré el desinterés de ellos, que no quieren pagar”. Cuando les decía que su tarifa era de 8 mil dólares, rápidamente perdían el interés. Los entrevistados pronto se percataron de que lo más lucrativo era dejar que los migrantes se desprendiesen de la caravana y llegasen por su cuenta hasta la frontera noreste.

Aquellos que renuncian a la seguridad de la caravana y llegan hasta la frontera son los más interesados en recurrir a los polleros. Paulino (2019) decía que los migrantes de la caravana que arribaron a Tamaulipas: “llegaron como pudieron, unos en camiones de carga, en camionetas que les ayudaron a venir, como pudieron se hicieron llegar”. Cuando el migrante camina con la caravana está ilusionado, no suele hacer caso a los polleros, porque tiene la esperanza de cruzar legalmente, sin incurrir en gastos. Sin embargo, aquellos que se desprendieron de la caravana y llegaron a la frontera perdieron toda esperanza en entrar a Estados Unidos utilizando los cauces legales. Ellos poco a poco aceptan la idea de que únicamente podrán ingresar al país del norte pagando una elevada suma a un pollero. Como decía Tomás (2020): “Es más fácil convencerlos aquí [en Tamaulipas], que convencerlos en la frontera del sur”.

Los polleros del noreste no han implementado una estrategia proactiva de reclutamiento de migrantes de la caravana, sino más bien reactiva. Teodoro (2019) señalaba: “las personas me buscan a mí”. Llegaron centenares de migrantes centroamericanos a la frontera noreste; pero, muchos carecían de recursos. Por lo tanto, buscar a los migrantes y tratar de convencerles es una estrategia a veces menos efectiva que dejar que los centroamericanos den el primer paso. Cuando los migrantes encuentran un modo de pagar la tarifa que cobran los polleros, los buscan y negocian con ellos las condiciones del traslado a Estados Unidos. Los primeros pueden encontrar fácilmente a los últimos, ya que los polleros siempre frecuentan los mismos lugares. Uno de los entrevistados decía que encontrar a un pollero era tan sencillo como encontrar a una curandera o a una costurera, ya que todos saben dónde se encuentran. Como decía Paulino (2019) “somos muy conocidos, así populares, en ciertos lugares cualquiera nos conoce, porque nos movemos de un lugar a otro. Es como una costurera o curandera de la colonia, cualquiera sabe dónde encontrarla, porque la conocen, es lo mismo en este trabajo de pollero”.

La caravana no ha afectado a todos los polleros del mismo modo. Mientras algunos se han visto beneficiados por la caravana, otros han sido perjudicados. Como señalaba Isidoro (2019) “A mí me ha ido bien porque he estado trabajando más; pero algunos no han tenido trabajo porque para ellos son personas que no tienen para pagar”. Son los polleros que trabajan en la frontera sur, o aquellos que conducen a los migrantes desde el sur hasta el norte de México, quienes se han visto más desfavorecidos por la caravanización de la migración, ya que los migrantes que se unen a la caravana no necesitan que un guía les asista para cruzar la frontera sur. Emilio (2019) señalaba: “Los que trabajan en el sur han venido batallando mucho porque algunos migrantes llegan en las caravanas esas, y ya no pagan al pollero, y el pollero pierde”.

Gran parte de los migrantes que se unieron a las caravanas buscaban solicitar asilo. Sin embargo, los entrevistados decían que la única forma de llegar al norte era con un pollero. Los últimos solo esperan que los migrantes se den por vencidos y les busquen a ellos. Torre Cantalapiedra y Mariscal Nava (2020, p. 15) subrayaban que debido a la desinformación y a las incertidumbres sobre el proceso de asilo algunos migrantes que llegaron a Tijuana pensaban dirigirse a otras fronteras para intentar un cruce mediante el uso de coyotes. Como señalaba Emilio (2019): “Ellos quieren ir solos, buscar asilo en Estados Unidos, pero no se los dan, y no se los darán, les darán esperanzas, pero no los dejarán pasar. Aquí lo único es pagar al pollero que te haga que te lleve, es solo eso o no pasas”. Asimismo, Isidoro (2019) decía: “Los que han pasado han pagado al pollero que los pasa, solos no pasan, ni pasarán, ni por asilo, ni por nada”.

