De cómo el filósofo se levantó de su butaca para tomar la pista de carreras


Mario Alfredo Hernández*

Galán, F. (coord.). (2019). La fascinación del deporte. Cuerpo, práctica, juego y espectáculo. México: Navarra.


En el Fedón, el personaje que da título a la obra relata a Equécrates las últimas horas de vida de Sócrates en prisión, después de haber sido sentenciado y teniendo que esperar la aplicación de la cicuta al paso de una festividad religiosa. Entonces los amigos van a su encuentro, esperando hallarlo maldiciendo a los dioses por su destino injusto; pero, en vez de esto, Sócrates está en paz, tranquilo y liberado de los grilletes pues ha declarado su intención de no escapar de la ciudad. Cuando los discípulos preguntan la razón, Sócrates responde que no hay nada mejor para el filósofo que morir, que de hecho la filosofía es un permanente ejercicio de preparación para la muerte y que quienes la practican tienen de hecho ya el color del cuerpo sin vida. Con esta afirmación, Platón habría excluido como objeto de interés para la filosofía al cuerpo, sus actividades lúdicas y, en general, cualquier preocupación por escudriñar la manera en que éste habita el mundo con otras personas también con corporalidades que sienten, sufren y experimentan placer. Más aún, de su república ideal, de aquella forma de gobierno que encabeza el rey filósofo, están excluidos los poetas, los músicos y los comediantes porque con su arte, dirigido a complacer los sentidos y la imaginación, presuponen y afianzan la relación entre el cuerpo y el mundo, cuando la filosofía es un ejercicio precisamente en la dirección contraria.

Entre otras razones, la caracterización de la filosofía como ensayo para la muerte y la conversión de la desconfianza respecto de los sentidos en metodología de investigación, fue una de las razones para el tardío reconocimiento de la estética como disciplina filosófica legítima. En efecto, fue hasta el siglo XVIII cuando ocurrió la reivindicación de la estética como una disciplina que explora los contornos de la subjetividad, y más particularmente del entendimiento, en relación con objetos que se localizan espacial y temporalmente por medio de los sentidos, tales como el arte, la emoción y el espectáculo, que permiten al ser humano atisbar la posibilidad de realizar su propia naturaleza en un mundo cuyo orden sería producto de la percepción y no de la intelección. Así, por ejemplo, para Immanuel Kant, el contacto con objetos de la naturaleza que emocionan al ser humano sin que haya una razón de utilidad en ello, permite al entendimiento levantarse por encima de los límites de los sentidos y suponer la unidad armónica entre el observador, el mundo observado y los ideales de belleza y regularidad. Cierto es que, como han señalado filósofos con un sentido del arte más pronunciado desde Hegel hasta Danto, Kant no era un filósofo particularmente interesado en la creación o el espectáculo, pero también es verdad que su impronta en la estética permitió poner entre paréntesis la presunción platónica en el sentido de que la filosofía es un ensayo para la muerte.

Precisamente, el libro colectivo La fascinación del deporte. Cuerpo, práctica, juego y espectáculo, coordinado por Francisco Galán Vélez, surge en este suelo fértil de la reflexión filosófica sobre el cuerpo, los sentidos y la emoción estética como elementos definitorios de la otra gran actividad además del arte, es decir, la práctica del deporte, que también carece de utilidad en sentido convencional. Por una parte, Galán Vélez y los autores convocados utilizan de manera creativa una literatura más bien diseminada en muchas áreas de interés filosófico y en la que destacan los trabajos de Norbert Elias, Johan Huizinga, Roger Caillois, Georges Vigarello o Simon Critchley, para construir sus objetos de estudio, que van desde el deporte como práctica social, dinámica de integración, ceremonia lúdica y despliegue de posiciones de poder previamente constituidas hasta las experiencias místicas y sublimes relacionadas con el redescubrimiento de la subjetividad vinculada a un cuerpo que piensa y transpira en contextos particulares, aunque no siempre favorables a lo lúdico. Por otra parte, Galán Velez expone en la Introducción a la obra colectiva lo que se adivina como una provocación para las y los autores convocados, y que funciona como metodología ordenadora, a saber, las intuiciones de John Hargreaves sobre las dimensiones del deporte como objeto de indagación filosófica. En este sentido, el deporte es, de manera simultánea, juego, actividad normada, motivo de emoción en vista de lo incierto de sus resultados, ámbito de coincidencia en vista de su dramatismo social, horizonte simbólico y ritual y exaltación del cuerpo. En lo que sigue, propongo una clasificación de los textos colectados en este libro a partir de este esquema propuesto por Hargreaves.

