DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v18i46.840


La posverdad. Una guía introductoria


Dante Avaro*

Resumen. Este trabajo explora bajo qué circunstancias específicas la posverdad erosiona la legitimidad democrática. Primero, argumenta que la posverdad y las verdades empíricas convive en un frágil equilibrio epistémico. Segundo, identifica tres circunstancias a partir de las cuales la posverdad puede inclinar la balanza a su favor y dominar, por tanto, la escena pública. Tercero, señala que la pérdida de legitimidad democrática resulta mayor cuando la posverdad se asocia a conductas políticas despreocupadas por el error.

Palabras clave. Democracia, posverdad, episteme, expertise, decisiones autoritativas.

The post truth. an introductory guide

Abstract. In this paper, I explore under what specific circumstances post-truth undermines democratic legitimacy. First, I argue that post-truth and empirical truths coexist in a fragile epistemic balance. Second, I identify three situations from which post-truth can tip the balance to your advantage and thus dominate the public scene. Third, I point out that the loss of democratic legitimacy is greater when post-truth is associated with political conduct unconcerned by error.

Key words. Democracy, post truth, episteme, expertise, authoritative decisions.

Presentación

La posverdad se convirtió en una etiqueta paragua. Nacida del barbecho de la tercera ola democrática, la posverdad creció vigorosa bajo el devenir de los actuales ciclos populistas-anti populistas hasta volverse no sólo visible sino popular. Trascendió los círculos académicos y periodísticos especializados y se convirtió en tema dilecto de varios públicos que conforman la opinión pública de las democracias contemporáneas.

La posverdad, siendo difícil aseverar si a consecuencia de su popularidad o motivada por su búsqueda, se convirtió en un laberinto, resulta que hay más caminos que definiciones. Para no extraviarme me detengo en un sendero inicial que se bifurca: por un lado, está el asunto de cómo se relaciona la posverdad con los actuales procesos de des-democratización, por otro, se intuye que existe algún tipo de relación entre la posverdad con la deslegitimación democrática. Aquí me ocuparé del segundo.

Mi propósito consiste en asir la intuición antedicha mediante una red analítica-conceptual que además de echar un poco más de luz sobre la posverdad sirva no sólo para identificar lo coyuntural (p.e. el rol controversial atribuido a los liderazgos populistas), sino que preste la suficiente atención al asunto de cómo la “verdad” es necesaria para que la democracia haga su trabajo (Galston, 2011).

El trabajo se estructura así, en la sección 1 recupero antecedentes recientes sobre el asunto de la posverdad y su relación con la deslegitimación democrática, esto me permite ubicar a la posverdad en el terreno de la división epistémica del trabajo democrático.1 En las siguiente tres secciones describo no sólo como una nueva infraestructura moldea a la posverdad, sino cómo estas nuevas condiciones se convierten en condicionantes para la vida y supervivencia de los enunciados fácticos o verdades empíricas. En las secciones 5 y 6 argumento que la posverdad es un asunto con el que las democracias tienen que lidiar. Así, el alimento de aquella (pasiones, sentimientos, estados de ánimo, etc.) no sólo son parte del frágil equilibrio de la división epistémica del trabajo democrático, también están presentes en las disputas sobre las evidencias utilizadas para fundamentar las decisiones autoritativas. Finalmente, en la sección 7, sugiero que cuando la posverdad hace mancuerna con el error, i.e. la sistemática despreocupación por el experimentalismo, se incrementan las chances para la activación de procesos de deslegitimación democrática.

Introducción

Para iniciar el tránsito por el sendero escogido parto de la tesis propuesta por Muirhead y Rosenblum (2019) y que puede, para entrar rápidamente en asunto, sintetizarse así: la posverdad desencadena o activa un proceso de deslegitimación de la democracia. A continuación, expongo las principales proposiciones defendidas por Muirhead y Rosenblum (2019) y las presento siguiendo mis propósitos.


a) Despreocupación por las enunciaciones fácticas


La posverdad se asienta sobre una conspiración sin teoría, es decir, una lógica del rumor particular e históricamente delimitada. Muirhead y Rosenblum (2019, Cap. 1) denominan esta peculiar conspiración como “la gente anda diciendo”. Este proceso no sólo construye un discurso impersonal y vaciado de responsabilidad, sino fundamentalmente porque la despreocupación por las enunciaciones fácticas hace que los políticos no respondan ante los hechos que la realidad les impone (Muirhead y Rosenblum, 2019, Cap. 3).


b) Acostumbramiento a la sistemática despreocupación por las enunciaciones fácticas


Muirhead y Rosenblum (2019, Cap. 3) toman de Lifton (2017) el concepto de “normalidad maligna” para retratar cómo los ciudadanos terminan acomodándose a procesos distorsionados e invertidos. La naturalización de lo “maligno”, es decir, los efectos de la despreocupación por las enunciaciones fácticas, no sólo genera una rutinización destructiva, sino un efecto deslegitimador sobre ciertos procesos e instituciones democráticas en la vida real.


c) Deslegitimación, no desconfianza


Una vez que los miembros de la sociedad política aceptan despreocuparse por las enunciaciones fácticas y se acostumbran a ese mundo de “charlatanería” lo que resulta no es necesariamente una desconfianza hacia el gobierno, sino, inevitablemente, un proceso de deslegitimación de la democracia. La posverdad termina minando la democracia porque ataca a las instituciones y prácticas que hacen funcionar la democracia (Muirhead y Rosenblum, 2019, Cap. 1), especialmente al expertise y la producción de conocimiento en las instituciones democráticas (Muirhead y Rosenblum, 2019, Cap. 5).