Otros migrantes llevaban tiempo planificando su viaje, pero no tenían suficientes recursos económicos. La caravana les dio el último empujón para emigrar, de modo que se separaron de la caravana al acercarse a la frontera, para recurrir a un coyote (Pradilla, 2019, p. 195). Los migrantes centroamericanos tienen que pagar tarifas que duplican el costo de las pagadas por los mexicanos, ya que atravesar el territorio mexicano es más costoso que cruzar la frontera estadounidense. París Pombo (2016, p. 166) a partir de un análisis de los datos de la Encuesta sobre Migración en la Frontera Sur de México mostraba que el costo medio a principios de la pasada década del tránsito por México, entre 3,033 y 3,620 dólares, era muy superior al costo de cruzar a Estados Unidos, entre 2,283 y 3,050 dólares. Por lo tanto, la caravana redujo el costo del pollero a la mitad. Emilio (2019) señalaba: “Aunque la caravana no es muy segura de llegar, muchos vienen en ella y la usan para avanzar al norte y pagar menos al pollero”.

Los polleros del noreste reclutan migrantes que se ajustan a uno de estos dos perfiles: i./ Personas desesperanzadas, que desisten de utilizar los cauces legales para entrar en Estados Unidos, y ii./ Migrantes para quienes la caravana precipitó sus planes de emigrar. Como señala Pradilla (2019, p. 212) algunos migrantes solo buscaban aprovechar el impulso de la caravana para llegar hasta el norte de México, con objeto de contactar con un pollero. No todos los migrantes que arrastrados por la caravana llegan al noreste reúnen el perfil buscado por los polleros; pero, entre centenares de nuevos migrantes no les es difícil encontrar a nuevos candidatos para ser conducidos al norte. Como aparece reflejado en los siguientes fragmentos, todos los entrevistados afirmaban que se habían visto beneficiados por la llegada de las caravanas, ya que se había multiplicado el número de personas que buscaban ser conducidas hasta Estados Unidos.


Para mi más bien que ha beneficiado, porque he agarrado a personas que venían en la caravana y eso me ha dado más trabajo para pasar al otro lado, más gente para trabajar con más necesidades (Isidoro, 2019).


A mí no me ha afectado, al contrario, me ha beneficiado porque he llevado a más hombres a Estados Unidos (…) Con esto de las caravanas ha sido de ayuda porque han llegado centroamericanos hasta acá, a la frontera, y de aquí los paso al otro lado (Leonardo, 2019).


Hay más trabajo con la gente de la caravana. Ellos han llegado aquí a la frontera, pero uno de pollero los pasa. Ellos solos no llegan a pasar porque hay que pagar para pasar (…) Han estado subiendo los números de las personas que quieren ir, son muchas más, y más por la caravana (Paulino, 2019).


Ha mejorado porque hay más personas que quieren ir, más porque han llegado centroamericanos que quieren cruzar la frontera, y ahí los polleros aprovechamos el trabajo (Teodoro, 2019).


A mí, en lo personal, me ha ido bien, porque muchas de las personas que he llevado de allí [de la caravana] han salido (Silvia, 2019).


A mí sí me ha ayudado de mucho la caravana, me ha facilitado el trabajo mío (Tomás, 2020).


Como resultado de la caravana, desde finales del año 2018 la actividad de los polleros del noreste experimentó un notable incremento. Los polleros realizaron viajes a Estados Unidos con mayor frecuencia. En algunos casos el número de clientes atendidos en 2019 duplicó a los conducidos el año anterior. Como decía Teodoro (2019): “Llego a ir una vez por mes, una fecha no la tengo. En 2018 iba una vez por dos meses, es decir cada 60 días iba, porque tardaba en buscar a las personas, pero fue más rápido este año”. Asimismo, Leonardo (2019) decía que en el año 2019 el número de clientes se incrementó en un cincuenta por ciento. Hasta el año 2018 conducía cuatro veces al año a un grupo de 12 a 13 migrantes hasta el Valle de Texas. Sin embargo, en 2019, debido al efecto de la caravana, este trayecto lo recorrió seis veces. Sobre todo, se incrementó el transporte subrepticio de mujeres al país del norte, ya que el perfil de los migrantes de las caravanas aparece muy feminizado. Además, las mujeres centroamericanas son más propensas a contratar los servicios de coyotes que los varones, y pagan tarifas más elevadas que los últimos (París Pombo, 2016, p. 166). Polleros que hasta 2018 habían conducido principalmente a varones mexicanos, a partir de finales de 2018 comenzaron a llevar de modo mayoritario mujeres centroamericanas. Como señalaba Paulino (2019): “He llevado a hombres, y mujeres también, pero más a hombres, son los que más estaban llegando a querer ir. Pero, con esto de las caravanas que han venido, he llevado a más mujeres en este año y finales del 2018”.