Primero, el deporte como juego. Aquí lo que se destaca es el potencial subversivo del deporte respecto de la evolución de la racionalidad occidental que la ha identificado con la razón instrumental y que ha considerado como secundarias todas las actividades que no producen plusvalía y no refuerzan el resultante sistema de privilegios y asimetrías. Paradójicamente es este orden social el que nos ha acostumbrado a observar al espacio de los derechos y las oportunidades como una cancha de juego que, en principio, no excluye a nadie. Nos implicamos en el juego, efectivamente, porque queremos ganar y porque queremos demostrar que aún siendo adultos podemos recuperar la suspensión de la incredulidad que caracteriza a los niños; pero también nos involucramos en el juego porque sabemos que los fingimientos y las teatralidades que llevan a los chicos a fusilar a otros en el paredón, a tomar el papel de los millonarios que deciden tratos que incrementarán su fortuna o a pensarse ellos mismos en profesiones que podrían ser o no las definitivas, constituyen todas ellas dinámicas que les permiten experimentar con la subjetividad y las tecnologías del yo. Como escribió Cortázar, jugar es una actividad muy grave que requiere retomar la original ligereza del espíritu; y se podría añadir a la luz de las aportaciones de este libro, jugar es una actividad muy grave que requiere experimentar con nuestros cuerpos y subjetividades como si de hecho fuéramos libres. Así, en este eje se podrían ubicar estos trabajos: Correr en círculos. Las carreras de larga distancia y el origen de la filosofía, de Javier Martínez; Juego o deporte, de Fernando Auciello; y Profesionalización, medios de comunicación y victoria en el futbol profesional actual, de Eduardo de la Paz.

En segundo lugar, está el deporte como actividad normada. Desde este punto de vista se pone de manifiesto que, para jugar, se necesitan reglas que delimiten un espacio de interacción, roles de participación, así como posibilidades y penalidades en el desarrollo de la actividad lúdica. De hecho, no es casual que las teorías de la justicia de inspiración rawlsiana tomen como premisa la idea de juego limpio, juego justo o juego imparcial. Esto como el ethos social que sería resultado de observar a las instituciones como árbitros que asignan porciones de los bienes que todos queremos y, de manera complementaria, a los acuerdos justos de cooperación como producto de la puesta en juego de las excelencias perfomativas de ciudadanos que aceptan los principios de justicia que benefician a todos. Quizá, como se afirma en el libro, decidir reglas entre iguales cuando somos pequeños nos prepara para seleccionar las reglas de cooperación entre adultos que suponemos con la misma racionalidad y capacidad deliberativa, pero que están lastrados por profundas desigualdades históricamente acumuladas. Más aún, la experiencia de las instituciones como restricción de la voluntad empieza a prefigurarse en la infancia a través de los castigos a quienes rompen las reglas del juego y se actualiza en los espacios lúdicos que, para poder existir, reclaman penalizaciones a quienes se piensan a sí mismos como portadores de la prerrogativa de desconocer las normas comunes. De alguna manera, la idea del juego y el espacio normativo que define éste, permiten escenificar en lo cotidiano aquella caracterización kantiana del mal radical como la tentación a pensarse uno mismo a partir de la excepción a la regla que debería valer para todos los demás. En este eje se sitúan los ensayos de Óscar Mendiola, Artes marciales y sus códigos de valores; de Daniela Pérez Michel y María Covadonga Soto, Género y deporte; de Mauricio Nakash, Panóptico Field; y de José Luis Barrios, El deporte: paradojas de su representación.