Así, la tesis de que la posverdad desencadena o activa un proceso de deslegitimación de la democracia inicia con la descripción de una creciente despreocupación por las verdades empíricas, luego pasa por su acostumbramiento, hasta llegar a la pérdida de legitimidad democrática, al menos de aquellas instituciones que requieren de las verdades empíricas para hacer que la democracia funcione. Sin embargo, dicha tesis requiere una proposición preliminar, la etiqueto como equilibrio frágil y la presento. Las enunciaciones fácticas cumplen un rol esencial en el escepticismo (Muirhead y Rosenblum, 2019, Cap. 5) y éste en la democracia (Frankfurt, 2006), sin embargo, no hay que olvidar que en política no todo se trata de expertise, sino también lo que sabemos por experiencia (Muirhead y Rosenblum, 2019, Cap. 6), si no fuera así no tendría cabida ni la comprensión ni el juicio político (Arendt, 1996, Cap. VII; Rosenfeld, 2011). Así, la posverdad pelea codo a codo con los enunciados fácticos bajo un fiel que se mueve constantemente: ora se inclina a un excesivo escepticismo, ora contar con demasiado poco.

Lo relevante de la tesis de Muirhead y Rosenblum (2019) consiste, tal y como la reconstruí, en que un mismo interruptor sirve tanto para activar los procesos deslegitimadores de la democracia como para restarle energía a la posverdad. No sólo sirve para evitar un desborde del sentido común frente a lo epistémico, sino también su reverso, las salidas epistocráticas puras. Sin embargo, además de ser único, el interruptor está montado, si se me permite la expresión, sobre un tablero histórico de chispas y cortocircuitos (doxa vs episteme, sentido común vs episteme, hechos y. valores, expertos vs no expertos, entre otros). Este interruptor, en las democracias contemporáneas, tiene que funcionar a pesar de los cortocircuitos, por esa razón me referiré a él de ahora en más como la frágil división epistémica del trabajo democrático. Este equilibrio resulta del trabajo complementario entre las enunciaciones fácticas y el escepticismo junto al sentido común, o si se prefiere, al trabajo especializado pero cooperativo que se da entre lo experto y lo que sabemos por experiencia. Cuando el escepticismo y las enunciaciones fácticas que le anteceden tienen poco peso, las verdades empíricas pueden llegar a ser desplazadas por pasiones, sentimientos y creencias. Y al revés, éstas últimas pueden ser la reacción natural a una apelación excesiva del expertise por parte de la democracia.

La frágil división epistémica del trabajo democrático trata de capturar la siguiente situación: los enunciados fácticos, las evidencias y las verdades empíricas si quieren trabajar a favor de la democracia y de las decisiones autoritativas fundadas tienen que lidiar con la posverdad. De otra forma, la posverdad no está fuera del equilibrio, lo habita. En este sentido, la división epistémica del trabajo democrático retrata a la “verdad” como un asunto que se dirime bajo legitimidades parciales, quizá insuficientes, aun así, la legitimidad y confianza en las instituciones democráticas es todo lo que tenemos y está, en última instancia, garantizada a través de ese frágil equilibrio.

Por otra parte, la posverdad, a través de diferentes correas de transmisión, siempre acecha al frágil equilibrio. Como lo habita, tiene la posibilidad, si se dan ciertas circunstancias, de romper o alterar los equilibrios frágiles, generando, así, un debilitamiento o pérdida de legitimidad, es decir, las legitimidades parciales se deterioran y las instituciones democráticas se deslegitiman. Así, la ambiciosa tarea de explicar cómo la posverdad genera pérdidas de legitimidad democrática, la propuesta original de Muirhead y Rosenblum (2019), queda acotada a cómo la posverdad, de mediar ciertas circunstancias, puede influir (negativamente) en los equilibrios de la división epistémica del trabajo democrático. A continuación, presentaré las correas de transmisión, luego volveré a la situación del equilibrio frágil, finalmente, concluyo con algunas consideraciones generales sobre la relación entre la posverdad y el populismo.

Nueva infraestructura

En 2016 el Diccionario de Oxford definió a la posverdad como un asunto relacionado con o denotando circunstancias “en las que los hechos objetivos tienen menos influencia en la formación de la opinión pública que las apelaciones a las emociones y creencias personales”.2 Lo interesante de esta definición es que el conflicto con los enunciados fácticos no recae en la conocida suposición de la existencia de los razonamientos motivados, sino, más bien, en que las emociones, sentimientos y creencias personales han encontrado “nuevos” vehículos o medios para sustituir a las verdades intersubjetivamente compartidas en la esfera pública. A este asunto lo denomino nueva infraestructura al servicio de la posverdad. Una nueva tecnología se vuelve ubicua cuando ya se ha convertido en infraestructura que soporta nuestra vida cotidiana, eso ha sucedido con los sistemas de inteligencia artificial (Howard, 2015). Ahora preciso: la nueva infraestructura que se encuentra al servicio de la posverdad no es otra cosa que complejos sistemas de inteligencia artificial que extraen datos y registran comportamiento de los humanos y de éstos con las cosas (internet de las cosas), además de almacenar, jerarquizar y disponer con fines predictivos emociones, sentimientos y pasiones. Sintetizando: sistemas de traqueo atravesados por miles de “máquinas predictivas” (Agrawal, et al., 2019).

Russell (2004, p. 1) sugirió, de manera sobria, que no resulta deseable creer en una proposición cuando no hay ningún fundamento para hacerlo, también añadió, que si esta práctica se popularizara la actividad política cambiaría radicalmente. Básicamente Russell, gracias a su aguda sutileza, estaba diciendo que en el mundo de la política reinaban las pasiones y creencias personales. Tanto la cuestión del “razonamiento motivado” y el “sesgo implícito” ya fue advertida, oportunamente, por Hume, Montaigne y gran parte de los moralistas franceses, sin embargo, ahora tenemos más pruebas científicas sobre este retorcido asunto (Haidt, 2018). Sea a causa de condicionantes biológicos o una combinación de éstos con cierto tipo umbrales culturales, los humanos somos bastantes propensos a utilizar las pasiones y sentimientos para estructurar nuestras creencias y justificar nuestras acciones.