La apropiación del tiempo de trabajo excedente de los migrantes

La mayor parte de los migrantes de las caravanas que llegan a la frontera noreste carecen de recursos económicos. Sin embargo, esto no es óbice para que los polleros les conduzcan hasta el norte, ya que los migrantes pueden hacer uso del tiempo de trabajo excedente no remunerado salarialmente como moneda de cambio. De este modo, los migrantes adquieren una especie de contrato de crédito que se comprometen a devolver con trabajo futuro. Para Hume (1752, p. 12) el trabajo constituía la medida del valor de todas las cosas existentes en el mundo. Esta idea fue retomada por Adam Smith (1802, p. 44), que definía el trabajo como la medida real del valor de todas las mercancías, y asociaba el valor de toda clase de bienes con las penas y fatigas de adquirirlos, de modo que subrayaba que la riqueza de quienes estaban dispensados de estas fatigas emanaba de la cantidad adquirida de trabajo de otras personas. Este trabajo de otros fue conceptualizado por Marx (2001, p. 251) como trabajo excedente, que “se obtiene descontando de la jornada total el tiempo de trabajo necesario” para producir la fuerza de trabajo o reproducir su valor. Este se adquiere haciendo descender el salario del trabajador por debajo del valor de su fuerza de trabajo. Es decir, el trabajo excedente es una duración; es el resultado de sustraer de la jornada laboral el valor de la fuerza de trabajo. El tiempo de trabajo excedente puede incrementarse prolongando la jornada laboral o reduciendo el valor de la fuerza de trabajo (Marx, 2001, p. 252). Polleros y empleadores se apropian del tiempo de trabajo excedente de los migrantes a través de estos dos mecanismos: mediante la prolongación de las jornadas laborales y la reducción de salarios (Izcara, 2017b, p. 125). Los primeros lo hacen en la forma de pago por servicio y los últimos en la forma de deuda contraída (Izcara, 2019, p. 1223). Teodoro (2019) señalaba que, en 1999, cuando él comenzó a trabajar como ayudante de pollero, su trabajo consistía en dejar al migrante del otro lado. Por el contrario, en 2010, cuando él se hizo pollero, ya no operaba así. Los polleros trabajaban para empleadores estadounidenses, y los migrantes eran generalmente incorporados a empleos específicos. Como decía Teodoro (2019) “Antes se batallaba por parte de la gente, porque se iba y llegaba, y estaba buscando donde trabajar, ya no lo hacen así, es mejor conseguirles, decirles dónde trabajarán”.

Los polleros del noreste no suelen operar de modo independiente. Ellos trabajan para patrones, pseudo-agencias de empleo, encargados o empleadores, situados del otro lado de la frontera, que realizan un desembolso económico para adquirir trabajo excedente. Como decía Agustín (2019): “Ellos (los empleadores) pagan porque los lleven, y pagan porque invierten, y luego sacan con trabajo lo que han gastado”. Como se señala en este fragmento comprar trabajo excedente es una inversión lucrativa, que después de ser amortizada continúa generando dividendos durante un largo periodo. Todos los entrevistados recibían algún tipo de apoyo financiero de empleadores estadounidenses. Esto aparecía reflejado en expresiones como: “Algunas veces les ayudan los patrones, y se hacen responsables a pagar” (Carmelo, 2019), “Me animé a empezar a llevar gente porque los mismos patrones me lo pedían” (Emilio, 2019); “Los patrones quieren gente para trabajar, el mojado es más barato” (Isidoro, 2019) o “A veces les ayudan los patrones que les darán trabajo en Estados Unidos” (Teodoro, 2019). Esto explica que solo uno de los polleros condujese a niños prepuberales. Los entrevistados señalaban que llevar niños constituía una mala decisión de negocios porque su fuerza laboral carecía de valor; por lo tanto, no generaban trabajo excedente. Paulino (2019) decía que, aunque las caravanas trajeron a muchos niños, no les pasaba al norte porque “no te sirven para trabajo pesado, ni rudo”.