Luego, está la idea del deporte como emoción. Habría que señalar que, si la estética constituyó a la conmoción y al placer como rasgos distintivos de las experiencias que se relacionan con la dimensión no utilitaria del mundo, esto derivó en una reflexión sobre el juicio de gusto. En este sentido es que se pudieron formular preguntas como ésta: ¿qué es lo que permite vincular a la emoción que nos provocan motivos tan distintos como las pinturas rupestres de Altamira, los cuadro negros de Goya o la música electrónica de Karftwerk? Una primera respuesta indica que lo que vincula a todas estas experiencias es la subjetividad que se emociona con dichos objetos y busca fundamentar ese gusto de una forma tal que su opinión pudiera concitar el consenso amplio, más allá del tiempo y espacio que condicionan las experiencias estéticas más profundas y placenteras. No obstante, enjuiciar al arte implica una cierta dosis de autoritarismo imposible de soslayar desde la individuación que el placer estético promueve. Pero es en el campo del juego donde, desde la perspectiva de este libro, se mantiene el margen para la indeterminación y el azar que amenazan con sabotear los juicios estéticos. Nos emocionamos porque ganamos una partida de dominó no sólo porque esto demuestra nuestra habilidad con las fichas, sino porque reconocemos la buena fortuna para que nos tocarán las combinaciones adecuadas. Precisamente, es esa emoción que tiene un componente azaroso la que desafía la integración de los juicios estéticos como ejercicio de la razón que busca traspasar los propios límites de su capacidad normativa. Y hay que recordar que jugar a traspasar los límites que nos constriñen –jugar a volar, a nadar entre tiburones sin riesgo o a poder viajar en el tiempo– es un rasgo profundamente humano del entendimiento, aunque revele su propia falibilidad. De esto se ocupan los textos Azar y juego, de Francisco Castro; Al final sólo queda la frialdad de los números: el béisbol, la actualidad y la posibilidad de lo real, de Francisco Galán; y En la tierra de los ciegos al dolor: descifrando el deporte del rugby, de Paula Arizmendi.

Otro eje es el que destaca al juego como tópico de la vida pública. Frecuentemente el gremio de filósofos se dividen entre quienes afirman públicamente y con orgullo no ser espectadores de ningún deporte y quienes, por otra parte, desconfían de quienes nunca han llorado por el equipo derrotado o la puntuación casi perfecta en unos Juegos Olímpicos. Pero luego se establece una nueva frontera: ahora la que separa a quienes apoyan a un equipo de futbol incluso si no ha ganado en los últimos años y quienes, en el otro extremo, están cerca de los clubes siempre victoriosos que acaparan patrocinios. El deporte nos une y separa de la multitud, para después volver a seccionarnos en grupos que parecen incapaces de transformar sus conflictos a muerte en la cancha en conflictos relativos a resolverse en la arena democrática. Se trata del deporte como motivo de armonía o disonancia en la vida pública, que anticipa la experiencia del conflicto heroico o trágico según encontremos las maneras o no de procesarlo en democracia; pero, también, la arena deportiva evoca en nuestros paisajes políticos muy lejanos del ilustrado siglo XVIII la posibilidad de la acción conjunta y la rebelión guiada por pasiones más reales y encarnizadas que aquél pretendido patriotismo de la Constitución anhelado por Habermas. Alrededor de este eje de reflexión es que se pueden localizar los ensayos Reflexiones acerca del fútbol, lo político y la revolución, de Dante Ariel Aragón; ¿La atracción restringida por la ética? Cómo los eventos atléticos atraen a sus espectadores, de Hans Ulrich Gumbrecht; y Más allá de la velocidad. El mundo de la Fórmula 1, de Luis Guerrero Martínez.

Un quinto eje de este volumen coloca al juego como mundo simbólico. Esto implica observar a las actividades deportivas como depositarias y reproductoras de diversos universos de sentido que van articulando sus practicantes, espectadores e intérpretes. Si Max Weber afirmó que la modernidad era, en buena medida, un proceso que implicaba desencantar el mundo e instalar a la ciencia como modelos de explicación socialmente legitimados, la práctica deportiva va a contracorriente dado que exalta la imaginación colectiva respecto de mejores formas de integración social que las que la modernidad tardía ha decantado a partir de los imperativos del capital y del mercado. Además, un mundo reencantado por el deporte permite observar a las fronteras y los enclaves excluyentes como lo que realmente son, es decir, como construcciones históricas que pueden ser desmontadas y reformuladas en un sentido más inclusivo e igualitario. No es posible pensar en el deporte como expresión política sin recordar, por ejemplo, el campeonato nacional de Rugby que, en 1995, inspiró la unidad sudafricana bajo el gobierno de Nelson Mandela, las sucesivas incursiones en los mundiales de fútbol de la selección croata en las postrimerías de la Guerra de los Balcanes o en el cabezazo de Zinedine Zidane por insultos racista en la cancha. En este sentido, habitar el mundo simbólico del deporte es también reconocer que existen una serie de rituales y procesos de adscripción grupal que nos permiten reconocernos a nosotros mismos en la interacción con los otros y en un campo potencialmente tan fraterno como el del juego y la imaginación. De esto tratan los textos de Adrián Gómez Farías, Alpinismo y mística, de Diana Plaza Martín, De bailarinas a acróbatas. Ética, estética y política en la gimnasia artística femenina; y El dolor de los ciclistas profesionales durante el Tour de France: un vistazo desde la estética, de Priscila Requiao Lessa, André Mendes y Marcelo Moraes.