Así, no resulta extraño que las circunstancias en donde tienen que consolidarse los enunciados fácticos resultan bastante adversas. Basta un pequeño empujón para desequilibrar la balanza en favor de la posverdad. Y ese empujón proviene, dentro del gran paraguas de los sistemas de inteligencia artificial, de las redes sociales y su hibridación con los medios de comunicación tradicionales. Resumo, en este asunto de la posverdad resulta no sólo una simplificación afirmar que “sale la verdad, entra la emoción” (d’Ancona, 2017), sino también un error, porque, entre otras cosas, las emociones, pasiones y sentimientos nunca nos han abandonado. Solamente han encontrado, lo que no es poco, nuevos artefactos para salir a flote en la esfera pública. Así, los sistemas de inteligencia artificial no sólo sirven para relevar preferencias, también son útiles para observar conductas y ofrecer estímulos. Khanna (2017), analizando el proceso del Brexit, sugiere la existencia de una especie de “tecnocracia directa” que, por medio de un método ubicuo pero invisible en términos intrusivos, tiene la posibilidad de “empujar” a los ciudadanos en la dirección en la que ya están inclinados. Me refiero a este asunto, de manera más genérica, como ecosistemas de atención.

Ecosistemas de atención

La disputa entre la posverdad y los enunciados fácticos se asienta y desarrolla en una infraestructura a partir de la cual percibimos tres estados o propiedades: tiempo extra, abundancia y personalización. Las redes sociales en general y la nueva industria del entretenimiento en particular evolucionaron hacia un modelo que sólo compite de manera marginal con las actividades previas a la web 2.0, la competencia real es contra el sueño y como ha dicho uno de los fundadores de Netflix “quién quiere dormir” (Peirano, 2019). “Actualizar” y “deslizar” una y otra vez no sólo refuerza la existencia de un tiempo extra, sino que mantiene el umbral de saturación cada vez más alto, puesto que la recompensa se presenta como algo personal y subjetivo: algo nuevo y único para el usuario. Este ecosistema general de atención genera un impacto letal sobre la vida pública, especialmente sobre los temas y asuntos que conforman la agenda política (Deuze, 2012).

Una vez que el ciudadano está inmerso en el ecosistema de atención no sólo lo vivencia, sino que lo alimenta, i.e. bajo este esquema consumir es ofertar (perfiles de usuarios) y usar es producir (datos). Trazando un paralelismo, en un juego hay una secuencia de sucesos, pero sólo uno de ellos se convierte en “el evento” (Manjoo, 2008), de igual forma se puede afirmar que del conjunto de interacciones en las redes (consumo-producción), sólo algunas de ellas se presentan, cuidadosamente seleccionadas, a cada uno de los ciudadanos-usuarios. La abundancia informativa, identificada tempranamente por Andrejevic (2013) con el término infoglut, no sólo remite a los complejos sistemas de inteligencia artificial (los algoritmos y sus sesgos), sino también, como el escándalo de Facebook en 2016 (Bucher, 2018; Peirano, 2019) ha dejado traslucir, a los “curadores” (Klein, 2016), una forma elegante para referirse a la manipulación y censura. La información, aun cuidadosamente seleccionada, sigue siendo abundante y en vez de acercar a los ciudadanos al sueño de la deliberación (Sunstein, 2018), la argumentación y la discusión racional sobre evidencias ha desatado el fenómeno de las burbujas (Pariser, 2011; 2012; Floridi, 2014a; 2014b). Éstas han resultado ser tan potentes dentro del menguado y devastado escenario público que ya ni siquiera vemos el árbol, sólo las pequeñas ramitas (Carr, 2010).

Los ecosistemas de atención han estructurado una nueva modalidad entre las audiencias y la falsificación, entre la interpretación y las mentiras (McIntyre, 2018) y ha emergido lo que Wu (2017) denomina los “mercaderes de la atención”. En ese contexto las noticias falsas y la desinformación son lucrativas no sólo porque atrapen la atención (Wu, 2017), sino porque se montan sobre la indignación y las emociones (Peirano, 2019), el corazón de los ecosistemas de atención. Conocemos del mundo aquello que nos llega y nos llega porque ya estamos predispuestos a que sea esa “realidad” la que deseamos, puesto que ya se lo hemos dicho con anterioridad a las redes sociales. Un proyecto de Facebook sirve para ilustrar este asunto. Desde 2012 Facebook registra/resguarda aquellos textos que los usuarios borran. Con este proyecto descubrieron algo asombroso: el 70% de los usuarios se arrepiente, es decir, borra y vuelve a escribir. Este “asunto” se registra en Facebook con la etiqueta interna: “cosas que quiso decir y no tuvo agallas” (Peirano, 2019, Cap. 6). Si por ineficacia el algoritmo de la red social presenta cierta información que genera en el usuario cierto atisbo de disonancia cognitiva (Festinger, 1957), la emocionalidad la toma de rehén, permitiendo que los afectos y las pasiones se transformen en árbitro definitivo (Fenton, 2016). En esa interacción no sólo el algoritmo aprende y se corrige, sino que además las diferentes burbujas se consolidan. El estudio de Dewey (2016) echa algo de luz sobre este asunto: el 60% de las noticias compartidas no son leídas, antes que noticias parecen que se comparten emociones (Lynch, 2019, Cap. 2).