La fuerza de trabajo es un recurso tanto o más valioso para los polleros que el dinero. Cuando el migrante paga una tarifa y es entregado a un familiar, el beneficio económico solo se materializa una vez. Terminada la transacción el migrante deja de ser una fuente de ingresos. Como contraste, cuando el migrante compromete su fuerza laboral como forma de pago, el beneficio económico queda aplazado, pero presenta una mayor rentabilidad potencial. Por lo tanto, los polleros encuentran mayores beneficios trabajando para los empleadores que para las redes sociales de los migrantes.

Como señalaba Silvia (2019): “No los llevo porque allá está la hermana y se van a vivir con ella, por eso no los llevo, porque llevo a gente que trabaje, gente de guerra, con ganas de trabajar, y que vaya a producir, que sirva de algo en trabajo”. Cuando el migrante empeña su fuerza de trabajo como método de pago, tanto éste como el pollero asumen riesgos. El último asume el riesgo de que el migrante sea interceptado por las autoridades migratorias y deportado, o que escape sin pagar con su trabajo la deuda adquirida. El riesgo aceptado por el migrante es la pérdida de su libertad. Este se compromete a trabajar durante un largo periodo temporal para el empleador estadounidense que financió su traslado hasta Estados Unidos (Izcara, 2017a, p. 27). Durante este espacio de tiempo el migrante no podrá buscar otro empleo. Por lo tanto, a cambio de una pequeña suma, el empleador dispondrá de un trabajador fiel y dócil, que trabajará por un salario reducido. La deuda que contrae el migrante con el empleador constituye un mecanismo reductor del valor de la fuerza de trabajo que incrementa el trabajo excedente (Marx, 2001, p. 251). Las deudas pagaderas con trabajo futuro instauran una forma de trabajo cautivo (Izcara y Yamamoto, 2017, p. 1320) en una modalidad que guarda algunas similitudes con el peonaje por deudas, donde los terratenientes retenían a los peones en sus haciendas mediante un sistema de deudas perpetuado a través del crédito. Como señalaba Emilio (2019): “Cuando se llevan y les ayudan tienen que trabajar a donde han llegado, porque les han ayudado a ir, no pueden ser mal agradecidos de que les ayudaron y se vayan a otro lugar a trabajar, eso las personas lo saben”.

Al igual que los terratenientes decimonónicos, los empleadores estadounidenses han desarrollado mecanismos de sujeción del cuerpo del trabajador a través de contratos de crédito sin plazos definidos. Sin embargo, el sistema de deudas de las haciendas no es del todo comparable con las formas de endeudamiento de los migrantes con los patrones que pagan las tarifas de los polleros. En el primer caso, los créditos concedidos en las tiendas de raya estaban diseñados para evitar la extinción de la deuda contraída por los peones, y ocasionalmente las deudas eran transmitidas hereditariamente (Nickel, 1997, p. 107). Es decir, el valor de la fuerza de trabajo era prácticamente anulado y transformado en su casi totalidad en trabajo excedente. En el segundo caso, la deuda contraída por los migrantes representa el valor de la fuerza de trabajo de unas pocas semanas o meses. Asimismo, el valor de la fuerza de trabajo, lejos de quedar anulado, es relativamente elevado si se compara con el valor de ésta en los países de origen de los migrantes (Izcara, 2017c, p. 16).