Finalmente, está el eje que identifica al juego con la exaltación del cuerpo. Observar un deporte y practicarlo no son la misma cosa. De hecho, el cuerpo de actores y espectadores del ejercicio suele ser radicalmente distinto y, por ello mismo, es inevitable que la localización del deporte como materia filosófica derive en una reflexión sobre la corporalidad. La fascinación colectiva por el deporte tiene que ver, por una parte, con observar que la excelencia del cuerpo es posible si se le educa, disciplina y alimenta de manera adecuada. En este caso, el deporte no sólo se convierte en el espectáculo de la destreza sobrehumana sino, también, en un recordatorio de que dicho esplendor es pasajero. Mucho se ha dicho que la fascinación de la afición por futbolistas como Diego Armando Maradona, Cuauhtémoc Blanco o Eric Cantona tiene que ver con la constatación de que los cuerpo promedio, muy lejanos de los parámetros de fortaleza que se requieren para asistir por ejemplo a los Juegos Olímpicos, también pueden ser objeto de admiración deportiva. También hay otro tipo de fascinación por cuerpos como los de Michael Phelps, Caster Semenya o Pau Gasol, que percibimos han sido diseñados exclusivamente para las competencias de más alto nivel y que parecerían difícil de habitar en el mundo común. En cualquier caso, el deporte se convierte en un nuevo ámbito de iteración para la milenaria fascinación, en su vertiente de aceptación o rechazo, de la filosofía por el cuerpo. En esta línea de reflexión ubicamos los ensayos de Gibrán Larrauri, Aproximaciones al caminar de Freud; de Fernando Aurelio López, El yoga: de la espiritualidad al fitness, y el de Genevieve Galán, Consideraciones históricas en torno al ejercicio físico y su vínculo con el desarrollo corporal, mental y moral.

Para finalizar quisiera señalar una utilidad de este libro en torno a la complejidad del deporte como objeto de estudio filosófico y que es de interés para los derechos humanos. Como señalaba Kant, cuando se produce una disonancia entre los problemas que plantea la realidad y la teoría que utilizamos para comprenderlos, no debe renunciarse a ésta última sino, al contrario, hacer uso de más teoría. Una de las funciones de la filosofía, en el contexto de sociedades democráticas con instituciones de bajo rendimiento social como la nuestra, es crear condiciones discursivas para los consensos sociales y políticos. La tarea de observar y localizar conceptualmente un objeto de estudio nos permite, en este sentido, delimitar sus contornos, establecer las condiciones discursivas para su emergencia y, en consecuencia, pronunciarnos críticamente en torno a las expectativas que se han depositado en dicho objeto. De la lectura en conjunto de los ensayos que integran La fascinación del deporte se obtiene una visión muy compleja sobre este fenómeno, los actores que involucra, el tejido social necesario para hacerlo posible y la manera en que debería ser un elemento central de los proyectos de vida individuales y colectivos. Me parece que no es exagerado señalar que estas reflexiones necesariamente nos conducen al planteamiento de la importancia de un derecho al deporte, la recreación y la cultura como elementos fundamentales de las sociedades democráticas. El acceso a un derecho como éste se ha enfrentado en los últimos años con una precarización de los espacios públicos, a una disminución de la oferta cultural al alcance de la ciudadanía y con una reducción de la recreación y el deporte a servicios disponibles para quiénes puedan pagarlos. Pensar seriamente al deporte desde la filosofía y la reflexividad sobre el espacio social donde ocurre, también implica desafiar la visión entronizada acerca de que lo que nos vuelve humanos es la capacidad de ser productivos. Al contrario, el descanso, la recreación, el libre juego del cuerpo y la imaginación deberían hacernos pensar en todas las cargas laborales y sociales que aceptamos y que nos han arrebatado la posibilidad de desplegar nuestra subjetividad a través del deporte. Si, como señaló Hannah Arendt, la experiencia de enjuiciar libremente el arte y la belleza puede anticipar una cierta noción de la libertad política, también podríamos afirmar junto con las y los autores de este libro, que la experiencia de desplegarse libre y lúdicamente las subjetividades y corporalidades en el espacio deportivo podría prefigurar, por fin, un mundo donde la racionalidad no sea exclusivamente racionalidad instrumental.



DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v18i45.832

* Profesor en la Universidad Autónoma de Tlaxcala, México. Correo electrónico: fumador1717@yahoo.com

Volumen 18, Número 45, enero-abril, 2021, pp. 565-572

ISSN versión electrónica: 2594-1917

ISSN versión impresa: 1870-0063