Los ciudadanos-usuarios, enclaustrados y acorralados en su propia esfera, se convierten, como ha señalado lacónicamente (Peirano, 2019, Cap. 7), en “activistas de [su] propia visión del mundo”. Este asunto rememora la siguiente frase: “Algunos se pasan la vida tratando de vender copias del catecismo anglicano a los judíos”. Oakeshott (2017) buscó enfatizar –y advertir– que no hay nada de malo en tener pasiones, seguir “nuestro propio camino” como gustó en expresar, el verdadero problema es cuando esas pasiones rigen la vida de los políticos, se hacen carne en el gobierno. Resumiendo, la paradoja de Russell (2004, p. 1), citada líneas arriba, tiene una solución parcial en la medida que seamos capaces de compatibilizar la convicción con la razón y el entendimiento (Lynch, 2019). Esto por ahora resulta improbable. Lejos ha quedado la genuina preocupación por entender las razones para compartir abiertamente y sin pudor nuestra intimidad (Bauman y Lyon, 2013), ahora lo que urge comprender es por qué los políticos montan un espectáculo sobre ellos para otros, con el único propósito de permanecer en los diferentes ecosistemas de atención.

La auditoría sin fin

Si bien las mentiras, las noticias falsas (fake news), simulaciones, fraudes y falsificaciones juegan un rol importante en el conflicto entre la posverdad y las verdades empíricas, el eje, en cambio, está en las historias. El verdadero actor en los ecosistemas de atención se ha vuelto nuestra propia visión del mundo, es decir, ciudadanos reclamando que todos se “pongan en sus zapatos”. Por tanto, no es de extrañar, como bien ha señalado Scruton (2017), que si me “pongo en tus zapatos” ya no me podré poner en los de nadie más. Justamente ahí está la fuerza de la burbuja reforzando no sólo los ecosistemas de atención, sino, también, generando alteraciones en la esfera pública.

Las historias o narrativas (stories, storytelling) nos acompañan desde siempre, sin embargo, actualmente resultan la columna vertebral de las burbujas y los ecosistemas de atención. Steiner (2013) se refirió a ellas como el “palo [con el que el hombre] ha salido de la jaula del instinto para tocar los límites del universo y del tiempo”, no sin reconocer que Popper –Karl Popper, Replies to my Critics– estaba en lo correcto cuando afirmó que inventar historias, consiste en disculparse mediante ellas de errores cometidos. Narrar es siempre un acto de inventiva, y si bien algunas veces sirve para justificar errores o faltas pasadas, también es útil para inducir “razonamientos motivados”, obturar la “disonancia cognitiva” y crear “falsos consensos”.

Arendt (1973, p. 474), tomando en cuenta la experiencia de los totalitarismos, formuló dos asuntos que todavía hoy tienen vigencia. Por un lado, la confusión entre hechos y ficción (la realidad de la experiencia se presenta ambigua), por otro, la pérdida de todo estándar de pensamiento y juicio (la desaparición de los verdadero y falso) pavimentan el camino de lo que en su momento se denominó “propaganda”. Sin embargo, qué es la propaganda sino un relato o narración en donde la tensión entre hechos y pasiones se formula de tal manera que las últimas no sólo modelan las creencias, sino también sustituyen la “verdad” de la escena política (McIntyre, 2018). Así, los “hechos alternativos” no sólo son falsedades (McIntyre, 2018), son, primordialmente, la savia que recorre toda la nueva infraestructura y alimentan a las burbujas y hacen crecer sin parar a los ecosistemas de atención.

Los hechos alternativos tienen, como acertadamente apunta McIntyre (2018), una contracara: los hechos inconvenientes (inconvenient fact). Es decir, aún dentro de la seguridad que genera la burbuja, existe la posibilidad que se nos presente la “verdad” y no podamos manejarla (d’Ancona, 2017). Frente a este escenario no hay distingos, como los “hechos” son igual de duros tanto si somos ciudadanos corrientes como políticos, los ecosistemas de atención lejos de cribar la “verdad” de la “mentira” terminan ofreciendo jugosas recompensas para que los usuarios se involucren en la “realidad” con sus sentimientos y estados de ánimo. La nueva infraestructura no sólo ayuda a quebrar, con más facilidad que antaño, la idea de que algo puede ser verdadero con independencia de nuestros sentimientos sobre ello, sino que transforma a los sentimientos, pasiones y estados de ánimo como algo más importante que la verdad en sí misma (McIntyre, 2018).

En este contexto, la nueva infraestructura y los ecosistemas de atención fungen como lubricante para mover a las burbujas de ciudadanos y políticos, y aunque están en constante fricción se deslizan fácilmente al campo de la despreocupación por las enunciaciones fácticas. Esto sucede en un doble movimiento. Por un lado, como ya mencioné, cuando la realidad no embona con las creencias del ciudadano o político, éste inventa o toma prestada otra (los hechos alternativos). Por otro lado, si las acciones o comportamientos de un ciudadano colisionan con sus valores, puede cambiar de valores (Keyes, 2004), lo que se conoce como ética alternativa (alt.ethics). Si lo primero preocupa por la inevitable pérdida de calidad del debate público, lo segundo importa por la pérdida de valores democráticos.

En este sentido los ciudadanos pueden ajustar los hechos a creencias o los valores a los comportamientos no sólo porque los enunciados fácticos ya están en una especie de zona gris y ambigua, sino, fundamentalmente, porque dentro de la burbuja cada ciudadano y político es un gran déspota. La sustitución de la verdad empírica por los sentimientos, pasiones y estados de ánimo no sólo permite que al interior de la burbuja los ciudadanos y políticos puedan ser deshonestos sin culpa (Keyes, 2004), sino que también, y quizá lo más importante, no resulta necesario rendir cuentas, brindar explicaciones o formular argumentos. En ese micro mundo, nadie, como dirían los moralistas franceses, puede leer nuestro corazón, salvo los sistemas de inteligencia artificial, pero la mayoría de las veces no está en su interés hacerle rendir cuentas a los ciudadanos. Por el contrario, como vimos líneas arriba con el proyecto de Facebook, los ecosistemas de atención se benefician en gran escala de las burbujas autosuficientes.