El migrante podría pagar al empleador el importe de su deuda en un corto espacio temporal; pero, ni el primero ni el segundo tienen interés en apresurar la cancelación de la deuda. No es infrecuente que el migrante reciba solo un pequeño recorte semanal en su salario, de modo que su deuda puede prolongarse por años (Izcara, 2017b, p. 125). Esta situación favorece tanto al empleador, que prolonga la cancelación de la deuda, como al migrante, que puede enviar remesas a sus familiares desde la primera semana de trabajo. La diferencia entre los salarios cobrados por los migrantes endeudados y aquellos que pagaron su deuda no es muy elevada. Cuando el migrante termina de pagar la deuda contraída con el empleador su salario se torna más elevado (Andrade e Izcara, 2019, p. 20); pero, este incremento es moderado. A diferencia de los dueños de las haciendas, que necesitaban renovar de modo continuado la deuda para obtener la sujeción del cuerpo de los peones, los empleadores estadounidenses obtienen la sujeción del cuerpo de los migrantes aun después de haberse extinguido la deuda. Los trabajadores migratorios no suelen abandonar a los empleadores porque están satisfechos con sus salarios, y porque los lugares de trabajo les ofrecen un oasis de protección frente al acecho de las autoridades migratorias en el exterior.

Los entrevistados no escondían la falta de libertad de los migrantes que conducían a Estados Unidos. Sin embargo, en palabras de los polleros, se trataba de un secuestro o pérdida de la libertad benévolos. Los entrevistados subrayaban que los patrones estadounidenses eran buenos y trataban bien a los migrantes. Por lo tanto, pensaban que los últimos no deberían tener ningún deseo de abandonar a sus patrones. Como aparece reflejado en los siguientes fragmentos, la financiación del tráfico de migrantes permite a los empleadores estadounidenses disciplinar la fuerza laboral, a través de la eliminación de la disipación en la forma de ausentismo, tardanzas, pereza o nomadismo (Foucault, 2016, p. 223), para adquirir todo el tiempo del trabajador. Así, se reproducen sistemas de fijación de los individuos a los aparatos productivos que desaparecieron en Francia en 1870 (Foucault, 2016, p. 245).


No se pueden ir porque ahí tienen trabajo. No se les secuestra para que trabajen, pero sí se les trata bien y se les paga bien para que ellos no lleguen a irse (Teófilo, 2020).


No son libres, tienen que trabajar. Además, qué pueden pedir, qué más; pues, ahí tienen trabajo (…) Deben de trabajar ahí a donde se llevaron. Pero, están bien en donde trabajan, no les falta nada, no los maltratan, les pagan bien, están bien (Tomás, 2020).


La ética del trabajo es una de las características más valoradas por los polleros. En la actualidad tener dinero no es un requisito suficiente para ser transportado por un pollero, la capacidad del migrante para rendir en el trabajo es igual de importante. Como decía Paulino (2019): “No te conviene llevar a alguien que no te sirva estando en Estados Unidos, aunque te pague, tiene que rendir en el trabajo que vaya a hacer”. Asimismo, pagar la tarifa demandada por los polleros, muchas veces no libera, ni a las mujeres ni a los varones, del compromiso de trabajar para un empleador estadounidense, ya que los polleros, además de la tarifa pagada por los migrantes, reciben una compensación económica de los empleadores estadounidenses. Como señalaba Isidoro (2019): “Aunque terminen de pagar tienen que seguir trabajando, porque por eso se les ha llegado a ayudarles, para que sirvan al patrón, y el patrón gane por su trabajo”.

Los polleros no reprochaban a los migrantes de la caravana únicamente su pobreza; sino, sobre todo, su ociosidad, su indisposición para dejarse la vida en el trabajo. Los entrevistados diferenciaban entre los migrantes tradicionales, a los que calificaban como “personas de trabajo”, y los que, unidos a la caravana, venían en montón. A los primeros los veían como personas impulsadas por un deseo indeleble de salir adelante. Por el contrario, a los segundos los describían como personas sin propósitos claros. Los entrevistados decían que muchos de los migrantes que llegaron con las caravanas salieron a la aventura, únicamente se dejaron arrastrar por la multitud. No ahorraron, ni se endeudaron para llegar a México. Por lo tanto, carecían del espíritu de sacrificio, de abnegación, y de la ética del trabajo del migrante tradicional. Como decía Teófilo (2020): “Muchos es puro juego de los que vinieron en la caravana (…) No le echan ganas a trabajar, no ponen de su parte, no hay seriedad”. Cuando el pollero asume todo el riesgo debe cerciorarse de que el migrante estará comprometido con el trabajo que tendrá que realizar en el norte, ya que el medio de pago del migrante es el tiempo de trabajo excedente futuro que no será remunerado en forma de salario. Como señalaba Agustín (2019): “Otras veces se les ayuda y los ayuda el patrón que los emplea en trabajos. Cuando los patrones ayudan es porque los necesitan, por eso los ayudan; además, que los comprometen a que trabajen. Por eso los ayudan, es como ayudarse los mismos patrones con los trabajadores”.