En la actualidad los ciudadanos y políticos admiten, en mayor o menor grado, que están atrapados por la enorme telaraña que fabrican los ecosistemas de atención, resulta imposible escapar al manejo de impresiones (impression management) de nuestras historias e inmunizarse a las estrategias de retención de audiencia (event frequency) siempre resulta una victoria pírrica. La respuesta metódica, tenaz y compleja de algunos públicos a este problema recayó en la verificación, auditorías y puntajes, pero al hacerlo tuvo que entregar un valioso prisionero: toda la sociedad quedó en un estado permanente de sospecha. Así entramos primero en una paradoja, luego en un bucle.

La motivación requerida para auditar es la misma que nos conduce a la sospecha permanente: los ciudadanos están interesados en las noticias porque quieren conocer, de algún modo, la verdad (Manjoo, 2008). Así, interesarse por la verdad supone verificar, auditar y chequear, actividades que no hacen otra cosa más que reflejar que googlear se transformó en una acción curativa o restauradora. Actividades, en síntesis, que están más allá de una “memoria ética” (Keyes, 2004) comunitaria y autorregulada. La única memoria disponible es una artificial (la nube que aloja los sistemas de inteligencia artificial), una memoria supletoria a la humana, que almacena más de lo que podemos usar y, en muchos casos, de lo que nos conviene disponer. De esta memoria supletoria sabemos poco (Danaher, 2016), salvo que es la misma que usan las redes sociales para gestionar los ecosistemas de atención. Así el bucle se convierte en un sin fin, con el paso del tiempo va distribuyendo ya no sólo desencanto y decepción entre los ciudadanos, sino también frustración, desidia y agobio. Y no es para menos, resulta cuando menos agotador saber que la contracara de la despreocupación por los enunciados fácticos no es otra que la auditoría sin fin.

Romper equilibrios frágiles

El 17 de octubre 2005, en medio del caldeado debate político estadounidense, Stephen Colbert introduce el término truthiness (algo así como verosimilitud) que no sólo va a fungir como antecedente para la posverdad, sino que ayudó a circunscribir el asunto de la influencia de los hechos alternativos en el debate público. Colbert, con la licencia que protege a un comediante, puso las cosas así: están aquellos que “piensan con la cabeza” y están los que “saben con el corazón”. El trasfondo del asunto era la invasión a Irak y así lo resumió: “Si lo piensas, tal vez falten algunas piezas en la justificación de la guerra”, sin embargo, “¿no se siente que sacar a Saddam es lo correcto, aquí en el estómago?” (Manjoo, 2008).

El sketch de Colbert resulta útil para resumir y avanzar. “Pensar con la cabeza” y “saber con el corazón” son metáforas bastante efectivas para presentar la tensión, pero también complementariedad, entre los enunciados fácticos y las creencias motivadas, entre el trabajo de los expertos y el sentido común, en definitiva, entre el escepticismo y su ausencia. Sin embargo, esta licencia poética utilizada para referirse a la división del trabajo epistémico clarifica algo más, la posverdad no anida fuera del equilibrio es parte de él. Cuando Colbert afirma, aunque “falten algunas piezas en la justificación” se siente “correcto” está poniendo sobre la mesa que no resulta complicado para la posverdad alterar el frágil equilibrio. Basta que la “cabeza” no proteja adecuadamente a la “verdad” o que las creencias motivadas tengan más fuerza que los enunciados fácticos para que la posverdad domine la escena pública. Quizá, la mejor parte está en la frase “si lo piensas, tal vez falten algunas piezas”. Veamos.

Durante varias décadas las democracias pluralistas, i.e. las poliarquías dahalianas, funcionaron con un mínimo de convicciones epistémicas y morales. Bastó suponer que la verdad es diferente a la mentira, también a la falsedad, que ese asunto importa y que los ciudadanos se dan cuenta (Williams, 2002). Dicho de otro modo, en democracia la verdad se opone, por un lado, a la mentira en un nivel moral y, por otro, en un nivel epistemológico al yerro, error y mala información (Rosenfeld, 2018). Sin embargo, en la actualidad no sólo no podemos desconocer, sino que tenemos que admitir que las verdades empíricas o fácticas se han vuelto conflictivas. Si bien existe, como lo desarrollé en las secciones anteriores, manipulación de información, confusión en los datos, alteración de evidencias y un tributo creciente a las falsedades a lo largo y ancho de la esfera pública, resulta apresurado afirmar que estos asuntos constituyen a la posverdad, más bien son su alimento. La pregunta, en cambio, de por qué las verdades fácticas se han vuelto conflictivas y esquivas sí apunta al nervio de la posverdad. Y la cuestión para que esto sea así no es ética (i.e. por qué resulta correcto ser sincero), tampoco ontológica (i.e. qué es la verdad objetiva o qué son los hechos), sino más bien la cuestión es cómo y bajo qué protocolos podemos capturar mejor la realidad y cribar eficazmente las descripciones sobre ella (Rosenfeld, 2018), es decir, cómo conservamos la autoridad de la frágil división epistémica del trabajo democrático. En definitiva, el equilibrio entre el escepticismo y el sentido común, entre los enunciados fácticos y las creencias motivadas, entre el saber del experto y lo que el ciudadano corriente sabe por experiencia, debe permitirnos no sólo que las verdades empíricas trabajen en favor de la democracia, sino que la posverdad no se adueñe de la escena democrática.

En este asunto del conflicto sobre las verdades empíricas, i.e. cuando la posverdad perfora la empalizada que protege a los enunciados fácticos, puede resultar tranquilizador admitir que su fiel descansa en cómo diferenciar la ciencia (objetiva) de los discursos pseudocientíficos (ciencia sesgada), sin embargo, estas esperanzas se desvanecen rápidamente. Puesto que lo que hay que enfrentar es otro asunto: qué debemos hacer, desde una perspectiva científica, cuando estamos ante una situación de ignorancia o incertidumbre (Jasanoff y Simmet, 2017), es decir, cómo y con qué protocolos capturamos mejor la realidad y cribamos eficazmente las descripciones sobre ella. Según Jasanoff (1998, 2015, 2017) debemos guiarnos por las “verdades útiles” (serviceable truths) que son aquellas que satisfacen ciertos estándares científicos, pero al mismo tiempo resultan pertinentes y adecuadas para la toma de decisiones razonadas y fundadas. Sin embargo, aquí vuelve a adquirir sentido la frase de Colbert: “si lo piensas, tal vez falten algunas piezas”. Las “verdades útiles” son útiles para cierto público no sólo en referencia a ciertas autoridades epistémicas específicas, sino también durante un tiempo acotado.

Aun acordando que las evidencias cuentan, o mejor aún, que son lo único que cuenta (Nutley, Walter y Davies, 2007), para asegurar que la “verdad” trabaje en favor de la democracia, podemos albergar dudas y desacuerdos sobre cuánta evidencia hay que reunir, quién y cómo resultan las instancias más adecuadas para producirla. Por ejemplo, Collins (Collins y Evans, 2007) es partidario que los expertos limiten sus juicios a lo que otros consideran como experiencia comprobada, mientras que Jasanoff (1990) es de la idea que el límite del experto se encuentra en la autolimitación, ésta es suficiente para evitar excesos. Así, Collins, quien encarna una postura altamente prudencial, está principalmente interesado en la experiencia como una forma de conocimiento que otros expertos reconocen como esa forma de conocimiento, mientras que Jasanoff, quién representa un papel más experimental, defiende la idea que el precio que pagan los expertos por proporcionar aportes confiables a las políticas consiste en acordar que no incurrirán en “extralimitaciones imperiales” (Jasanoff 1990). Entre una postura y otra no sólo queda en evidencia una especie de apertura epistémica, sino también una cuña para el conflicto (Fuller, 2018), el desacuerdo, la inestabilidad, en síntesis, una situación bastante proclive para que la posverdad meta sus narices y el diablo su cola.

Los enunciados fácticos también están sometidos a duros desafíos

Si bien es cierto que los ciudadanos se enfrentan, en cuanto miembros de algunos de los múltiples públicos que conforman la opinión pública, a proposiciones fácticas, éstas no siempre están enunciadas de la misma forma. Veamos. “Obama es un ciudadano norteamericano” es un hecho, similar a “llueve este mediodía en Iztapalapa”. Si alguien (digamos el señor D. Trump) afirma que Obama no es norteamericano, bastará que Obama presente su partida de nacimiento para zanjar el asunto. A menos claro está, que tanto a Obama como a Trump le resulte útil continuar con ese embrollo. Pero aun así estamos frente a un hecho: Obama es norteamericano o es keniano. Otras veces, sin embargo, los hechos se presentan de otra manera, por ejemplo, con preguntas: “¿cuántos caramelos hay en ese tarro?” o “¿cuántas personas usan billeteras virtuales en Panamá?” La adecuada solución a un problema cognitivo es lo que nos permite ponernos frente a un hecho: “hay 325 caramelos” y “1,2 millones de panameños usan billeteras virtuales”.

En otras ocasiones asumen la forma de pronósticos sobre eventos futuros. Por ejemplo, “el dólar estadounidense cerrará a fin de año a 203 pesos” obedece a un problema cognitivo relacionado con un hecho futuro. Otras veces los enunciados parece que están hablando de hechos, cuando en realidad los construyen. Por ejemplo, “frente a este retraso cambiario resulta necesario devaluar” tiene una estructura parecida a “dónde construimos el hospital”, ya que resulta un problema cognitivo que puede tener más de una solución, por tanto, ex post, generar diferentes y alternativos estados del mundo. En otras ocasiones queremos producir un estado del mundo, por ejemplo, “estacionar el auto a tres cuadras, cuando llegas temprano, hace que todos comencemos a trabajar puntualmente”. El asunto con esta proposición es que si la coordinación se produce todos empezarán a trabajar puntualmente porque los que llegan más tarde encontrarán lugar para estacionar. El “hecho” depende de una coordinación de acciones y comportamientos que pueden o no producirse.

También los enunciados fácticos pueden utilizarse para producir o consolidar comportamientos, por ejemplo: “es noviembre y el 40% de los propietarios no han pagado el predial” dice lo mismo que “ya es noviembre y el 60% de los propietarios ya han pagado el predial”, sólo que en la primera se busca generar o consolidar una acción colectiva o denunciar una falta de compromiso cívico. Unas anotaciones adicionales. La afirmación “hoy el índice de pobreza se ubica por debajo del 5%” es un enunciado fáctico más complejo de aquel que inquiere por la cantidad de caramelos en el tarro, pero menos complejo que el que sostiene que “Argentina es menos desigual que Alemania”. El último tiene una estructura similar pero una complejidad menor a la afirmación: “E.U. es una sociedad tan secular como Francia” (Ferrara, 2014, Cap. 8). Así, la pregunta por cuáles son los hechos es diferente a interrogarse por cuál es la evidencia que se puede reunir para sostener un enunciado fáctico. Esto ocurre no sólo porque hay mejores y peores herramientas para resolver los problemas cognitivos, sino también porque los enunciados fácticos se inscriben, en la mayoría de los casos, en una doble pista. Por un lado, la evidencia se usa para tomar decisiones en el campo de la coordinación de comportamientos y de acción colectiva (propósitos políticos, deseables y potencialmente legítimos), sin ignorar, por otro lado, la ratio costo-beneficio sobre la manufactura de la evidencia (Elster, 2014).

Aún acordando que la relación entre verdad y hechos públicos no es otra cosa que el debate sobre cómo se presenta la verdad mediante la razón pública, la “verdad” que tiene que emerger para hacer funcionar a la democracia requiere ser demostrada. Sin embargo, hay que enfatizar que la “verdad” requiere aparecer como demostrable tanto en la dimensión de los hechos, p.e. “hay llovizna este mediodía en Cuernavaca” u “hoy el índice de pobreza se ubica por debajo del 5%”, como en la de las evidencias, p.e. “la construcción del Tren Maya no afecta la biodiversidad” o “hay que bajar a la mitad las emisiones de CO2 en los próximos cinco años para evitar un colapso ambiental”. Para garantizar parcialmente la legitimidad democrática, la “verdad” no sólo tiene que ser un conector entre hechos y poder político (Shapin, 1994; Shapin y Schaffer, 1985), sino, también, entre evidencias y decisiones autoritativas.