Los empleadores estadounidenses buscan prolongar el tiempo de trabajo excedente. La forma más eficaz de lograrlo es a través de la reducción del tiempo de trabajo necesario para la reproducción de su valor por medio de un incremento de la capacidad productiva del trabajo (Marx, 2001, p. 252). Existe un sector económico, la industria del sexo, donde el tiempo de trabajo necesario para la reproducción de su valor puede reducirse de modo superlativo. Esto permite transformar en trabajo excedente casi toda la duración de la jornada laboral. Una trabajadora sexual reproduce en una pequeña fracción de la jornada laboral el valor de su fuerza de trabajo, ya que genera en poco tiempo de trabajo el valor de su salario. Esto explica que a partir de noviembre de 2018 los polleros del noreste comenzasen a conducir más mujeres que varones, e incrementasen de modo notable el número de viajes al norte. Las mujeres están más dispuestas a ser conducidas por polleros que los varones, y pagan tarifas más elevadas que los últimos, porque viajar con un guía implica menos riesgos (Izcara, 2017d).

Como decía Teodoro (2019) “Llevo más a mujeres que a hombres. Los hombres a veces por pagar menos prefieren arriesgarse a caminar”. La mayor predisposición de las mujeres a intercambiar seguridad por libertad ha conducido a un incremento del tráfico de mujeres para la prostitución. Los polleros del noreste se interesaron más en las mujeres que en los hombres que emigraron en las caravanas. En muchas de las entrevistas los polleros señalaban que las mujeres llegaban más fácilmente a acuerdos para ser transportadas al norte que los hombres. Esto aparecía reflejado en expresiones como: “Las mujeres jóvenes han batallado menos, y se han llevado más” (Emilio, 2019), “Se les ayuda cuando están comprometidos a trabajar, y pagar, y trabajar en lo que se les dice, sobre todo en las mujeres” (Isidoro, 2019) o “En la caravana vienen mujeres con ganas de ir a Estados Unidos, entonces eso me ayuda” (Paulino, 2019).

No todas las mujeres tienen el mismo valor para las economías de tráfico humano. Únicamente las más jóvenes despiertan el interés de los polleros. Las mujeres de más edad no son demandadas por la industria del sexo estadounidense porque generan poco tiempo de trabajo excedente (Izcara, 2020, p. 674). En cambio, las menores son muy apreciadas debido a la elevada capacidad productiva de su trabajo (Izcara y Andrade, 2016, p. 189). Así, las edades de las mujeres que siete de los entrevistados conducían para la prostitución estaban comprendidas entre 14 y 25 años. El mayor rendimiento del trabajo de las menores aparecía reflejado en expresiones como: “Al patrón le alegra que las lleve, y entre menos edad, más gusto, porque le va mejor, atienden a más clientes” (Teodoro, 2019) o “(las menores) valen más porque trabajan más y rinden más” (Silvia, 2019).

Algunas de las mujeres que llegan en la caravana tienen experiencia en el comercio sexual, otras tuvieron que prostituirse en México porque se quedaron sin dinero, otras quedaron varadas en las zonas más violentas del país. Estas circunstancias facilitan la labor de convencimiento de los polleros. Los últimos las envuelven con los enormes salarios que recibirán en el comercio sexual (Izcara, 2020, p. 676). Ante la disyuntiva de arriesgar su vida vagando sin rumbo, u obtener elevadas ganancias en la prostitución, algunas se decantan por la segunda opción. La amenaza o el uso de la fuerza no son elementos constitutivos del modo como operan las economías de tráfico humano. Los entrevistados insistían en que no utilizaban ni el engaño ni el fraude como mecanismos de reclutamiento de las mujeres destinadas a la industria del sexo. Esto aparecía reflejado en expresiones como: “Las mujeres cuando van saben que su trabajo será en lugares alegres” (Carmelo, 2019), “Sí lo saben, se les dice siempre, cuánto les pagarán, horas de trabajo y el trabajo que van a hacer, eso lo saben porque siempre lo preguntan antes de ir” (Emilio, 2019) o “Cuando ellas llegan a ir saben en qué trabajarán y el tiempo, también lo que se les pagará” (Isidoro, 2019).