El feroz asedio de la posverdad a la división epistémica del trabajo democrático no radica en las persistentes tarascadas (p.e. afirmar que hay un esplendoroso sol en Cuernavaca cuando en realidad llueve), aun siendo estos letales (p.e. decir que la pobreza es menor al 5% cuando en realidad el índice llega al 30%) no se equiparan al momento en el cual la posverdad le inca el colmillo a la relación entre evidencias y decisiones autoritativas. Fuller (2018), utilizando la teoría de la circulación de las élites paretiana, ilustra este asunto así: la “verdad” de los “leones” es puesta en duda por la “verdad” de los “zorros”. Hay una competencia o lucha entre evidencias o “verdades útiles” de cara a su utilización en las decisiones autoritativas. Fuller (2018) bautiza esta contienda como “poder modal”: los “leones” tratan de mantener bajo control la capacidad “contrafáctica” de los zorros, mientras que éstos hacen, para decirlo en término kuhnianos, de las “anomalías” detectadas su mejor coup de Jarnac.

La teoría del “poder modal” es útil para retratar dos dimensiones vitales. Primera, Fuller (2018), apoyándose en la teoría de la doble moral de Platón propuesta por Melzer (2014), afirma que el asunto de la relación entre evidencias y decisiones autoritativas siempre se juega en el plano de la lógica de segundo orden. Por ejemplo, si enunciamos que la proposición p es verdadera, resulta fundamental saber si es necesariamente verdadera o si solo lo es contingentemente. El asunto, desde la perspectiva del poder modal, radica en saber cuándo una verdad contingente se presenta como necesaria. En la contienda de “leones” contra “zorros” lo necesario se puede llegar a presentar como proxy de lo verdadero, mientras que lo contingente como un proxy de lo falso. Segunda, para Fuller (2018) el “poder modal” es el terreno en donde se disputa el control sobre aquellos asuntos que a la ciudadanía le resultan posible, es decir, por un lado, los “zorros” sostienen que lo posible se reduce al mundo en el que podemos vivir, mientras que los “leones”, aseguran que el mundo en el que vivimos es uno solo (el posible). Así, lo que está en juego en quién controla las “reglas” para jugar el juego de la “verdad”.

El juego del conocimiento no hace las reglas, dice Fuller (2018), sino más bien imponer las reglas es lo que habilita al juego del conocimiento. De eso se trata el poder modal para Fuller. Lo “verdadero útil” queda definido dentro del juego. Esta lucha entre leones y zorros no debe entenderse como “una falta de respeto por la autoridad de la ciencia”, sino más bien en aceptar que los “hechos científicos” son duros sólo en el contexto del diálogo científico de la prueba de hipótesis, en el gran escenario de la sociedad los “hechos” “funcionan más como marcadores de posición, tal vez incluso como metáforas, para la dirección deseada de la política” (Fuller, 2018, Cap. 2).

Consideraciones finales

El 22 de abril de 2017 se llevó a cabo, en varias ciudades de E.U., la “marcha por la ciencia” (#MarchForScience). Dicho evento reeditó el viejo debate entre “hechos” y “valores” con la pregunta sobre qué pueden hacer los científicos (Higgins, 2016) cuando los políticos y líderes de opinión mienten. Sin embargo, la “marcha por la ciencia”, como respuesta al clima posverdad que envolvió a la elección presidencial de 2016, intentó marcar el campo de juego entre “leones” y “zorros” y así dejar caer la “verdad” en uno de los bandos. La apropiación de la “verdad” implica acusar a los oponentes como meros portavoces de la posverdad. Si bien este asunto es de larga data (Mooney, 2006), la novedad radica en etiquetar, con pocos trámites, al populismo como la posverdad. Aunque hay sobradas razones para hacerlo, razonar de este modo es un tanto apresurado. Veamos.

Aun partiendo de la extendida tesis que afirma que el “sentido común” del pueblo es utilizado por el “populismo” para oponerse al expertise y con ello enfrentar el “pueblo” con la “élite corrupta” (Swidler, 1986), resulta equívoco trazar una equivalencia ipso facto entre populismo y posverdad, entre otras cosas, porque la posverdad reposa al interior de la fricción entre el saber experto y lo que saben los ciudadanos por experiencia. Continuando, admitamos: a) que los populismos, junto a los líderes antisistema, tienen la capacidad de fabular hábilmente una relación corrupta entre la política y las grandes corporaciones (Rabin-Havt, 2016; Oreskes y Conway, 2010), b) que son eficaces para desparramar conspiraciones por doquier (Oliver y Wood, 2014), y que c) son altamente efectivos para promocionar el “negacionismo científico” (McIntyre, 2018). Aun admitiendo lo anterior, que no es poca cosa, la iniciativa que pretende equiparar al populismo con la posverdad y viceversa, no allana el camino para la equivalencia. Conviene, en todo caso, observar cómo los populismos utilizan a la posverdad para golpear y desestabilizar el frágil equilibrio de la división epistémica del trabajo democrático.