Conclusión

La caravanización de la migración es un movimiento de explosión social de carácter espontáneo que ofrece cierta seguridad a los migrantes. Aquellos que viajan solos, o en pequeños grupos, deben realizar importantes desembolsos económicos para llegar a México y atravesar el territorio nacional, además corren un grave riesgo de ser secuestrados por la delincuencia organizada, o de ser aprehendidos por las autoridades migratorias y deportados. Por el contrario, los migrantes de las caravanas plantan cara tanto a las autoridades como a la delincuencia organizada. Al caminar juntos, respaldados por los medios de comunicación y las organizaciones defensoras de los derechos humanos, se encuentran protegidos de los ataques de la delincuencia organizada. Sin embargo, los más beneficiados por las caravanas son los polleros que operan en el norte del país. La disminución del costo de emigrar ha hecho que un mayor número de centroamericanos hayan emprendido la aventura migratoria. Por lo tanto, se ha multiplicado el número de potenciales clientes de las redes de tráfico humano.

Las redes de tráfico humano que operan en el noreste de México experimentaron un incremento sustancial de sus actividades a partir de noviembre de 2018. Muchos de los migrantes que se desplazan en caravana carecen de recursos económicos para pagar las elevadas tarifas cobradas por los polleros, de modo que los últimos han recurrido a la apropiación del tiempo de trabajo excedente de los primeros como forma de pago por el servicio prestado. Las trabajadoras sexuales son quienes producen en menos tiempo el valor de su fuerza de trabajo y quienes generan más tiempo de trabajo excedente. Por lo tanto, estas últimas se han convertido en clientes preferenciales de las economías de tráfico humano.

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Anexo: Entrevistas citadas en el texto.

Agustín, Traficante de migrantes de 32 años originario de Nuevo León, entrevistado en Monterrey (Nuevo León) en julio de 2019

Carmelo, Traficante de migrantes de 39 años originario de San Luis Potosí, entrevistado en Monterrey (Nuevo León) en julio de 2019

Emilio, Traficante de migrantes de 42 años originario de Tamaulipas, entrevistado en Reynosa (Tamaulipas) en diciembre de 2019

Isidoro, Traficante de migrantes de 37 años originario de Tamaulipas, entrevistado en Reynosa (Tamaulipas) en diciembre de 2019

Leonardo, Traficante de migrantes de 38 años originario de Tamaulipas, entrevistado en Reynosa (Tamaulipas) en diciembre de 2019

Paulino, Traficante de migrantes de 43 años originario de Tamaulipas, entrevistado en Matamoros (Tamaulipas) en diciembre de 2019

Silvia, Traficante de migrantes de 35 años originaria de Tamaulipas, entrevistada en Matamoros (Tamaulipas) en diciembre de 2019.

Teodoro, Traficante de migrantes de 40 años originario de Texas, entrevistado en Reynosa (Tamaulipas) en diciembre de 2019.

Teófilo, Traficante de migrantes de 45 años originario de Tamaulipas, entrevistado en Reynosa (Tamaulipas) en marzo de 2020.

Tomás, Traficante de migrantes de 45 años originario de Tamaulipas, entrevistado en Reynosa (Tamaulipas) en marzo de 2020.


Los nombres son pseudónimos.



Fecha de recepción: 10 de agosto de 2020

Fecha de aceptación: 24 de noviembre de 2020



DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v18i45.809


1 En este texto los vocablos “pollero, “coyote” y “traficante de migrantes” con utilizados como sinónimos.

* Este artículo es un producto del proyecto de investigación titulado “El impacto social del desplazamiento de migrantes en masa de forma clandestina y los derechos humanos”. Clave: INVUAT19-21.

** Profesor de Sociología adscrito a la Unidad Académica Multidisciplinaria de Ciencias, Educación y Humanidades de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, México.Y es miembro de Sistema Nacional de Investigadores (SNI 3). Correo electrónico: sp_izcara@yahoo.com; sizcara@uat.edu.mx

Volumen 18, Número 45, enero-abril, 2021, pp. 21-45

ISSN versión electrónica: 2594-1917

ISSN versión impresa: 1870-0063