He argumentado que la posverdad conviene ubicarla en el frágil equilibrio de la división epistémica del trabajo democrático. También he mostrado cómo la nueva infraestructura, junto a la gestión de los ecosistemas de atención y la auditoría sin fin, resultan correas de transmisión eficaces para inclinar el fiel en contra de la verdad empírica y a favor de la despreocupación por los enunciados fácticos. He presentado, brevemente, que los “populismos” son un excelente candidato para romper el equilibrio, pero, cabe advertir, no los únicos. La revuelta contra los especialistas y expertos, lo que Nichols (2017) denomina la “muerte de los expertos”, puede ser utilizada por los populistas, pero quizá no siempre impulsada. La nueva infraestructura y los ecosistemas de atención pueden resultar inmunes o generar fuertes resistencias tanto a las buenas prácticas como a las buenas intenciones de los demócratas redomados. Así, los electores pueden echar a un gobierno populista, sin embargo, cabe la posibilidad que las correas de transmisión mantengan a los públicos de la opinión pública despreocupados por las enunciaciones fácticas. Pero también puede suceder al revés: los ciudadanos pueden estar muy interesados en el trabajo de los expertos, pero se dejan seducir, finalmente, por los discursos populistas. Para muchos analistas el proceso del Brexit fue una típica trapisonda populista, además evidente. Michael Gove (en su momento Secretario de Justicia) sostuvo que en el Reino Unido la gente ya había tenido suficiente de expertos, así desde el gobierno se construía un escenario para enfrentar al sentido común del pueblo contra el expertise (Clarke y Newman, 2017). Sin embargo, según una encuesta llevada a cabo en 2016 en Reino Unido por el Institute for Government el 84% de los encuestados deseaba que ante situaciones difíciles los políticos consulten a los expertos (Jasanoff y Simmet, 2017).

Si bien es cierto que el populismo ha resultado ser, en términos generales, una “sombra permanente” (Collins et al., 2019, Cap. 3) para las poliarquías, desde la perspectiva de la posverdad el centro de atención está ubicado en cómo se fabrican y utilizan las “verdades útiles”. En la perspectiva de Fuller (2018) las “verdades útiles” se dirimen con la competencia entre “leones” y “zorros”, y éstos no siempre pueden etiquetarse fácilmente como “populistas”. A contrario de lo que sostiene Fenster (2008), muchos son los actores políticos que tienen la intención de restaurar o reparar el sentido de agencia política, dotar con un nuevo canon de responsabilidad a la política y construir una nueva narrativa para la causalidad, pero los populismos sí son junto a los líderes antisistema los que, además de usar la posverdad, son más proclives al experimentalismo, es decir, una forma despreocupada de sopesar el error. La competencia entre “leones” y “zorros” es también, según lo sostiene Fuller (2000), una competencia para ejercer el “derecho a estar equivocado”. Mientras los “leones” se han atrevido a conocer, los “zorros” se atreven a ganar. Así, si los populismos combinan la utilización de la posverdad con la despreocupación por el error asestan un duro golpe al frágil equilibrio de la división epistémica del trabajo democrático. Una combinación de este tipo golpea a la democracia donde más duele: en la legitimidad de sus instituciones. Puesto que una democracia no sólo tiene que garantizar decisiones correctas, también buenas decisiones.

La posverdad, que habita y constituye a la división epistémica del trabajo democrático, puede ser una herramienta, junto a las correas de transmisión, para que los populismos alteren o rompan los frágiles equilibrios. Sin embargo, las poliarquías funcionan a pesar de la existencia de la posverdad, esto es, los electores pueden recomponer los equilibrios premiando a los gobiernos que gobiernen mediante políticas basadas en “evidencias útiles”. Sin embargo, la mayor preocupación no radica en saber si los ciudadanos pueden echar del gobierno a los que usan la posverdad y justifican alegremente cualquier experimento, sino en conocer cuál es el impacto que están teniendo los sistemas de inteligencia artificial (entre otras cosas las correas de transmisión de las secciones 2-4) en el viejo esquema de hibridación entre poliarquías y políticas públicas. Este acoplamiento fue útil para defender la “verdad” de la democracia frente al acecho histórico de la posverdad, sin embargo ¿seguirá siéndolo?

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Fecha de recepción: 24 de noviembre de 2020

Fecha de aceptación: 14 de abril de 2021



DOI: http://dx.doi.org/10.29092/uacm.v18i46.840


1 La división epistémica del trabajo democrático está compuesta, tal como entiendo este engorroso asunto, por tres esferas. A continuación, las presento. Su orden, sin embargo, no refleja jerarquización, sino comodidad de exposición. Una de las esferas trata de capturar y delimitar el asunto de las “verdades políticas”. Otra esfera se ocupa de enfocar el intrincado asunto de cómo las instituciones democráticas, sus diseños, funcionamientos, actores y activos se encargan de procesar, ante la falta de legitimidad o en presencia de legitimidades parciales, los desacuerdos fácticos. Finalmente, la última trata de dar cuenta de la existencia de dotaciones transversales de stock epistémicos disponibles para una sociedad dada. Presentado de otra forma, serían como un conjunto de artefactos culturales distribuidos de manera ubicua cuyo uso facilitan la comprensión y juicio político. Ese stock de conocimiento en la política y sobre el conocimiento político no es abstracto, sino que resulta de la interacción entre información, datos y esquemas mentales previos (Dahlgren, 2018; Collins, 2004; Collins y Evans, 2015). A lo largo de este trabajo cuando refiero a la división epistémica del trabajo democrático estoy considerando únicamente la tercera esfera. Si bien es cierto que las esferas generan una gran zona de intersección, mi perspectiva sigue estando acotada, aunque sin dejar de reconocer que ciertos aspectos son comunes a las tres.

2 El original: “Post-truth is an adjective defined as ‘relating to or denoting circumstances in which objective facts are less influential in shaping public opinion than appeals to emotion and personal belief’.” Oxford Dictionaries. Word of the Year 2016. Disponible en: https://bit.ly/367L8HX Último acceso: 28 de abril de 2020.

* Investigador del CONICET (Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas), Argentina. Correo electrónico: dante.avaro@7tres.biz

Volumen 18, Número 46, mayo-agosto, 2021, pp. 117-142 

ISSN versión electrónica: 2594-1917 

ISSN versión impresa: 1870-0063